dilluns, 6 de juliol de 2015

Movimientos y movimientismo


La foto es de Andrea Coma
Entrevista publicada en la página web beta.esedosuno.com, el 20 de julio de 2012. 

MOVIMIENTOS Y MOVIMIENTISMO

¿Cuáles cree que son los principales retos que le plantea esta época de crisis a la antropología social?

En este, como en cualquier otro tiempo, la antropología tiene como objetivo la comparación entre las culturas y el conocimiento de los mecanismos que hacen posible la sociedad. En lo posible, como cualquier otra disciplina, le corresponde poner ese conocimiento al servicio de la mejora de la sociedad.

Dijo que el movimiento 15M ha demostrado que quienes gobiernan tienen puntos débiles y menos poder del que aparentan. Aun así, ¿se puede esperar un horizonte de cambio político y social impulsado por los movimientos ciudadanos o no conviene albergar esperanzas?

Los llamados movimientos ciudadanos o sociales, como su nombre indica, son agitaciones o espasmos que de manera más o menos cíclica expresan estados de ánimo o irritaciones colectivos en relación con situaciones concretas consideradas inaceptables. Pero se limitan, como mucho, a exigir una reforma del sistema económico y político existente que lo haga menos inclemente. En la práctica son movimientos que exigen una mejora ética del capitalismo, pero nada más. No lo impugnan, sino que se limitan a reclamar un poco de consideración. Y por supuesto que quienes gobiernan tienen puntos débiles y estos movimientos, como el 15M, se los recuerdan, precisamente para que los refuercen. No lo debilitan, sino que pueden contribuir a perpetuarlos, en tanto actúan como una especie de mala conciencia, un referente moral perfectamente digerible e inofensivo, a la manera de Pepito Grillo en Pinocho.

Pese a obstáculos como la reforma del Código Penal, que ha equiparado la resistencia pacífica a una conducta violenta, ¿el movimiento de protesta puede mantenerse o consolidarse hasta alcanzar parte de sus objetivos o cree que la única vía útil es su transformación en partido político?

El movimiento de protesta conocido como 15M no existe sino como movimiento y, como corresponde al movimientismo en general, está condenado a desvanecerse luego de un tiempo de haberse desplegado. Como movimiento no puede convertirse en partido político, porque sólo puede existir, en efecto, moviéndose. Y, por la misma razón, su destino ineluctable es acabar por agotarse en cuanto se pierda la energía que lo impulsó inicialmente.

Más allá de su limitada presencia en la calle, la sociedad es aparentemente más susceptible ante los abusos de los poderes políticos y económicos. Aun así, se siguen perdiendo derechos a un gran ritmo sin que se produzcan reacciones notorias [la entrevista se llevó a cabo antes de las últimas manifestaciones contra los recortes]. ¿Han conseguido hacernos creer que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades?

No creo que esa visión haya cuajado. Percibo en mi entorno que más o menos todo el mundo es consciente de la colosal estafa de que estamos siendo víctimas. Se han producido y se producirán de seguro reacciones más o menos convulsas e intensas de repudio, pero es poco probable que estas acaben desembocando en algo realmente serio, a no ser que se doten de estructura organizativa estable, en cuyo seno se puedan coordinar acciones y producir ideología. No tiene por qué ser en forma de sindicato o partido tradicional. Seguramente habrá que buscar fórmulas y formatos nuevos. Pero, en cualquier caso, la clave está en procurar organizaciones estructuradas y sólidas y liderazgos capaces de sintetizar y darle forma a la indignación colectiva, conduciéndola a objetivos claros y posibles.

¿Pueden estar tranquilos quienes gobiernan mientras en la calle y en los medios de comunicación el debate siga prestando demasiada atención a cuestiones como el fútbol?

El fútbol es un espectáculo apasionante. Se puede ser aficionado al fútbol y tener conciencia social, de igual forma que ser revolucionario no es incompatible con amar la paella. El opio del pueblo no es hoy el fútbol, ni tampoco la religión. El auténtico opio del pueblo en la actualidad es la política.

En este contexto de necesaria vigilancia hacia los poderes públicos, ¿qué papel augura para un periodismo debilitado por su particular crisis económica?

El periodismo sólo puede confirmar lugares comunes e informar de lo que todo el mundo sabía ya. Está siendo una colosal máquina de trivializar y dudo mucho que pueda llegar a ser otra cosa. Sólo puede sobrevivir hoy como dispositivo de reproducción de los discursos oficiales o como propagador de leyendas urbanas.

¿Los “límites mentales de la prensa” de los que hablaba hace años siguen siendo el mayor problema para acercar la verdad a los ciudadanos?

La prensa está para acercar la verdad a los ciudadanos, pues que la verdad no es otra cosa que lo que simplifica las cosas. En ese sentido, los medios de comunicación son fuente de verdad, es decir, de discursos cuya función es operar una brutal simplificación de las relaciones sociales reales.

En esta sociedad no triunfa el honesto, sino el hipócrita, el que piensa lo que dice y no al contrario, según dijo en una entrevista. ¿Por qué?

En primer lugar la honestidad y la hipocresía no son incompatibles. Ni el honesto, ni el deshonesto, ni nadie dice lo que piensa, sino lo que desea que su interlocutor crea que piensa, que ha de ser lo que permita hacerle reconocible como concertante en cada situación en que se ve comprometido. La comunicación no sirve para transmitir estados de ánimo o pensamientos, sino para intercambiar indicativos de pertinencia que nos hagan socialmente aceptables. En cuanto a triunfar en la vida, suele consistir en ser capaz de ser competitivo –que no por fuerza competente–, ambicioso y no tener escrúpulos a la hora de traicionar y traicionarse con tal de obtener ventaja, y hacerlo, además, si es posible, sin dejar nunca de dominar un lenguaje políticamente correcto.

La conocida escena del presentador de televisión de la película Network, un mundo implacable (1976) corre estos días por Internet por su valor actual. ¿Dónde está el límite de la resistencia social? ¿Qué consecuencias puede tener la nueva oleada de recortes del Gobierno?

La indignación es un sentimiento y ni siquiera cuando se convierte en rabia u odio es por sí misma capaz de transformar nada. Puede destruir, en el mejor o peor de los casos –según como se mire–, pero no generar órdenes sociales o políticos nuevos. La única expectativa de cambio y la única fuente real de inquietud para los poderosos vendrá dada por que aparezca una organización –unitaria o compuesta, tanto da– capaz de convertir lo que ahora son meras turbulencias sociales en energía histórica.

Como apasionado por el cine, ¿qué película le recomendaría a Rajoy? ¿Y a un ciudadano indignado ante este sistema?

Yo creo que la gente no conoce a los clásicos. Un buen John Ford es siempre la mejor recomendación. Por ejemplo, Las uvas de la ira. Que los ciudadanos y Rajoy conozcan al fantasma de Tom Joad y que, de su boca, despidiéndose de su madre, entendamos que siempre habrá un lugar para la decencia humana y para hombres y mujeres que luchan. Que los ciudadanos lo sepan y que Rajoy lo tema.




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