dilluns, 30 de novembre de 2015

Coaliciones viandantes de viandantes

Fotografia de Ofelia de Pablo, tomada de  ofeliadepablo.blogspot.com.es
Fragmento traducido del prólogo de Carrer, festa i revolta. Els usos simbòlics de l'espai públic a Barcelona (1951-2000), Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya, Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, 2003.

COALICIONES VIANDANTES DE VIANDANTES
Manuel Delgado

Esta investigación contempla actividades humanas que tienen lugar en el espacio público en el que la función expresiva prevalece sobre la empírica y los contenidos simbólicos son mucho más importantes que los meramente instrumentales que registran las calles y las plazas de una ciudad, en este caso Barcelona. Como fiestas o parafiestas, se trata de prácticas no ordinarias, en el sentido de que implican alteraciones de lo que es la vida de cada día de la urbe. En su transcurso ciertas vías e intersecciones por las que oscilan, corren o se estancan los fluidos que posibilitan la vida ciudadana ven modificada de manera radical su funcionalidad cotidiana. Estas actividades transmutan el espacio urbano convirtiéndolo en escenario ritual, lo que equivale a decir que tienen la virtud de hacer que el paisaje urbano sea también un paisaje moral. Hablamos de eventos que actúan lanzando una especie de malla sobre el espacio público,  diseñando una topografía de inclusiones y exclusiones en que se irisan o se disuelven todas las identidades y todos los intereses copresentes en la sociedad. Su eficacia implica la generación social de territorios metafóricos en el sentido de que donde había una serie de factores metonímicos, que denotaban sólo funcionalidades inmediatas y conscientes, encontramos ahora elementos connotativos, es decir evocaciones de realidades ausentes, como pueden ser recuerdos compartidos, anhelos colectivos o valores simbólicos abstractos.

Toda práctica social practica el espacio, lo produce, lo organiza. En este sentido, el espacio público es, por definición, un espacio de tránsito. Lo que vemos desplazarse por este escenario-sean individuos o grupos-se corresponde con lo que Goffman llamaba «unidades vehiculares». Estas unidades vehiculares protagonizan situaciones secuenciadas que generan el contexto en que crean y en que se crean. Encontramos, pues, que la actividad de los usuarios del espacio público se produce a base de trabajar constantemente la temporalidad —sucesión, cadencia, ritmos, articulación, encadenamiento de movimientos— y la espacialidad —sincronía, simultaneidad—, y lo hace siguiendo un acuerdo automático con todos aquellos otros con los que funda ininterrumpidamente formas sociales que empiezan y suelen acabar allí mismo. El énfasis en el espacio urbano como una esfera inestable que debe ser considerada a partir de los usos y prácticas expresa inmejorablemente la tarea de apropiación que el usuario de la calle abandona. Recuérdese que la apropiación es, según Marx —como nos recuerda Lefebvre precisamente en relación al espacio—, una cosa muy distinta de la propiedad. Es más, es su contrario. Lo apropiado es el que se pone al servicio de las necesidades humanas, lo que es propio, adecuado.

Los grupos provisionalmente cristalizados en la fiesta, la manifestación o la revuelta reivindican el espacio que usan. Como se sabe, la noción interaccionista de reivindicación remite al hecho de reclamar, obtener y defender algo que se considera propia, en el sentido de apropiada y no de objeto de propiedad. El espacio público es, en este orden de cosas, motivo constante de litigio justamente como consecuencia de su condición de público, es decir, al menos en teoría, accesible a todos. La esfera pública, en efecto, se supone que no permite establecer fronteras o marcas claras por su condición porosa y cambiante, y no hace falta decir que no prevé la posibilidad de que pueda ser reclamado en exclusiva por nadie, salvo por el Estado, que puede interpretar el calificativo público no en el sentido de de todos, sino en el de de titularidad pública, esto es, propiedad privada suya. Así, tenemos que hay territorios fijos, topográficamente y geográficamente señalados como propiedades particulares y que pueden ser mi casa, mi castillo o mis campos. En cambio, hay otros territorios situacionales, es decir, que forman parte fija de una determinada zona geográfica, que están siempre allí, pero que, en tanto que son públicos, se ponen a disposición de cualquiera que pueda usufructuarlos, aunque sólo sea en el momento mismo en que lo hace.

Toda la terminología goffmaniana podría ser aplicada al uso fusional del espacio público por grupos humanos que celebran, proclaman o protestan. Estos grupos tienen, en efecto, un espacio personal, espacio en torno suyo, limitado por un contorno que se dibuja en torno a una esfera invisible que lo rodea y que cambia en función de cada circunstancia. Las calles por donde circulan o las plazas en las que se concentra su actividad constituyen ejemplos de recinto, espacio bien definido que ocupan temporalmente. También encontramos en estas actividades lo que Goffman llamaría espacios de uso, territorios siempre efímeros que se extienden inmediatamente entorno o frente a la persona colectiva que se ha conformado y que son respetados por los demás a partir de unas necesidades instrumentales evidentes. Estas actividades corales en espacios públicos tienen envolturas no muy diferentes de los que ostentan los individuos y que son los elementos estéticos y formales que denotan una cierta personalidad exhibida hacia los espectadores del cortejo o la concentración y que concentran la información que se quiere ofrecer sobre aquellos que reúnen en calidad de colectivo que se presume coherente.

Las locomociones colectivas también tienen su territorio de posesión, lo que Goffman identificaba con los objetos personales y que son los elementos que permiten identificar el grupo que se apropia provisionalmente la calle: pancartas, carrozas, gigantes y cabezudos, imágenes religiosas, estandartes de santos, banderas. Lo mismo valdría para la reserva de información, relativa a los datos del grupo reunido que se suponen autocontrolables, los contenidos reservados, cuestiones relativas a la convocatoria y la organización que no se hacen públicos. Y, por último, también encontramos la reserva de conversación, que se refiere al derecho del grupo que ocupa fusionalmente la calle a decidir con quién establece una interacción directa y con quién no, y hacerlo mediante un círculo cuyos límites no pueden ser traspasados ​​por cualquiera. En el caso de las conductas colectivas en espacios públicos, la reivindicación de un espacio usado transitoriamente se visibiliza de manera que no difiere de como vemos que ocurre con los individuos. El cuerpo grupal se procura hacer ostensible por medio de señales análogas a las que la etología registra en el reino animal y que son la base de una serie de normas y prácticas que utilizan personas que no comparten muchas veces ninguna otra organización social que no sea ​​justamente la de encuentro o situación concreta en que pueden ser observados coexistiendo en un lugar público.

Asimismo, podríamos tipificar las fusiones provisionales conformadas en el espacio público con fines expresivos a partir de otros conceptos extraídos del universo teórico del interaccionismo simbólico, tales como unidades vehiculares o unidades de participación. Las personas que ocupan una plaza o una calle para celebrar una fiesta o manifestarse se conforman, en efecto, como una unidad vehicular, un conglomerado compacto que actúa al unísono emitiendo señales que siguen un determinado curso y que advierten el resto de usuarios del espacio público sobre su presencia por medio de una serie de señales —o, para usar el término que propone Goffman, de glosas o externalizaciones—, emitidos desde el que es en la práctica un cuerpo colectivo que despliega una inteligencia unificada y que, como el cuerpo individual en espacios públicos, tiene una cierta obligación de resultado predecible e interpretable. Las fusiones públicas son igualmente unidades de participación, es decir, unidades de interacción basadas en la gestión de la copresencia, mucho más que unidades socioestructurales estándar. Los participantes en una unidad de participación están ostensiblemente juntos, en la medida en que pueden ser percibidos a partir de una proximidad ecológica que da a entender algún tipo de acuerdo entre los reunidos y dibuja unos límites claros entre el interior y el exterior de la realidad social que se ha conformado en el espacio público.

Caminar por la calle se considera como una práctica culturalmente metódica, una acción social, en el sentido más literal. Los canales por los que discurren los caminantes, las vías de movimiento en espacios públicos, son fenómenos convencionalizados, pero al mismo tiempo complejos, sometidos a procedimientos y protocolos que establecen una especie de derecho de propiedad provisional de la línea de locomoción proyectada. Las cabalgatas, los desfiles o las marchas de protesta se conforman como lo que los etólogos llamarían cohortes naturales: formalizaciones humanas que son a la vez culturales y naturales, y que están hechas de una serie de desplazamientos, paradas, esperas, espasmos, que son movimientos ritualizados y, por tanto, concertados. Evidentemente que no todas implican idéntica intensificación ritualizadora. Hay ocupaciones que implican una exigencia notable de coordinación y de disciplina figurativa, como una procesión de Semana Santa o de Corpus, algunas rúas de Carnaval o una cabalgata de Reyes, donde los componentes se mueven de manera ordenada, siguiendo un orden preestablecido y menudo insinuando o explicitando una jerarquía.

En el nivel máximo de rigor formal de esta corporeización momentánea de un grupo humano estaríamos, obviamente, el desfile de soldados o sus parodias en forma de grupo de majorettes, banda de música o comparsa festiva avanzando por la calle en formación. En el mínimo, una marcha civil o un pasacalle, donde la organización interior es escasa o mínima, el conglomerado conformado tiene un carácter tumultuoso y se permite una gestualidad desenvuelta. Si se trazase el contorno de los diferentes grupos que pasan, encontraríamos la enorme diferencia entre el perfil rectilíneo impecable producido por una parada militar y la silueta extremadamente irregular de una manifestación política. En el primer caso, veríamos el espacio social resultante niega de manera radical la pluralidad y la ambivalencia de los usos cotidianos e impone una forma de representación que es aún más fuerte que la propia topografía manipulada. En los demás —la manifestación civil, el pasacalle o, en el caso más extremo, el alboroto, el enfrentamiento en la calle con la policía—, el espacio urbano es conducido a su cota mayor la fractalidad y la autoorganización a que tiende naturalmente el espacio público.



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