dijous, 8 d’octubre del 2009

El matrimonio del cielo y la tierra. Sobre la exposición "Estefany", de Pep Dardanyà





Hace unos días se suscitó en Barcelona un debate público sobre lo que se presentaba como la inaceptable acvitidad profesional de las putas negras qie trabajan en las Ramblas. Ni que decir tiene que esas mujeres me merecen infinitamente más respeto y afecto que los periodistas, politicos y gentes de orden que consideraban urgente una actuación "higiénica" al respecto, es decir continuar convirtiendo todo problema social en un simple problema de orden público cuya gestión corresponde una vez más a la policía. Entre el asco que me producía todo lo que escuchaba y leía, me vino a la cabeza una magnífica exposición de Pep Dardanyà en el Espai d'Art Contemporani de Girona l'any 2002. La muestra se titulaba "Estefany" y evocarlo ahora y trasladar el prólogo que escribí para el catálogo cumplen la doble función de saludar a un amigo artista que admiro y aprecio y desagraviar a unas mujeres mucho más dignas que quienes tanto las desprecian.





EL MATRIMONIO DEL CIELO Y LA TIERRA



Manuel Delgado




Los humanos hemos mantenido siempre unas relaciones difíciles con la realidad. Acertadamente podríamos pensar que toda civilización no ha hecho otra cosa que constituir un mundo a la medida de los deseos humanos al lado del mundo real, del cual, de hecho, no sabemos casi nada y que no deja nunca de despertar en nosotros un cierto desasosiego. Algunos autores han sostenido que añoramos esta realidad real, que bajo o más allá del mundo que los humanos han conformado a su medida se extiende siguiendo las leyes que nos resultarían extrañas, o quizás –y eso es lo que más nos estremece- no obedeciendo ninguna ley, un mundo real –y dentro de él una sociedad real- que vive abandonado a dinámicas atroces, impío, crudo y cruel.
En este sentido, podríamos pensar que el arte ha podido hacer, en el curso de su historia, dos cosas. Por un lado ha podido contribuir a mantener a raya la verdadera realidad, ha podido ayudarnos a no saber ni sentir qué pasa realmente, nos ha dado acceso a una dimensión exenta y perfecta, los objetos de la cual podían ser verdaderamente inmaculados, virginales, asépticos. El arte ha podido, en efecto, rescatarnos de la cosas tal como son y nos ha proporcionado un refugio en cuyo cobijo nos hemos salvado de la intemperie de un universo natural –dominado por la muerte- y de un universo social –dominado por la injusticia- que difícilmente podríamos afrontar. En cambio, el artista también puede hacer otra cosa, que es confrontarnos con lo que hay, obligarnos a asumir aunque sea sólo una pálida imagen de la auténtica faz de la tierra. No hace falta que este tipo de arte sea exactamente aquello que se presenta retóricamente como un arte "de denuncia" o un "arte comprometido". En cierta medida se trata de algo más simple. Se trata sencillamente que, en estos casos, lo que hace el artista es poner su capacidad de especular con las formas y sus habilidades para suscitar paradojas al servicio de una restauración de la vida real, o, lo que es lo mismo, de un volver a poner las cosas en el lugar vacante, formado por lo que nuestros contenciosos con la realidad han expulsado –hechos del miedo y de la vergüenza que nos despierta-.
Pues bien, la obra de Pep Dardanyà pertenece más bien a este otro tipo de creación artística que no está concebida para que el espectador escape, sino para que, en cierto modo, entienda que está hecho el mundo real, lo que existe allá fuera, lo que se desarrolla en nuestro entorno, bajo nuestras narices, alimentando una vida al pie de la letra, de la que muchas veces queremos saber cuantas menos cosas mejor.
Pep Dardanyà desarrolla la tarea que seguramente desde siempre le ha sido asignada al artista. Como el chamán de las sociedades exóticas, se pasa el tiempo viajando de lo más alto a lo más bajo, desplazándose en nombre de todos ahora en el cielo, ahora en el infierno. Como el artista de circo, el artista de arte no se cansa de hacer piruetas, saltos mortales entre instancias compartimentadas, ejecuta síntesis que son como contorsiones inverosímiles que nos serían imposibles al resto de los mortales. Como el prestidigitador –todo arte es arte de magia-, pone en comunicación, lo visible con lo invisible, las experiencias con los conceptos, lo latente con lo explícito, lo imaginado con lo vivido. Los precipitados que nos procura –hechos de materiales que habitualmente permanecen incomunicados, puesto que se los supone incompatibles- son estímulos para una inteligencia –la que se espera del espectador- capaz de preguntarse sobre las condiciones que hacen posible el conocimiento y la sensibilidad: el conocimiento de las condiciones del mundo real y la sensibilidad ante lo que es injustificable.
En el caso concreto de esta exposición, Dardanyà propone una especie de choque –pero también de cópula- entre dos universos socio-humanos situados, en principio, en las antípodas el uno respecto al otro. La fórmula evoca lo que permitió a William Blake –aquel inmenso poeta simbolista inglés de finales del siglo XVIII- titular lo que sería uno de sus libros más famosos El matrimonio del cielo y del infierno. Una obra visionaria en que se evidenciaba la íntima correspondencia entre la grandeza y el horror, oda alucinada a la delicadeza del mal y al contenido inconfesable de toda bondad.
En los materiales que nos presenta Pep Dardanyà en esta exposición la mixtura está protagonizada por dos instituciones fundamentales para una civilización como la nuestra, que suele considerarse hito y modelo para todas las otras. El abrazo amoroso que confunde a los cuerpos y a las almas se produce, ante nosotros, por una parte, como la manifestación más elevada de nuestra forma de vivir, la Cultura, así, escrita con mayúsculas, ya que su naturaleza no es exactamente humana. De otra, como subsuelo de la sociedad, lo que a la vez genera y oculta el cuerpo social: la inmigración ilegal, la prostitución, dos de los fundamentos ocultos de nuestra manera de vivir; la desesperación y la desolación, dos de las sustancias básicas que alimentan la gran maquinaria de las sociedades urbano-industriales de Occidente.
He aquí, exhibiendo su ejemplaridad absoluta, el Arte y la Cultura, esta especie de sustancia inmortal que, desde otra dimensión, hace descender pentecostalmente sus producciones para salvar a los humanos de las miserias de la vida ordinaria. Esta nueva forma de sobrenaturalidad es lo que constituye hoy la nueva religión de Estado, el culto oficial a unas divinidades los misterios de las cuales se ofician en estas nuevas catedrales que son los suntuosos centros de arte y de cultura y los museos solemnes y monumentales que encontramos en toda gran ciudad. De repente, como inopinadamente, en estos lugares donde se rinde culto a la Cultura, como expresión máxima de una realidad tan perfecta como irreal, forma contemporánea de lo sagrado, irrumpe, por la actividad sediciosa del artista, la realidad a secas, el mundo a ras el suelo: unas mujeres inmigradas en situación ilegal que se ganan la vida haciendo de putas y profanan todo lo que tocan. Ellas encarnan a las instituciones sucias y despiadadas de la sociedad, el lado oscuro y mugriento del universo, lo que representan los seres humanos al límite ya de su propia humanidad, fronteras vivientes más allá de las cuales lo que hay es todo lo otro: su lado negado, pero omnipresente, de unos dispositivos infames que permiten que nuestra diuturnidad se mueva, alimento básico de lo que se nutre. Son mujeres; son putas; son negras; son inmigrantes ilegales. Son la antidivinidad, las antimusas, ángeles caídos más abajo imposible, usurpadoras, intrusas que han sido invitadas por el artista para embrutecer la impoluta verdad de nuestros mausoleos del Arte, de nuestros pulcros palacios de la Cultura.
Nuevas odaliscas urbanas: mujeres, negras, rameras, ilegales. Se puede caer más bajo –o, mejor dicho, ¿se puede ser empujado más abajo en la jerarquía de los valores y de los principios, en el organigrama de las tareas y las funciones? Ellas, las que son por encima de todo clandestinas radicales, son portentosamente transportadas, para la operación demiúrgica del creador, hacia lo más elevado, aducidas en las capas más sublimes de la mejor de las sociedades. La Cultura y las putas inmigrantes de las Ramblas, dos formas absolutas de inconmensurabilidad que Dardanyà ha superpuesto, quien sabe si para contrastarlas brutalmente o para, con más o menos brutalidad, equipararlas, cada una de ellas como reverso simétrico de la otra. Por un lado, lo soberbio, lo inefable, lo único, lo unívoco, la certeza, la belleza simple de aquello que nos eleva. Por otro, lo heterogéneo, lo complejo, lo doloroso..., la vida. El Arte y la Cultura por un lado; por el otro, aquello que no por casualidad designamos como "mujeres de la calle", no sólo porque están en la calle, sino porque son la calle, la metáfora perfecta de lo que puede ser al mismo tiempo fortaleza y vulnerabilidad. He aquí las esferas entre las que Dardanyà practica el contrabando más sabiamente perverso, a fin de demostrarnos que por mucho que parezca que se oponen, en realidad se complementan, se necesitan imperiosamente la una a la otra, como el Cielo y el Infierno.
Juego de espejos. La Cultura y la calle, el Arte y las rameras, la Belleza y unas mujeres sin papeles que, en estos momentos, seguro que ya han sido detenidas y deportadas por los agentes del orden –y, ¡qué orden!- Con esta distorsión de los universos que nos propone, Pep Dardanyà se acerca al objetivo fundamental del artista, de aquel artista que prolonga la realidad no para huir de ella, sino para rehabilitarla, para devolvérnosla, para volver a ponerla allí donde había sido secuestrada. También para dignificarla, por escandalosa que nos resulte. Dardanyà nos advierte de lo que al mismo tiempo separa y sutura los mundos que hay dentro del mundo. Nos propone que lo acompañemos en un salto brusco, que demos con él un puntapié a la pared. De pronto, ante nuestros ojos, una nueva evidencia: toda prostitución es sagrada y lo sagrado sólo cobra sentido en el mismo momento en que se lo deshonra.

Canals de vídeo

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