dissabte, 10 d’agost de 2019

Jugador, hooligan, soldado

Fotograma de Green Street Hooligan (2005) 
Billete publicado el 14 de marzo de 1994 en El Periódico de Catalunya

JUGADOR, HOOLIGAN, SOLDADO
Manuel Delgado

Buena oportunidad la que nos brinda el juicio contra los boixos nois acusados del asesinato de un brigada blanquiazul para volver a razonar en torno al fenómeno de los grupos violentos de hinchas futbolísticos, el hooliganismo. El error consiste, pienso, en ver esos sucesos como una irrupción de lo irracional en la vida cotidiana, una anomalía derivada de deterioros sociales o padecimientos psiquiátricos que afectan a ciertos individuos. No se percibe entonces que estos hechos brutales no son el resultado de la vulneración de los principios deportivos, sino su intensificación.

Me explicaré. Una sociedad es una asociación que reúne un número indeterminado de subgrupos -clases, etnias, partidos, iglesias, etcétera- con identidades e intereses contrapuestos, cuanto no antagónicos. Por ello, toda sociedad vive en una situación de guerra civil crónica, sólo que cuenta con mecanismos que mantienen esas luchas intestinas en estado latente. Tales dispositivos consisten en luchas rituales en las que los bandos ejercen unos contra otros una violencia simbólica y no lesiva, que mantiene vivos los conflictos pero que, al mismo tiempo, evita sus efectos., Uno de esos mecanismos es, entre nosotros, el de la rivalidad entre equipos de fútbol y sus respectivas aficiones 

Se ha dicho muchas veces que el leguaje futbolístico imita el lenguaje bélico, y es evidente. 

Un partido es el simulacro de una batalla en la que los jugadores actúan a la manera de soldados. Lo que no es casual, puesto que la competición entre clubs deportivos nació en la Inglaterra del siglo XVIII para cerrar para siempre el largo periodo anterior de guerra civiles que el país había sufrido. 

Lo que sucede es que, a veces, ese mecanismo que evita la lucha entre grupos al mismo tiempo que la institucionaliza puede dispararse, es decir, resultar insuficiente y hacer que la dinámica de victorias y revanchas no se conforme con se sólo virtual y requiera hacerse carne entre nosotros. Es entonces cuando la violencia implícita del gol se convierte en la violencia explícita del navajazo. El altercado entre hinchadas acelera la lógica de contienda de los jugadores sobre el campo. 

El 13 de mayo de 1990, en el estadio de Maksmir de Zagreb, los jugadores del Dinamo y los del Estrella Roja de Belgrado se enzarzaron a puñetazos y luego, en la calle, lo hicieron sus seguidores. Al cabo de poco, estalló la guerra civil en la antigua Yugoslavia. Se había traspasado la frontera que separaba la agresión ritual de la agresión real. El jugador de fútbol profesional daba paso al skin fanatizado y éste, al heroico militar que lo da todo por su patria.


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