dijous, 3 de setembre de 2015

Urbanismo y utopia: en pos de la ciudad celestial

Plano del Plan Cerdà, con el falansterio Icaria indicado en Poble Nou
Nota para María Gabriela Navas, doctoranda

URBANISMO Y UTOPÍA. EN POS DE LA CIUDAD CELESTIAL
Manuel Delgado

Es fundamental que se introduzca e introduzca incluso un capítulo entero al tema de la vinculación entre urbanismo y socialismo utópico en Barcelona. Primero puede buscar una introducción a lo que fue el socialismo utópico. Le recomiendo, por ejemplo, Los socialistas utópicos, de Isabel del Cabo (Ariel). Luego se me centra en la figura de Étienne Cabet y se lee su Viaje por Icaria (Orbis). Luego sigue la pista de lo cabetistas en Barcelona, se familiariza con figuras como Narcís Monturiol —el inventor del submarino, por cierto—, la publicación del semanario La Fraternidad, y se pone al corriente del establecimiento en Poble Nou, entonces parte de Sant Martí de Provensals, en 1846, de un puñado de cabetistas catalanes que fundan un falansterio al que llaman Icaria. No se olvide que el Plan Cerdà previó llamar Avenida Icaria la vía que llevaba de Barcelona al cementerio de Poble Nou, que no sé si recuerda.

Debe conocer y entender lo que significó el socialismo utópico para el urbanismo de Barcelona. Y no solo el urbanismo de Barcelona, sino el urbanismo mismo como disciplina. No olvide que "urbanismo" y "urbanistica" son conceptos que inventa el propio Cerdà para referirse a una nueva disciplina, cuyo objetivo es disciplinar la ciudad. Lea La teoria general de la urbanizacion de las ciudades de Cerdà.

Tire por ahí. No olvide que el urbanismo nace y existe como un dispositivo tanto ideológico como técnico-administrativo destinado a la reordenación de ciudades percibidas como inaceptables. Jane Jacobs caricaturizaba ese germen antiurbano del urbanismo en Muerte y vida de las grandes ciudades: "La gran ciudad era Megalópolis, Tiranópolis, Necrópolis: una monstruosidad, una tiranía, la muerte en vida. Tenía que desaparecer. El centro de Nueva York era un 'caos petrificado' (Mumford). La forma y apariencia de las capitales no era más que 'un caótico accidente […], suma de azares, extravagancias antagónicas de innumerables individuos soberbios y mal aconsejados' (Stein). El centro de las ciudades era un amasijo de 'ruidos, escándalo, mendigos, souvenirs y chillones anuncios compitiendo entre sí' (Bauer)." Esa representación de la ciudad como lugar de perdición y estridencias es congruente con la vocación utópica del urbanismo, puesto que todo proyecto utópico no existe contra el orden sino contra el desorden establecido y como respuesta ante la desestructuración generalizada de cualquier forma de vertebración social que caracteriza, según sus detractores, la vida metropolitana.

Todo urbanismo pugna por redimir la ciudad de una postración que se exhibe como resultado de algún tipo de pecado original que exige expiación. Para salvar a la ciudad de la maldad que cobija, el urbanismo pretende engendrar una ciudad perfecta, es decir una contra-ciudad, resultado de la aplicación despótica de una concepción metafísica de ciudad, empeñada en regular y codificar la madeja de realidades humanas que la vivifica. El objetivo: acabar con los esquemas paradójicos, inopinados y en filigrana de la ciudad, aplicar principios de reticularización y de vigilancia que pongan fin o atenúen la confusión a que siempre tiende la  sociedad urbana, percibida como un cuerpo que debía ser liberado de la maldad que anidaba en su seno. Es por sus templos que una ciudad obedece a sus propietarios.

Para los técnicos y especialistas las ciudades que se les llama a intervenir siempre se parecen de algún modo, por su inclinación tanto a la hibridación como a la desobediencia, a Babel, la ciudad que desatiende el mandato divino de euritmia y estabilidad y encarna un proyecto específicamente humano de organización social, es decir que se funda sobre una blasfema suplantación-exclusión de Dios. Babel forma parte de una saga de ciudades-ramera —Babilonia, Ninive, Enoc, Sodoma, Gomorra, Roma— que son representadas como espacios caóticos pero autoorganizados, saturados de signos flotantes, ilegibles, hipersocializados, recorridos constantemente y en todas direcciones por una multitud anónima y plural hasta el infinito, a veces iracunda, a veces invisible, magma turbulento y espontáneo de imposible lectura. Es el reverso en clave humana de la ciudad celestial, prístina y esplendorosa, comprensible, tranquila, lisa, ordenada, dividida en comarcas fáciles, pero no por ello accesibles. De ahí que el urbanismo asuma una misión que no deja de ser divina, puesto que es la que encomienda un dios que detesta la metrópolis real, infame y sacrílega, indiferente a las regulaciones e incapaz de regularidades, puesto que se nutre de lo mismo que la altera. Negación absoluta de la Ciudad de Dios  que tienen como modelo los gestores urbanos y de la que se consideran a sí mismos ungidos como brazo ejecutor.

Las tentativas de objetivización en el suelo de esa fantasía demiúrgica de ciudad plenamente proyectada son antiguas. De hecho, bien podríamos decir que acaso toda ciudad fue inicialmente concebida como proscenio en que se inscribía la voluntad de los dioses. El proyecto urbano, desde Babilonia, ha sido el de unidad positiva de lugares artificiales cerrados y exentos, dotados de una administración y una economía absolutamente planificadas, tenía la felicidad a cambio de obediencia. Platón reproduce este modelo de ciudad ideal en su República, una obra en la que se perfila el programa de un orden socio-espacial impecable. El uso desde Hippodamus y la reconstrucción de Mileto en el 494 aC de las formalizaciones aritméticas y de las representaciones inspiradas en la geometría constatan ese horizonte de diseñar las ciudades en base a una sistematización utópica. Esa ciudad presenta su equilibrio y su exactitud proporcional como un modelo a seguir por las relaciones societarias reales que deberán producirse en su seno, como si la lógica espacial idílica de los proyectadores debiera ser no sólo un escenario, sino también una pauta de conducta a seguir por la comunidad que había de habitarla. 

Tal horizonte urbano-arquitectónico nació de la necesidad, en un momento dado de la evolución de las ciudades griegas, de culminar un proceso de politización que garantizara el control estatal sobre las informalidades, las violencias y las extravagancias que emergían en  ellas, control que se hacía piedra en el templo que, en la acrópolis, debía imponer su presencia sobre el ágora. En efecto, el proyecto urbano platónico aparece bendecido por los dioses y para rubricarlo insta a ubicar los templos en emplazamientos elevados, como corresponde a su alta sacralidad.  Le recomiendo el libro de Jean Pierre Vernant, Los orígenes del pensamiento griego, Eudeba, Buenos Aires, 1965, en concreto el capítulo "La crisis de la ciudad. Los primeros sabios", pp. 54-64.






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