dimarts, 20 de març de 2012

Taller de etnografía - Clase del 16/3/12 - Contra el dogmatismo metodológico y los protocolos hiperformalizados de investigación



En clase os he explicado que la labor del etnógrafo es ante todo llevar a cabo observaciones que verifiquen o revoquen hipótesis plausibles que atribuyan a lo observado una estructura. Es decir, buscamos formular proposiciones descriptivas, relativas a acontecimientos que tienen lugar en un tiempo y un espacio determinados, y, a partir de ellas, generalizaciones tanto empíricas como teóricas que nos permitan constatar –directa e indirectamente, en cada caso– la existencia de series de fenómenos asociados entre sí.

En efecto, la tarea de toda ciencia social continúa siendo la de explicar, en el sentido más composicional/compositivo que causal del verbo, es decir poner de manifiesto cómo unos hechos –y sus propiedades– están en relación con otros hechos –y con sus propiedades– y cómo el establecimiento de esa relación entre hechos y propiedades puede ser reconocido como constituyendo un sistema. Las hipótesis remiten a ese objetivo. Otra cosa es que estemos en condiciones de elaborar leyes, lo que requeriría que estuviésemos dispuestos a aceptar que cualquier generalización empírica pueda verse –y se vea de hecho– constantemente alterada en este campo por excepciones que advierten de la presencia de un orden de fluctuaciones activado y activo en todo momento.

Estuve haciendo el elogio de la inferencia inductiva de los hechos. Al respecto, deberíamos darle la razón a Herbert Blumer cuando, en uno de los capítulos de El interaccionismo simbólico (Hacer), reclamaba un nuevo naturalismo en ciencias sociales, un enfoque que practicara un mayor respeto hacia los datos empíricos, a los que con demasiada frecuencia se somete a protocolos de investigación exageradamente formalizados, que acaban desestimando gran parte de la información disponible en nombre del cumplimiento de programas metodológicos dogmáticos, incapaces de ver nada que no se adaptara a sus premisas y a sus objetivos. Es de tal manera que la observación y la descripción se acaban convirtiendo en un masivo y acumulativo desperdicio de saber, confirmando ese defecto irónico en que el trabajo científico suele incurrir y que consiste en preferir lo inteligible a lo real.

No se pierde de vista en ningún momento que los modelos metodológicos o teóricos mantienen una relación siempre aproximativa y analógica con los hechos que intentan formalizar y explicar respectivamente, y que esa relación no puede funcionar si no es a costa de renunciar a grandes parcelas de esa misma realidad que pretendemos estudiar. La etnografía se mueve entre una realidad que siempre le sobrepasa y una teorización que es aproximación. Es decir: sabemos que nuestros trabajos como científicos sociales son intentos mediante los que, con vocación de rigor, intentamos esclarecer los mecanismos de lo real –lo que está ahí– mediante una simplificación de cuyos efectos reductores somos –o deberíamos ser– plenamente conscientes, al igual que de nuestra incapacidad para agotar ese mundo real por medio la representación modélica que de él hacemos. Mantener esa prudencia y esa humildad es el requisito para que nuestro trabajo como científicos sociales no ignore su incompletitud y su provisionalidad y se niegue a reificarse en discurso alguno a propósito de una verdad cualquiera.

Se trata de reconocer que los métodos son meros instrumentos concebidos para reconocer y analizar lo que podríamos llamar el carácter obstinado del mundo empírico. Es decir, se trata de vencer los prejuicios idealistas y la tendencia de las ciencias sociales a configurar descripciones del mundo de forma que acabasen siempre acomodándose a creencias y conceptos consensuados como incontestables por la comunidad científica –los valores y principios de lo que Bourdieu llamaba el campo científico–, modelándolos para que se ciñesen a las exigencias de guiones de trabajo de los que bajo ningún concepto había que apartarse. Lo siento, pero me vienen ahora a la cabeza los repertorios de técnicas y métodos que a veces encuentra uno en los manuales para científicos sociales, y que la verdad es que se me antojan como una especie de burla: autodiagnósticos, grupos de discusión, análisis FODA, matriz de problemas causa y efecto, nudos críticos, focus group, técnicas Delphi… Todas son técnicas “cualitativas” de investigación que viven de espaldas a la espontaneidad humana. El protagonismo concedido de manera creciente a la entrevista en profundidad en el trabajo etnográfico tampoco permite albergar demasiadas esperanzas sobre el futuro de la vieja observación participante. Creo que insisto bastante en ello.

Por eso he estado haciendo la defensa de un programa de investigación que se proponga atender lo que las personas hacen tanto individual como colectivamente, el flujo de la actividad humana tal y como puede ser contemplado en el momento mismo de producirse. El fin es atender y entender la acción social, que no a los actores sociales, como tienden a hacer las perspectivas psicologistas o mentalistas, puesto que la ciencia social lo es –al menos en primera instancia, siempre– de lo que acaece ante nuestros sentidos, lo que vemos o lo que oímos, incluyendo las racionalizaciones que los protagonistas nos brindan a propósito de lo que hacen y que se toman como actos de habla que hay que explicar a su vez.

Eso implica también renunciar en buena medida a ese principio que obliga a los métodos a acudir siempre en auxilio de teorías previas que deben ser confirmadas a toda costa. No se trata de acudir al terreno sin ideas ni intuiciones, sino de no someter los datos a esas predisposiciones y permanecer expectantes ante cualquier elemento que pueda desmentir o matizar lo dado por supuesto. El mérito de la propuesta blumeriana de una actitud naturalista ante los hechos sociales implicaba la superación del dogmatismo verificacionista característico de los modelos teóricos y metodológicos del estructural-funcionalismo canónico. La sujeción acrítica a un cuerpo teórico preestablecido que no cabía defraudar y a unos métodos de manual, cuya operacionalidad se daba por descontada, hacía que los proyectos muy formalizados que se derivaban –plan de investigación, modelo, hipótesis, variables por adoptar, instrumentos normalizados, muestra, grupo de control– acabaran convirtiéndose en sucedáneos inconscientes del examen directo del mundo social empírico. Es decir, que las preguntas que se formulaban, los problemas que se planteaban como centrales, los caminos que se decidía seguir, los tipos de datos que se indagaban, las relaciones que se tomaban en cuenta y la clase de interpretaciones que se aventuraban terminaban por ser el resultado del esquema de investigación, en lugar de ser producto de un conocimiento íntimo del área empírica sometida a estudio.

La crítica interaccionista a la rutinización y al formulismo metodológico –vindicación radical de lo empírico, que desemboca en una especie de empirismo ingenuo y furioso, bien distinto del empirismo vulgar al uso– acompañaba o precedía a otras perspectivas que coincidían en la denuncia de esquemas metodológicos algorítmicos, obedientes a un conjunto de pautas secuenciales rígidas, y de instrucciones inequívocas que deben ser seguidas punto por punto correctamente. Esa estipulación secuencial canónica se basa sobre todo en el no errar, entendido en el doble sentido –ya de por sí significativo– de no desviarse y no equivocarse. Para ello se requiere un recorrido completo que impide y previene los olvidos, los saltos, las detenciones a destiempo o los desvíos. El problema de este sistema es que el proceso –de las premisas a las conclusiones– acaba siendo concebido como un conjunto de relaciones regladas en que para ir del principio a la conclusión sólo habrá que seguir el procedimiento, lo que, a la manera de un rito mágico, garantizará la validez de la prueba, y todo ello, además, provocando una sensación de que el proceso ha sido realmente autónomo. Prevención ante el efecto bulldozer de las modelaciones metodológicas a la busca obsesiva de la confirmación de pautas culturales o de lógicas sociales claramente inteligibles. 

Frente a esa forma de actuar, la alternativa serían un conjunto de principios metodológicos que empezaban por el establecimiento de un conjunto de premisas constituidas por la naturaleza conferida a los objetos clave que han de intervenir en la descripción. Con esas consideraciones previas, se procedía a un sondeo minucioso y honesto del área estudiada, aplicando en la observación no sólo la máxima agudización de los sentidos, sino también una imaginación creativa pero disciplinada, al tiempo seria y flexible, que facilitara lo que luego sería una reflexión serena sobre los hallazgos realizados y que permaneciera en todo momento abierta a los hallazgos imprevistos. En eso consistía esa alternativa a los protocolos dogmáticos que presumen guiar la investigación y que terminan por suplantarla. De este modo, los problemas, criterios, procedimientos, técnicas, conceptos y teorías se amoldarían al mundo empírico, y no al revés. La principal virtud de esa orientación es que nos volvía a advertir de la enorme distancia que separa el rigor de la rigidez.

[La fotografia de la entrada es de Sagi Kortler y procede de su http://sagi-k.deviantart.com/].





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