dilluns, 14 de setembre de 2015

Algo más sobre la naturaleza alucinada del urbanismo

Ilustración de Hiroshi Manabe
Consideraciones para María Gabriela Navas, doctoranda

ALGO MÁS SOBRE LA NATURALEZA ALUCINADA DEL URBANISMO
Manuel Delgado

Una última cosa sobre la relación entre utopismo y urbanismo, concretado en nuestro caso en el falansterio icariense en Poble Nou y Cerdà. Es cierto que el proyecto urbano no aparece en el mundo contemporáneo ya como mágico-religioso, sino más bien racional y práctico, fundamentado en conocimientos geométricos, matemáticos, técnicos, así como en principios jurídicos, políticos y éticos laicos, pero eso no debe ocultar que se está en todos los casos ante una teología y una teleología secularizadas, en nombre de las cuales el enclave cultural preside y domina el paisaje. El racionalismo de la Carta de Atenas y Le Corbusier encarnan ese talante alucinado de todo urbanismo, angustiado por las indisciplinas que una vez y otra alteran una imposible armonía del espacio,  obcecados también, a su manera, en "espiritualizarlo", es decir en  hacer de él ejemplo a seguir.

Para ello la sociedad urbanizada no puede ser sino una sociedad dócil, protegida de toda inestabilidad, a salvo de no importa qué excepción respecto de los mecanismos precisos que la hacen posible. Para ello vuelve a prever un lugar privilegiado para que un templo conjure en el interior ese mismo desorden y caos que las murallas —hoy invisibles y en forma de leyes— mantienen a raya en el exterior. Todo al servicio de la ciudad imposible con que sueñan los técnicos de la ciudad, un anagrama morfogenético que evoluciona sin traumas. Contra las densidades y los espesores, contra la sucesión interminable de acontecimientos, contra las dislocaciones generalizadas, contra los espasmos constantes, el ingeniero de ciudades levanta sus estrategias de domesticación y lo hace asegurándose que las nuevas divinidades civiles —entre ellas la Cultura, por ejemplo— ocupen el lugar preponderante.

Como le digo, el racionalismo de la Carta de Atenas y Le Corbusier y de todo el Movimiento Moderno en general encarnan y generalizan este mismo talante utopista de todo urbanismo, preocupado enfáticamente en la disolución de los esquemas enrevesados ​​de la práctica urbana y en el disciplinamiento del espacio. Hasta ahora, el grueso de la arquitectura y el urbanismo del siglo XX han continuado atravesados ​​por idéntico empeño en ejemplarizar moralmente mediante las manipulaciones del territorio y la forma urbanas, a veces de una forma tan explícita y cercana como la de Ricardo Bofill, que no dudó en bautizar una de sus obras más representativas con nombres como «Xanadú» -el complejo construido en Calpe en 1964- o «Walden 7», en Sant Just Desvern, en alusión a la visionaria utopía conductista-radical descrita por BK Skinner en su novela Walden Dos (1948). Una construcción esta última que en la Historia crítica de la arquitectura moderna de K. Frampton (Gustavo Gili) aparece calificada precisamente como una fotogénica y narcisista «utopía hedonista mediterránea». En junio de 1999, en la entrega del premio de la Real Academia Británica de Arquitectura, Oriol Bohigas reconoció que la Barcelona hiperproyectada que iniciaron los gobiernos socialistas a finales de los 70, y que incluye la Vila Olimpica, por supuesto, estaba movida por un impulso profético, básicamente porque «toda buena arquitectura no puede ser sino una profecía en lucha contra la actualidad» (El País, 4 de julio de 1999).


Créame, el urbanismo pretende ser ciencia y técnica, cuando no es sino discurso, y un discurso que querría funcionar a la manera de un ensalmo mágico que desaloje o domestique el diablo de lo urbano, es decir la incertidumbre de las acciones humanas, los imprevistos caóticos que siempre acechan, la insolencia de los descontentos. El urbanista se conduce como un agente divino que lucha contra ángeles caídos que se niegan a rendirse. Como el Yahvé bíblico, no genera mundos de la nada, sino que aplica todas sus fuerzas sobre lo que hay antes de su acción taumatúrgica: el Tehom de la Cábala, el océano abisal donde solo habitan monstruos que su pensamiento no puede pensar.


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