dimecres, 30 de març de 2016

Espacio público e individuo

La foto es de Yanidel
Comentario para Jose Antonio Solis, doctorando

ESPACIO PÚBLICO E INDIVIDUO
Manuel Delgado 

No sé cómo insistir más en ello. El espacio público no es un sitio, como lo era la calle, sino la espacialización de los principios morales que hacen posible la convivencia ordenada y la crítica moral al poder en un contexto nominalmente democrático, lo que establece una discontinuidad absoluta de lo que hasta entonces había sido simplemente la calle como escenario de una sociabilidad singular entre extraños, sociabilidad que podía conocer expresiones fusionales que implicaban el paso abrupto y total entre una experiencia por definición colectiva y al tiempo dispersa y el desencadenamiento de un mecanismo radical de desindividuación y, por tanto, de amoralidad.

Ese paso de lo que fue un simple marco ecológico de actividad  –el espacio público como espacio urbano de libre acceso; la calle– al marco participativo, moral y político del compromiso democrático –el espacio público filosófico–, que no puede existir sino negando aquello con lo que es del todo incompatible, puesto que contiene su negación, que es precisamente cualquier forma de fundición humana que inutilice la "ley del corazón" hegeliana, es decir el ejercicio de las virtudes personales como principio fundamental de cualquier vínculo social y la razón como mecanismo de moderación de las pasiones.

De ahí esa vindicación que los nuevos apologetas del espacio público —incluyendo los ciudadanistas de izquierda— han hecho de la premisa pragmática, ya enunciada por Robert Ezra Park, según la cual lo contrario de lo público no es lo privado, sino lo fusional, cualquier modalidad de fusión, esté ésta sólidamente estabilizada a partir de criterios cosmovisionales –no importa qué forma de comunidad tradicional o pueblo–, políticos —el Estado— o se organice efímeramente a partir de una coincidencia afectiva o psicológica. La experiencia de la vida pública, en el sentido postulado por Arendt o Harbermas, nunca pierde de vista que quienes la constituyen son seres humanos diferenciados y diferenciables y que esas diferenciaciones son soslayables a través de la concertación, que no de concentración. Con toda fusión pasa justo lo contrario: las diferencias son negadas provisionalmente en aras a la unidad obtenida para un fin específico y circunstancial. La experiencia de la sociabilidad en el espacio público ideal es la de una concertación no fusional, es decir basada en distanciamiento y la reserva entre quienes la practican, que no niegan esa distancia, sino que la consideran simplemente sorteable a efectos de la consecución de consensos operativos y discursivos eventuales.

El idealismo del espacio público se proyecta así sobre la calle para obligarla a ser mucho más que el terreno en que se desarrolla un tipo singular de convivencia social entre extraños totales o relativos, que puede coagularse en ocasiones en esas formidables unidades de sentimiento y acción que eran las masas. Ahora debe ser sobre todo un escenario comunicacional en que los usuarios pueden reconocer automáticamente y pactar las pautas que los organizan, que distribuyen y articulan sus disposiciones entre sí y en relación con los elementos del entorno, siempre a partir no de sus pertenencias, sino de sus pertinencias, esto es de su capacidad para ser reconocidos como concertantes a partir de su buena conducta civil o urbanidad. Lo que se distingue ahí –siempre a nivel teórico, no real– no es un conjunto homogéneo de componentes humanos, sino una conformación de agentes dispersos que se ponen de acuerdo no en qué pensar o sentir, sino en cómo hacer que se encadenen armónicamente una serie ininterrumpida de acontecimientos, en un contexto que ha devenido una pura abstracción y en el que el conflicto es inconcebible, puesto que exige un estado de conciliación y reconciliación permanentemente reactivados a través de la negociación y el consenso. En estos casos los presupuestos de inferencia para la acción pertinente no sólo pueden prescindir de que cada cual se presente a sí mismo –es decir, se identifique– sino que se supone que pueden y deben hacer abstracción de su estatus social, de su aspecto fenotípico, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de su género, de su ideología, de su religión o de cualquiera de las demás filiaciones o marcajes a las que se considera o se le considera adscrito, para tener en cuenta sólo sus virtudes morales, sus competencias comunicacionales y su capacidad de asumir decisiones colectivamente vinculantes.

En efecto, las bases del proyecto cultural de la modernidad, que el ciudadanismo reclama y apremia, se fundan no en la afirmación de las identidades particulares, ni tampoco en su negación, sino en su soslayo, es decir en la indeterminación de los individuos que constituyen la sociedad, puesto que quiénes son en la vida real –es decir al margen de la idílica esfera pública– es  irrelevante a la hora de concertar con quienes concurren los cauces por los que debe desarrollarse cada situación particular. En eso, y no en otra cosa, consiste la vida civil, es decir en vida de y entre conciudadanos que generan y controlan cooperativamente esa cierta verdad práctica que les permite estar juntos de manera ordenada. El ciudadanismo como ideología política actualiza entonces la noción hegeliana de civismo o civilidad como conjunto de prácticas individuales apropiadas en aras del bien colectivo, la labor que le permite al individuo liberarse de su propio interés.




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