divendres, 10 de juny de 2016

Arte y tiranía



Artículo publicado en el diario Levante, el 10 de junio de 2003, con motivo de la Bienal de Valencia, presentada bajo el título genérico de "La ciudad ideal". La imagen es de una obra de Oppenheim que formaba parte de la muestra

ARTE Y TIRANÍA
Manuel Delgado

Buena oportunidad la que nos presta la II Bienal de Valencia en curso para harcenos preguntas acerca de la distancia que se extiende entre el papel que juega el arte en una sociedad democrática y el que es obligado a desempeñar en una sociedad sometida por cualquier forma de tiranía. En una imaginaria sociedad democrática –puesto que la democracía es todavía hoy un sistema político de fantasía– el arte sería ante todo un ámbito público –y por tanto accesible a todos– en que todos aquellos a quienes la realidad no les bastara podrían dedicarse a jugar con ella, a distorsionarla, a prolongarla, a darle otras formas distintas. El arte sería entonces lo que irrumpe o interrumpe para desmentir cualquier certeza y nos demuestra que todo puede ser siempre de otro modo. Ese arte democrático es dominio sin dominio en el que la transformación formal insinúa constantemente la posibilidad y acaso la urgencia de la transformación social.

En las antípodas de esa concepción democrática del arte –capacidad al alcance de cualquiera de generar y hacer proliferar mundos–, los sistemas políticos despóticos consideran el arte como una pura ornamentación al servicio de su propio esplendor, artefacto destinado a generar la estupefacción de los subditos, extasiados ante la grandeza de los edificios y los fastos, impresionados ante el fulgor de los espectáculos que se le brindan gratuitamente para su disfrute. Ese arte expresa en este caso un poder barroco, que ama sus propias puestas en escena, tan vacías como grandilocuentes, que se entrega a la teatrocracia como forma de gobierno y que convierte la Cultura en general en la nueva religión de Estado.
Por lo que hace a la ciudad, el arte sumiso que toda dictadura patrocina puede servir, además de para generar efectos autolaudatorios, para proveer de coartadas operaciones inmobiliarias e iniciativas urbanísticas discutibles, al mismo tiempo que disimula buen número de fracasos o abandonos estructurales. El arte puede, en estos casos, salir a la calle, pero no para reconocerse en ella, sino para imponerle su ejemplaridad a la pluralidad de las prácticas y las apropiaciones ordinarias que no deja nunca de registrar, para que no se escuche el murmullo que, como un bajo continuo, se extiende a ras de suelo y que no es otra cosa que lo urbano mismo. El arte público no es entonces arte de todos y para todos, sino respuesta a una necesidad institucional que es al mismo tiempo decorativa y simbólica. Como ornamento, atiende a la voluntad de los gestores de un espacio urbano de dignificarlo estéticamente y ponerlo a las órdenes de proyectos políticos o/y empresariales interesados en elevar el tono moral del territorio, atenuando los efectos de transformaciones traumáticas, camuflando operaciones especulativas o aliviando los malestares derivados de la falta de popularidad de buen número de innovaciones en materia urbanística.
La tiranía sabe que la instalación de una pieza de arte en un espacio público sirve para paliar las carencias de legitimidad simbólica que afectan tanto al poder político que administra ese espacio y lo mantiene, como a los planes urbanísticos que aspiran a convertir al usuario en consumidor y la tentación de la crítica en adhesión entusiasta. Nos encontramos de este modo ante lo que bien podríamos llamar artistización de las políticas urbanísticas, es decir, producción de efectos embellecedores del espacio público, simple maquillaje destinado a la exaltación de las autoridades y fuente de mantenimiento de todo tipo de tinglados artístico-culturales. ¿Objetivo final?: una ciudadania narcotizada, que se pasa el tiempo riéndose sin saber de qué y que proyecta la imagen de una ciudad permanentemente eufórica.
Frente a esa utilización por parte de las tiranías del arte en la calle como autoexaltación de su propia grandeza, al tiempo que como recurso para el enmascaramiento y la legitimación de abusos, el arte democrático entiende el espacio público como proscenio para la acción social también en el plano creativo. La práctica artística no busca entonces embellecer, sino turbar. No persigue anonadar, sino hacer pensar. El arte público no es aquel que está en la calle, sino el que sucede en la calle. Ahí afuera, a la intemperie, la pieza o el acto artísticos se exponen, en el doble sentido de que se exhiben y se ponen en peligro, puesto que se someten a una vida urbana en que todo es mirada y actividad. Ese arte se sabe y se quiere vulnerable y vulnerado, porque es parte de la vida que lo rodea.
Una vez expuesta la teoría, cabe invitar a cada cual a que se plantee a cuál de esos dos modelos –el democrático y el tiránico– responde la orientación que ha asumido la actual Bienal de Valencia. ¿Es lo que estamos viendo un ejemplo de simbiosis entre creación formal y vida urbana real o –como están denunciando els Ciutadans per una cultura democràtica i participativa– un magno acontecimiento que busca promocionar ante turistas, inversores y habitantes la imagen de una ciudad banal, desconflictivizada y sumisa? Si su asunto es, como se presenta, el de la ciudad ideal, la pregunta es, entonces, ¿la ciudad ideal de quién y para quién? Y es que hay tiranías tan benévolas que nos dan la posibilidad de cambiar de tiranos cada cuatro años.


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