diumenge, 14 de desembre de 2014

El triunfo póstumo de José María de Porcioles


Comentario para la doctoranda Muna Makhlouf

Le recomiendo que atienda el texto de Manuel Castells que le propuse (La ciudad y las masas, Siglo XXI) como marco global de aquella aparición del sindicalismo urbano en Europa a finales de los 60 y haga una síntesis de lo que ha leído en la bibliografía que le pasé sobre la historia de esos movimientos en España y sobre todo en Barcelona. Por cierto, entre el material que le referencié no me acuerdo si estaba o no una historia sistematizada bastante completa de las luchas vecinales en Barcelona entre 1960 y 1988: Miguel Domingo y Maria Fosa Bonet, Barcelona i els moviments socials urbans, Fundació Jaume Bofill, 1998.

Me daría rabia que no lo hubiera tenido en cuenta, porque su conclusión es un poco la que le adelantaba: que buena parte de las asociaciones de vecinos han conocido un proceso de acomodamiento que no ha resultado sino de su institucionalización por parte del Ayuntamiento, que las ha convertido en no pocos casos en protagonistas de simulacros de participación y en correas de transmisión de sus intereses y argumentos. La paradoja consiste en que había protestas cuando no había derecho a la protesta y que, en cuanto ese derecho fue conquistado, los vecinos dejaron de protestar o lo hicieron más mansamente, demostrando una vez más la astucia del orden político a la hora de domesticar a sus críticos, convirtiéndolos en cómplices dependientes de la prebenda y la subvención. Lea el libro que le pasé y verá cuánto hay de común entre las problemáticas de “entonces”, es decir de la época del alcalde Porcioles, y las de ahora. Supongo que habrá trabajado usted un libro fundamental para su investigación: el de Manuel de Solà-Morales, titulado Barcelona. Remodelación urbana o desarrollo capitalista en el Plan de la Ribera, editado por Gustavo Gili nada más y nada menos que en 1974. Recordará que en su introducción se advierte cómo aquel momento se caracterizaba por la creciente concentración financiera de los operadores interesados en la remodelación urbana cuya actuación se lleva a cabo “mezclando el capital privado con grandes inversiones públicas”. Es decir, como ahora.


El libro que le entregué es la edición, como habrá visto, de uno de los números monográficos que la revista del Colegio de Arquitectos Técnicos –CAU– dedica a Barcelona, titulado La Barcelona de Porcioles. Como habrá visto, el libro aparece en 1974. Por curiosidad, una vez entregada su tesina, échele un vistazo al ejemplar en que, treinta años después, la revista L’Avenç reunía en una mesa redonda a los coautores de aquel libro para hacer balance de lo transcurrido desde entonces: “La Barcelona de Porcioles”, L’Avenç, Barcelona, 295 (octubre 2004), pp. 28-38.


Si le interesa –pero siempre para cuando haya entregado lo que está ahora acabando- hubo otro monográfico en la revista CAU, que apareció bajo el epígrafe Gran Barcelona, coordinado por Jordi Borja y al que contribuyeron firmas como la de Marsal Tarragó, Pau Verrié, Joaquim Lleixa o Manuel de Solà Morales, algunos de ellos teóricos y ejecutores de la Barcelona que vendría después. Le hubiera interesado, porque en aquel número se denunciaba precisamente como “el Plan de la Ribera puede permitir las ventas de terrenos para uso privado –en lugar de expropiación pública– para utilizarlos como fachadas al mar y convertirlo en una tradicional operación especulativa de construcción de viviendas de standing medio con un índice de edificabilidad alta”. Estamos hablando del número 10, que apareció en noviembre de 1970. Le será fácil encontrarlo porque luego salió como libro, editado por el mismo Jordi Borja: Gran Barcelona, Alberto Corazón, 1972). Está en la biblioteca de la facultad. Y es ahí donde volvemos a lo que no hago sino repetirle y que escribí en La ciudad mentirosa. Se dice que el pecado del estado de cosas urbanístico actual en Barcelona es que se ha doblegado a los imperativos formales y éticos de las dinámicas del capitalismo mundial. Pero cómo decir que ésta no es que no sea una característica singular de la actualidad en materia de iniciativas urbanas Barcelona, sino que la clave internacionalizadora ha sido un elemento clave de la lógica del crecimiento urbano en Barcelona, cuyo primer paso fue la Exposición Universal de 1888. Esa lógica será asumida por los ayuntamientos franquistas y se concretará en el lema acuñado durante el mandato de Porcioles. “Barcelona, ciudad de Ferias y Congresos”. Por lo demás, la filosofía de acuerdo con la cual Barcelona tenía que experimentar sus grandes "estirones" basándose en macroacontecimientos de repercusión mundial no conoce un paréntesis entre la Exposición Universal de 1929 y los objetivos que se plantean Narcis Serra y Pasqual Maragall como alcaldes de la ciudad. El Congreso Eucarístico de 1952 es no sólo el primer gran éxito diplomático del régimen franquista, sino también la excusa que permite urbanizar los aledaños del sur de la Diagonal y servirá como precedente no confesado de lo que mucho más tarde será el espíritu ecuménico en torno a los nuevos valores místicos postmodernos del Fórum Mundial de las Culturas en el 2004.


Hoy nadie se acuerda que el mismo José Maria de Porcioles concibió la idea de celebrar en Barcelona una Exposición Universal el año 1982, cuyo destino hubiera implicado la transformación de la parte "pendiente" de la montaña de Montjuïc –los barrios de Can Clos y del Polvorí– y el remodelado de los alrededores del Carrer Tarragona, con la apertura de un gran corredor urbanizado que uniera el recinto ferial de Montjuïc y la entrada del entonces ya previsto túnel de Vallvidrera: la Avenida de la Exposición. Sorprende cómo los argumentos de Porcioles en defensa de su proyecto de gran acontecimiento serían idénticos a los que luego alimentarían el proyecto olímpico o el Fórum 2004: “La exposición puede y debe ser el instrumento adecuado para encauzar la expansión de Barcelona y promover, a la vez, su reforma interior, de acuerdo con las exigencias que implica su crecimiento y obliga la profunda transformación social”. Lo puede leer en el capítulo “Porcioles ‘ministro’ de Franco en Barcelona”, en Ignasi Riera, Los catalanes de Franco, Plaza & Janés, 1999, p. 356). 


Me parece que le comenté que la deuda de los criterios de crecimiento y desarrollo de la Barcelona “democrática” respecto de los de la “franquista” es tan explícito que dio pie a polémicas como la desatada a raíz de la emisión en la televisión pública catalana en octubre del 2004 de un documental que retomaba el formato del mencionados números especiales de CAU –el que le pasé en formato libro, el dedicado al porciolismo, que se formulaba como una abecedario– en el que se hacía poco menos que una exaltación de la figura del principal alcalde franquista de la ciudad, al que se mostraba como un visionario precursor que había abierto el camino al desarrollo posterior de la capital catalana, prefigurando lo que serían las líneas principales de su evolución, al tiempo que se ocultaban los motivos que habían hecho uno de los personajes más odiados y por más gente de la historia de Barcelona: su enriquecimiento personal a costa de la ciudad, la desconsideración a cualquier cosa que obstaculizara sus recalificaciones salvajes, su desprecio hacia la provisión de equipamientos y servicios, la persecución policial contra la oposición de los vecinos, etc. Tendría que haber escuchado las o– las alabanzas que vertían sobre Porcioles Narcís Serra o Pasqual Maragall, aunque este último ya le hubiera dedicado un elogio fúnebre con motivo de su desaparición en octubre de 1993. De hecho, el Ayuntamiento de Barcelona le hubiera concedido a su antiguo alcalde franquista la medalla de oro de la ciudad en 1984.


Pero, en cambio, todo ello no debería resultar nada extraño si pensamos en que los personajes centrales de la concepción y gestión del "modelo Barcelona" habían estado a las órdenes directas de José María de Porcioles y tenían motivos para expresar su reconocimiento. Ese es el tema del que le hablé y del que, por supuesto, nadie habla. La mayoría de responsables del “modelo Barcelona”, lo campeones de la democratización municipal, ya estaban trabajando en lugares estratégicos de la administración municipal predemocrática, en las tareas de revisión del Plan Comarcal de 1953, que se desarrollan a partir de 1964. Su papel no habría de ser marginal, sino determinante en todos los sentidos, puesto que si algo caracterizó la hegemonía del franquismo desarrollista fue la responsabilidad y la independencia asignada a los técnicos, que, en el caso de Barcelona, venía reconocida por la estratégica Carta Municipal que Porcioles se encarga de hacer aprobar en 1960. Así, Joan Anton Solans –el principal diseñador del Plan General Metropolitano en la primera mitad de los 70– fue concejal en el primer consistorio democrático y ocupará hasta 1980 el lugar de delegado de los Servicios de Urbanismo.


Otra personalidad clave en la reorganización territorial de la ciudad bajo la dictadura fue el ingeniero Albert Serratosa, director del PGM entre 1970 y 1975 y posteriormente del Plan Territorial Metropolitano de Barcelona y presidente del Institut d’Estudis Territorials de la Generalitat de Catalunya. El mismo futuro alcalde Pasqual Maragall se incorporará a los equipos municipales a mediados de años 60 y participará en la última fase de la elaboración del PGM como responsable del correspondiente estudio económico y financiero. Jordi Borja se incorpora al gabinete de ordenación urbana municipal en 1968. Todos ellos –y otros que compartían sus perspectivas “progresistas” sobre la ciudad: Ernest Lluch, Manuel de Solà Morales, Jolpí, Rubio Umbarella...– serían aglutinados por Serratosa, que será destituido por el último alcalde franquista de Barcelona, Joaquim Viola, pero continuarán a las órdenes de sus sucesores, Xavier Subias y Antoni Carceller, todos actuando en el seno del órgano que debía aprobar de manera definitiva el PGM. 

Por supuesto que el protagonismo de todos estos profesionales en la organización urbanística de Barcelona bajo el porciolismo no supone que no les guiara la mejor de las intenciones, incluso la convicción de que estaban actuando a la manera de “infiltrados” del urbanismo progresista en el seno del franquismo municipal. Se trata de reconocer que la incorporación de estos y otros profesionales de izquierda al diseño de una idea de ciudad que ellos mismos se encargarían de aplicar más adelante no respondió a la candidez de un sistema político que se dejaba invadir por todo tipo de caballos de troya en materia de planeamiento urbano. Esa aparentemente anomalía –técnicos de izquierda y hasta de extrema izquierda al servicio de gobiernos de extrema derecha– resulta de que las fuerzas y poderes reales de los que dependía e iba a depender el futuro de Barcelona ya eran conscientes de qué tipo de transformaciones y responsables se adecuaban mejor a sus proyectos por incorporar competitivamente a la ciudad a los requerimientos del nuevo capitalismo global. En otras palabras, la actual Barcelona partió de la determinación, por parte de los ayuntamientos franquistas, de poner la ciudad a disposición de los intereses del capitalismo inmobiliario y financiero internacional. Determinación en la que los posteriores gobiernos municipales nunca han cejado, aunque hayan adornado su servilismo con concesiones en forma de intervenciones en materia de equipamientos –que con frecuencia han servido como mecanismos paralelos de revalorización del suelo–, a una preocupación escenográfica desconocida en el periodo anterior y a una participación ciudadana concebida como sumisión y dependencia.


[La imagen corresponde a la salida de la catedral de Barcelona en coche descubierto de José María de Porciones y Francisco Franco, en la visita de este último a la ciudad el 18 de junio de 1970]




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