dijous, 23 de juliol de 2015

Los santos del poder



Reseña del libro de Giuliana Di Febo, La santa de la raza. El culto barroco en la España franquista (Icaria, Barcelona, 1988), publicado en el suplemento de libros de La Vanguardia, el 24 de marzo de 1988

LOS SANTOS DEL PODER
Manuel Delgado

¿Qué es lo sagrado? Lejos de las definiciones fenomenal-teológicas, una tradición sociológica que Durkheim inaugurara, estableció que son sagrados aquellos objetos, personas, espacios, tiempos o simplemente conceptos que reciben de una colectividad determinada una consideración especial, que los separa y distingue de las cosas profanas u ordinarias. Radcliffe-Brown añadió, más adelante, que algo era sagrado en tanto que un grupo humano no podía relacionarse con ello sino en términos rituales. Dicho de otro modo, lo sagrado es aquello socialmente valorado como tal.

A partir de esta conceptualización. Sl. Esta apreciación es del todo aplicable al caso de nuestra historia reciente, en la que el Estado franquista pudo ejercer persuasivamente su poder, no sólo mediante la represión violenta del adversario, sino a través de una numinización sistemática y permanente de sí mismo, basada en el parasitamiento y en la manipulación de símbolos que la cultura ya había institucionalizado sacralmente. Este sería el caso de cultos como los de Santa Teresa, el Apóstol Santiago o la Virgen del Pilar, a los que se refiere “La santa de la raza”, una inteligente, y hasta cierto punto insólita, reconsideración de Giuliana Di Febo a propósito de las relaciones entre poder y religión durante el cercano periodo franquista.

Cabe decir que la aportación de Di Febo se inscribe en los esfuerzos que un buen número de investigadores lleva hoy a cabo para establecer lo que podríamos llamar una gramática de lo santo, esto es, los principios que permiten y rigen, haciéndola eficaz, la construcción de lo sagrado y muy especialmente la de los modelos de santidad. Aquí confluyen desde medievalistas hasta antropólogos interesados en devociones urbanas actuales, desde semiólogos hasta militantes gramscianos. Este es el caso de S. Boesch, P. di Cori o L. Scaraffia en Italia, de J. Gelis o A. Vauchez en Francia, de G. Klaniczay en Hurngría, de P. Dinzelbacher en Alemania, o, entre nosotros, de J. Prat, J. Roma o W. Christian.

Al trabajo de Di Febo cabe asignarle, pero, un valor añadido que hace aumentar su interés en este ámbito de elaboración teórica. Al referirse a la manera de funcionar polisémicamente un culto religioso, y como una parte del mismo puede usarse para designar santificadoramente una ideología de Estado, se nos obliga a revisar un área de análisis, la de las conexiones entre piedad religiosa y franquismo, hasta ahora monopolizada –y cabe decir que también esterilizada- por el historicismo político, con todos sus tópicos y limitaciones. Trascendiéndolo, se nos pone sobre la pista de una complejidad insospechada y –esto merece la pena ser remarcado- de una relación que, mostrada hasta ahora como de complicidad, descubrimos ahora era de depredación. Así, un régimen político como el surgido de nuestra última guerra civil, incapaz de generar símbolos originales capaces de motivar la adhesión a sus principios por sí mismos, recurría a la vampirización de otros que la práctica religiosa popular ya había sancionado, apropiándoselos deformadoramente. Sólo lamentar aquí que Di Febo no haya consultado la bibliografía catalana sobre el tema, en algunos casos tan pertinente como la debida a Albert Manent.

Permítaseme aquí una última estimación, de4stinada a aquellos que crean que ya no ha lugar a hablar de relación entre poder y culto a los santos. Es cierto que la Modernidad instauró la sacralización de la Política, y que esto hizo prescindible el tomar validaciones simbólicas de otras instancias de la cultura. Pero, nadie negará que nuestra iconografía política actual apenas sabe disimular todo lo que debe a las viejas santificaciones, tanto en su repertorio como en el estilo litúrgico de que suele rodearse. Que me perdonen, pero la biografía televisiva de García Lorca que hace poco nos brindara Bardem, era absolutamente hagiográfica, del mismo modo que el entierro de Tierno Galván en Madrid recordaba mucho a una canonización en toda regla. Y esto por no hablar de lo obvio que resulta la inspiración del lugar asignado a Macià, Pablo Iglesias o Blas Infante, por citar sólo unos ejemplos, en nuestros modernos devocionarios democráticos.





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