dissabte, 20 de gener de 2018

Barcelona: Un patriotismo postmoderno

La foto es The 8 Street y procede de http://the8street.com/
Fragmento de la conferencia "Sobre el nuevo municipalismo. El caso de Barcelona", pronunciada en la Facultad de Psicología de la Universidad de Montevideo, el 14 de diciembre de 2017.

BARCELONA: UN PATRIOTISMO POSTMODERNO
Manuel Delgado

Otro de los horizontes centrales de la etapa Maragall, que el gobierno de Ada Colau asumiría como propio, es el la dotación simbólica de la nueva Barcelona democrática de algo parecido a una community spirit, una personalidad propia precariamente existente durante décadas en una urbanidad caracterizada por la compartimentación provocada por el agregado de barrios fuertemente singularizados y, en gran medida, autosegregados de un centro débil y casi imperceptible, que habían ido formando por aluvión el conglomerado físico y humano de la ciudad. Esa unificación simbólica estuvo entre los asuntos estratégicos de aquella primera etapa ideal del “modelo Barcelona”, aquel en que se supone que todavía no había sido contaminado ni pervertido por el liberalismo urbanístico hegemónico después. Se trató de lo que Jordi Borja —acaso el ideólogo principal tanto del “modelo” como de su segunda edición con Ada Colau— llamó barcelonismo, que él mismo imaginaba a principios de los ochenta como requisito para “un proyecto de futuro movilizador que sea un gran estímulo y un marco coherente para la inversión pública y privada para la reconstrucción y la revalorización de la ciudad y de toda el área metropolitana. Este proyecto deberá poseer suficiente fuerza política y cultural para poder movilizar los recursos sociales e intelectuales existentes”.

Lo que tenemos es ahí uno de los ingredientes del trabajo de producción de significados en que consistieron los primeros momentos del “modelo Barcelona”, destinado a generar coartadas morales para lo que enseguida sería la explícita alianza entre poderes públicos, tecnocracia urbanística e intereses empresariales en Barcelona. Pero ese discurso a propósito de la "barcelonesidad" aspiraba también a ejercer otra virtud: la de constituirse en una suerte de nacionalismo urbano postmoderno –en el sentido de distinto y ajeno al decimonónico–, reificación final de simbiosis perfectas encarnadas en Barcelona: tradicional y moderna, nacional y cosmopolita, local y global, barrial y metropolitana, histórica y vanguardista, obrera y aristocrática, popular y cultivada… El fin sería, en este caso, ofrecer una especie de tercera vía entre el nacionalismo catalán de matriz romántica y el centralismo español, tanto reaccionario como jacobino, en que se basaría la oferta política de la izquierda catalana, fuerte sobre todo en Barcelona y las ciudades que la rodean, y que competía en poder y legitimidad tanto con la derecha catalanista –Convergència i Unió– como a la españolista, representada por el Partido Popular y luego por su segunda marca modernizada, Ciutadans. 

Esa búsqueda de una "tercera vía" entre catalanismo y españolismo –la exaltación de Barcelona como patria urbana, recuperación del modelo clásico o renacentista de ciudad-estado – fue heredado por Ada Colau, con más razón acaso, puesto que su recuperación del barcelonismo maragallista fue clave para su intento de dar respuesta singular al emplazamiento que se le hizo para que tomara una posición clara ante el proceso soberanista catalán que se inició en 2012, frente al cual, y como alternativa, insistió en esta vindicación de un proyecto específico para y desde Barcelona, ​​que le permitiera a la capital catalana escapar del campo gravitatorio del contencioso España-Cataluña o, al menos, situarse en él en términos propios. Un reencuentro este que fue explícito en el regreso al tema novecentista de la Cataluña-ciudad, de la mano, además, de antiguos ideólogos del "modelo Barcelona", incorporados ahora a la administración del "nuevo municipalismo" de los comunes, como Oriol Nel·lo.

Todo ello contrasta con el relato heroico de que se ha envuelto el “modelo Barcelona” desde su invención como marca comercial: la de la realización de una utopía urbana en que una imaginaria “sociedad civil” —sin clases, sin luchas, una ecúmene toda ella hecha de consenso y diálogo— se despliega como sociedad basada en la constante negociación entre presuntos iguales. Fue para legitimar simbólicamente y en clave “social” la forma que adoptó en la capital catalana la confiscación capitalista de las ciudades, que se acuñó una modalidad moral de márquetin urbano: el ciudadanismo, con su visión casi mística del espacio público —y la ciudad, toda ella, como su extensión—, a la manera de un territorio ideal de conciliación de los conflictos presidido por la figura del ciudadano, un personaje hipotético que encarna la posibilidad imposible de una tregua entre segmentos socia­ les con intereses incompatibles, que aceptan olvidar sus contenciosos.

El ciudadanismo, en efecto, es una actualización del viejo republicanismo, una versión del liberalismo de izquierdas, que ha asumido los programas económicos de la socialdemocracia, que se limitan a procurar restaurar en lo posible lo que fuera el Estado del bienestar, invistiendo de una dosis de sensibilidad social al sistema de libre mercado y aspirando no tanto a superar el orden capitalista, como a participar de él. El ciudadanismo no censura el capitalismo sino su versión neoliberal más despiadada y la actividad perversa de una minoría desalmada de poderosos —"la casta"— contra la que la inmensa mayoría debe sublevarse. Esta moderación por lo que hace al orden capitalista, al que solo le reprochan sus excesos y su falta de escrúpulos, lo que se plasma en una retórica que busca  lo que Pere López llama “aplanar contradicciones y erradicar el antagonismo”, lanzando “valores compartidos” sobre los potenciales descontentos. Será el ciudadanismo municipal que gana Barcelona en 2015 que hará que cada iniciativa urbanística vaya acompañada de jaculatorias invocando palabras mágicas que no significaban nada en realidad: “participación”, “transparencia”, “gestión eficaz”, “honradez”, “democracia territorial”, “descentralización”, “derecho a la ciudad”… 

Curiosamente —o no—, quienes habían ido levantando en Catalunya la doctrina de la "cultura ciudadana" acabaron constituyendo el aparato político-ideológico del Gobierno de Ada Colau, que asumiría la tarea de bendecir con "altos principios" un nuevo tipo de capitalismo para las ciudades: el capitalismo del "buen tono", amable, capaz de convencernos que puede moderar su codicia y ser considerado con los débiles, todo para convertirse en lo que José Mansilla llama una "nueva versión soft del poder institucional" en el ámbito local. Se completa así el círculo que nos lleva de vuelta al punto de partida, que fue siempre la toma de conciencia de que era preciso incorporar Barcelona a las grandes dinámicas de rentabilización capitalista del espacio, que se inicia en la década de los años sesenta del siglo pasado todavía bajo la dictadura franquista, que determina todas las políticas municipales "democráticas" –todas–y que, ante su decrepitud, se rejuvenece gracias al "nuevo municipalismo", cuya característica es su capacidad de rebozar el saqueo y el entristecimiento de las ciudades de melifluas invocaciones a la mística de los derechos y las oportunidades.

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