dilluns, 16 de maig de 2016

El 15M y el fundamentalismo democrático

La foto es de Joan Linares
Comentatio a la comparación indignados-albiguenses propuesta por Gustavo Bueno, escrito en julio de 2011

EL 15M Y EL FUNDAMENTALISMO DEMOCRÁTICO
Manuel Delgado


La verdad es que no sigo mucho lo que está haciendo y diciendo que piensa Gustavo Bueno. Tuve y mantengo una buena relación con él, sobre todo por el vínculo que supuso nuestra común amistad con Alberto Cardín. Le invité a una cosa que hacíamos en la Caixa sobre la invención de la ciudad griega. Sería el 87 del siglo pasado o así. Lo que ocurre es que hay algo que me merece un notable indiferencia, que es que se haya prestado a tener discípulos y seguidores, que no es que digan los mismo que él, sino que hablan igual-igual que él.

No he oído ninguna declaración de Bueno sobre el 15M, pero sí que leí una entrevista que le hacían en Disenso. En lo que decía tenía buena parte de razón: el movimiento 15M es, por definición, un movimiento fundamentalista o integrista democrático, en un sentido nada peyorativo, es decir en el de que reclama no sólo vindicaciones relativas a condiciones de vida, sino a la recuperación o advenimiento de una democracia que cumpla su promesa y su proyecto de gobierno del pueblo y para el pueblo. Esa exigencia de verdad o autenticidad democrática –“democracia real”– es lo que hace de los indignados un movimiento puritano, sin que eso tenga por qué implicar una descalificación ni una caricatura. Ahí también tendría razón Bueno cuando propone un paralelismo entre indignados y albigenses, uno de los más significativos movimientos quiliastas medievales, en los que se suele reconocer, incluso por su zona de influencia, un precedente directo y preparatorio de la revolución hugonota tres siglos después, en el siglo XVI.

Lo que ocurre es que no sé por qué escoge precisamente al catarismo para establecer el paralelo. De hecho, menciona dos personajes importantes para comparalos con Hessel y ninguno de los dos es albigense. Uno es Pedro de Valdo, que, como su nombre indica, fue un valdense, un movimiento que luego reapareció en buena medida bajo la forma taborita, y más en concreto husita. El otro es Pedro de Bruys, que precede en más de medio siglo a la revolución cátara, pero que representa ese mismo espíritu patarino de radicalismo evangélico, sobre todo en lo que hace a la descalificación de la presunción carismática del sacerdocio para la mediación con la divinidad, que no deja de ser la forma histórica que adoptó en el siglo XII el “no nos representan” de los indignados. Por cierto, quien representó esa línea de exigencia de un cambio en las actitudes de la Iglesia fue Tanquelmo, que encabezó una revuelta popular contra lo que definió como la “indignidad” del clericato.

Es cierto que estamos hablando de precursores inmediatos del catarismo. Pero en realidad Bueno podría haber elegido para su analogía a joaquinitas, seguidores de Savonarola, wycliffitas, lolardos o incluso anabaptistas. Y lo mismo para cualquiera de las expresiones sectantes del calvinismo o de sus herejías. Me vienen a la cabeza los cavadores y los ranters que siguen a Cronwell. Es curioso que no se recuerde como la organización asamblearia de casi todas las iglesias protestantes, en cuyo modelo de estructura bebe el sistema democrático formal. Para asambleas, las de Dios, por recordar el asamblearismo de todas las denominaciones pentecostales, excepto acaso los carismáticos romanos.

Pero es que no hace falta ir tan lejos: el propio anarquismo ha tenido desde su origen un fuerte componente profetista. ¡Pues no se ha escrito sobre ello, mucho más en el caso del caso español! Diaz del Corral, Pitt-Rivers, Brenan…

Ese tema de la abominación del mundo en que se vive por su condición intrínsecamente sucia es algo que no nos damos cuenta hasta qué punto determina muchos movimientos de protesta en las últimas décadas, sobre todo con cargo a lo que había sido, para el marxismo, el análisis materialista de la realidad. Creo que hoy por hoy, y desde hace tiempo, buena parte de los movimientos de contestación son más éticos y culturales que no propiamente sociales, en el sentido de orientados a una transformación radical en la posesión y administración de los medios de producción y en la propia estructura de la sociedad, en pos de la supresión de las diferencias de clase.

Dicho de otro modo: los movimientos de protesta son y vienen siendo sobre todo morales. Los movimientos que se han presentado como herederos de los viejos valores humanistas de la izquierda histórica, han hecho suyo un discurso que pone mucho más el acento en denunciar la inmoralidad del mundo que en postular transformaciones estructurales profundas y duraderas. Es en ese sentido que ciertamente cabe hablar de movimientos de reforma ética del capitalismo, mucho más que de movimientos que luchan por su supresión.

La crítica política, incluso la más radical, que reduce la censura de las estructuras políticas y económicas a una abstracta abominación del Sistema, asigne un papel tan negativo a las formas de convivencia específicamente urbanas. Cuando se analizan los argumentos de la izquierda radical en los últimos treinta o cuarenta años –una izquierda radical que ahora ya ni siquiera se reconoce como tal, hasta tal punto ha avanzado su disipación ideológica– puede tenerse la impresión, ciertamente, de que el comunismo científico de Marx y Engels ha perdido de manera definitiva su batalla contra Weitling, contra Proudhon y contra los saint-simonianos, es decir contra el comunismo primitivo, artesano, tosco, elemental, moralizante, mesiánico..., que en el fondo, y a pesar de su apariencia vehemente, no era sino simple reformismo social.

El problema es que la propia izquierda nominalmente marxista ha caído en la trampa de un lenguaje que a mí siempre se me ha antojado filoreligioso. Acaso esa derivación arranque con el éxito creciente entre los comunistas de la teoría crítica alemana, derivado de fuentes judaicas –Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse...– o cristianas –Bloch–. Acaso sea a los teóricos de la Escuela de Frankurt a quienes cabe la responsabilidad de haber desarrollado un marxismo anticientífico, esotérico, antimaterialista, ignorante de Engels y reductor del pensamiento de Marx a una mera crítica de la alienación. A partir de esas fuentes –revelacionismo protestante, anarcoiluminismo, marxismo irracionalizado–. El izquierdismo contracultural de los 60 renunciará a la crítica científica en favor de una denuncia del capitalismo, cuyo derrocamiento debía pasar por una revolución que era más cultural que social y que debía priorizar una transformación interior de los individuos: lo que Wright Mills, en su «Carta a la Nueva Izquierda» de 1963, no dudaba en denominar «una especie de insurrección moral». Su enemigo a batir era el Todo, incluyendo la ciencia, la tecnología, la vida urbana y el proletariado, los aspectos del capitalismo en que Marx y Engels había cifrado sus mejores esperanzas. Se trataba de lo que Marcuse, en las últimas palabras de su Hombre unidimensional, había llamado «el Gran Rechazo».

De ese precipitado llamado Nueva Izquierda –en que se mezclaban líneas teóricas y proyectos dispares, cuya vaguedad mística hacia compatibles– son herederos los nuevos ascetismos actuales, propios de corrientes «alternativas» que han continuado cultivando ese mismo rechazo bíblico hacia el presente. Piénsese en el caso del antecedente inmediato de los indignados, que es el movimiento antiglobalización de finales de los 90 y primera parte de los 2000, que no hacía sino cubrir ese trayecto que Daniel Bell había apreciado yendo de la ética protestante al bazar psicodélico y, más tarde, a la ascética revolucionaria de izquierdas en los años 60, más deudor este último de la piedad y la angustia puritanas, con su obsesión por la depravación humana y su nostalgia de la inocencia perdida, que de Marx o Lenin. Esa apreciación se encuentra también en cosas que, desde la antropología, han escrito Robin Horton (Las dos mentalidades, Anagrama) o Mary Douglas (Símbolos naturales, Alianza).

Lo cierto es que, a partir de mediados de los 60, el izquierdismo contracultural abandonó casi por completo el pensamiento dialéctico y el materialismo para abandonarse a un lenguaje en que era fácil reconocer preocupaciones típicas del mesianismo protestante. Una izquierda juvenil que consideraba a la clase obrera y a sus partidos tradicionales como traidores, empezó a hablar entonces de «coherencia» e «integridad personales», de «compromiso personal», de «construcción de un mundo nuevo» y de una «nueva sociedad», de «toma de conciencia» entendida como una revelación psicológica del yo inmanente –lo que la que la contracultura llamaba awareness, «despertar», «lucidez»–, de «autorrealización», etc. El resultado: un marxismo-leninismo paródico al servicio del advenimiento de la Era de Acuario, esa New Age que es hoy por hoy la religión del capitalismo globalizado.

Considérense por ejemplo los términos en que se produjeron las grandes movilizaciones que acompañaron la conferencia de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, en noviembre de 1999. John Zerzan, el fílósofo del «anarcoprimitivismo» que se convirtió en referente teórico del movimiento, había centrado su pensamiento en que «el sufrimiento económico no sería la base de la revolución, sino la angustia psíquica, el sufrimiento espiritual» (El País, 19 de diciembre de 1999). De ahí el elogio de quiénes han logrado levantar algo parecido a un sueño de comunidad identitaria –las supuestas «minorías»– y se ha descuidado la capacidad integradora del anonimato o las cualidades de los espacios públicos como escenarios potencialmente dispuestos para la emancipación humana, para la libertad. La virtud es hoy ser coherente con uno mismo –en la línea del más exigente rigorismo protestante–, no lo es serlo con los demás. Momentos terribles estos, en los que casi nadie reclama el cumplimiento de los objetivos culturales de la modernidad y la lucha por la ciudadanía universal se ve suplantada por la misericordia mediática y las proclamaciones en favor del compromiso personal.

La reforma moral de las costumbres se plantea hoy en términos de un radicalismo ideológicamente difuso, que reclama sobre todo una nueva integridad, que basa su acción en la denuncia de la corrupción de la política y la inmoralidad de la economía. Sus premisas son, en cualquier caso, las mismas del puritanismo reformista, y tienen que ver con la exigencia de una nueva ética en las relaciones sociales, de una modificación profunda en la actitud personal ante la vida, de un aumento del papel de la verdad en la organización de la sociedad y en un protagonismo mucho mayos concedido a las emociones que a la ideas.

Todavía más, se lleva a las últimas consciencias una lógica del concernimiento personal que es típicamente cristiana y que tiene no poco de patología nerviosa: la convicción de que yo soy el centro del mundo y de todo lo que sucede a mi alrededor de un modo u otro debe importarme y concitarme a la acción, puesto que eso que ocurre en torno mío requiere de mi intervención, la está esperando: ese mundo me necesita.

Se me perdonará que añada una impresión personal. Conozco muchas personas que están directamente involucradas en ese universo que damos en llamar “movimientos sociales”, del que el precipitado es lo que es hoy el movimiento 15M. La verdad es que siempre he tenido la impresión de que no estaba a su altura moral, hasta tal punto eran elevadas sus exigencias en materia de disposición ética. Les quiero a todos y todas mucho, pero reconozco que a veces me resulta un poco cargante la impresión de que no soy lo bastante íntegro y coherente para merecer su aprecio.

Esto es lo que yo veo y lo que le da la razón a Bueno, al menos en eso, que no en muchas otras cosas en las que el acuerdo sería remoto. Eso, por supuesto, sin cuestionar para nada mi apoyo a un movimiento con el que simpatizo en lo que tiene de capacidad para incorporar a la discusión y la acción políticas a miles de personas, la mayoría jóvenes, sin contar con las ilusiones que ha despertado en tantos y tantas que no merecen verse decepcionados. Otra cosa es que uno hubiera deseado que hubiera sido en otros términos, con otras ideas y con otras premisas. Pero esto es lo que hay, lo que ocurre y no podemos aceptar bajo ningún concepto que luego venga alguien a contárnoslo.



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