dimecres, 5 d’agost de 2015

Los comunistas y el futuro inminente



Mensaje a los y las camaradas de la Cèl·lula Ramon Casanellas de Comunistes.cat, con copia al camarada secretario general, Joan Josep Nuet, y al compañero diputado David Companyon.



LOS Y LAS COMUNISTAS Y EL FUTURO INMINENTE
Manuel Delgado

Que no quepa duda: van a pasar cosas y esas cosas van a tener trascendencia histórica. Todavía no sabemos en qué sentido, pero esos acontecimientos a los que nos acercamos van a cambiar de manera irreversible el paisaje politico —ojalá que también social— de nuestro país. Está a punto de llegar a un punto crítico un movimiento de emancipación nacional del que los y las comunistas hemos participado hasta hace poco de manera activa, pero respecto del cual estamos adoptando una posición ambigua que arriesga con dejarnos al margen e incluso convertirnos en obstáculo para la posibilidad de convertirlo en un formidable estímulo para la transformación social.

Es cierto que existe un intento por parte de la derecha catalana de convertir toda esa fuerza social puesta en marcha en un instrumento al servicio de la versión más corrupta y desaprensiva de las políticas neoliberales, pero no se puede negar que en buena medida el movimiento soberanista en Catalunya está alimentado de sentimientos populares que son el resultado de una conciencia histórica de maltrato y humillación nacionales y no de la manipulación perversa de un pueblo ignorante, como se ha querido mostrar.

En esas circunstancias tenemos los y las comunistas dos grandes opciones, sin casi alternativa intermedia. Una es evitar el secuestro por la derecha del movimiento soberanista y dotarlo de un sentido progresista, cuanto no revolucionario, lo que implica empujar en la misma dirección que lo está haciendo la CUP. La otra es rendirse ante la colonización del independentismo por parte de lo que Mas y CDC son y representan y darle la espalda a los hechos que han de venir o mantener en relación con estos una postura ininteligible. La primera de las opcioneses cierto que puede hacer de nosotros cooperadores involuntarios de un proyecto político que desguaza servicios públicos y niega derechos sociales, y además lo hace institucionalizando el latrocinio. La segunda, implica el riesgo cierto de acabar confundiéndonos no solo con otra variante del mismo capitalismo mafioso, sino con la profunda miseria de la monarquía borbónica y con lo peor y más negro de la reacción española.

La opción electoral con la que estamos comprometidos, Catalunya si que es pot, se encuentra en esa tesitura que la obliga a adoptar posturas claras, que neutralicen esa coincidencia de la derecha catalana y la española a la hora de mostrar su lista como contraria al derecho del pueblo catalán a decidir sobre su destino. En efecto, tanto el nacionalismo catalán como el español, que ya han asumido la naturaleza plebiscitaria de las elecciones del 27S, están insistiendo en contabilizar los votos que reciba Si que es pot como votos del NO. Es urgente y obligatorio desactivar esa flagrante falsificación.

En Si que es pot una mayoría de quienes la animan —incluyendo quien la encabeza, Lluis Rabell, un hombre honrado— participan de lo que la vieja tradición que nuestro partido histórico de referencia, el PSUC, concretó inmejorablemente al declararse y actuar como partido nacionalista y de clase, que entendía las vindicaciones nacionales y sociales como una misma cosa. Ello a pesar de que Si que es pot también cobija un sector españolista y otro que se reclama internacionalista, pero que en realidad encarna una suerte de cosmopolitismo de clase media que se caracteriza por su desprecio a "los nacionalismos" y que presume de su propia ignorancia a propósito de que todas las grandes luchas revolucionarias han sido también, siempre, patrióticas. Esa minoría seguro que va a poner objeciones a cualquier postura inequívoca en favor de una soberanía de la sociedad catalana ejercida sin permiso, pero su posición no puede condicionar algo que debería ser indiscutible: Si que es pot está por el derecho de autodeterminación de los pueblos, incluyendo el suyo. 

¿Qué convendría hacer para neutralizar esa deformación de la postura de Si que es pot que, tal y como quieren Mas y Rajoy, la colocaría y nos colocaría también a los y las comunistas, del lado del NO? De entrada, no faltar a ninguna de las movilizaciones que se convoquen en favor del derecho a decidir, entre ellas la del 11 de septiembre próximo, que depende de nosotros que tenga ese sentido y no se convierta en un acto electoral de Artur Mas. Que no quepa duda de que nuestra ausencia sería interpretada como oposición. Y, por supuesto, posturas públicas que dejen claro quiénes somos y qué queremos: un proceso constituyente en pos de una Republica catalana y, más tarde, una sociedad sin clases. Habrá un momento clave al respecto: el de la comparecencia pública de los representantes de la lista inmediatamente después de conocerse el resultado electoral. En ese momento debe producirse una proclamación nítida que desautorice cualquier suma del resultado obtenido al que haya conseguido el llamado bloque constitucional, es decir las fuerzas reaccionarias del nacionalismo español. 

Pensemos que podemos encontrarnos en una situación bien interesante en caso de que la lista de Junts pel si gane las elecciones, pero no consiga mayoría absoluta. Si se diera el caso, el desarrollo del proceso quedaría en manos en buena medida de las CUP, que no podrá hacerlo sino en unos términos que no nos serán ajenos y que tendremos motivos para apoyar, puesto que nos encontraremos en un terreno en que es el eje social el que acaba siendo estratégico. Nada nos impide imaginar un escenario en que la dinámica de los hechos le otorgue a la izquierda -CUP, Si que es pot y un sector importante de Juns pel si- un papel determinante. Hacer de lo que los separa —la manera de abordar la cuestión nacional— algo relativo y superable en nombre de de la unidad popular, puede ser fundamental. 

Por otra parte, no sabemos de qué naturaleza serán estos sucesos que están a punto de producirse, pero no podemos descartar nada, ni siquiera una reacción autoritaria de quienes hasta ahora solo han sabido amenazar. Tampoco hay que olvidar que el fascismo nunca se ha ido, que continua ahí y que puede volver a convertirse en cualquier momento en lo que nunca ha dejado de ser: brutal. En ese contexto nada imposible, la movilización social, incluso el recurso a la huelga general, no son impensables. Si se diera esa circunstancia, la izquierda revolucionaria catalana y en particular los y las comunistas no podremos evitar hacer lo que siempre hemos hecho: estar con la gente y hacerlo ya no por la libertad de Catalunya, sino por la libertad a secas, puesto que será la democracia lo que habrá sido agraviada. 

Curiosa paradoja la que se produciría entonces. Si ese escenario extremo se produjera —y puede producirse— veríamos correr a esconderse a muchos de los actuales entusiastas de la soberanía catalana, mientras que serían la militancia de la izquierda, hasta hacia bien poco acusada de botiflera, la que acabaría dando la cara por las libertades de Catalunya. Dando la cara y acaso perdiéndola, como ha acabado ocurriendo hasta ahora en cuanto la burguesía catalana ha podido demostrar su cobardía y su servilismo endémicos. 

En fin, que se acercan instantes decisivos en que nos corresponde la responsabilidad de ser audaces y atrevernos a estar a la altura de lo que pasará a nuestro alrededor. No podemos permitirnos ser pusilánimes, porque la historia promete arrollarnos y dejarnos en la cuneta. Tenemos una tarea a la que no podemos renunciar, que es la de ser leales a quienes fuimos y todavía somos y la de, si es preciso, regresar a nuestro sitio, donde siempre, en la calle y con las masas, es decir con la fracción en marcha de las clases populares. 



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