diumenge, 31 de maig de 2015

La hipervisibilización de las mujeres en el espacio urbano

Lesser Ury “Escena de calle berlinesa”, pintado en 1889
Mensaje para la doctoranda Fátima Carcedo

SOBRE LA HIPERVISIBILIZACIÓN EN EL ESPACIO URBANO
Manuel Delgado

El tema que plantea es apasionante y la animo a trabajar en él, y "trabajar" para nosotros sólo puede querer decir hacer observaciones de campo que corroboren y formalicen lo que por otra parte es una evidencia, que es el espacio público ve constantemente desmentida sus pretensiones igualitaristas y que tiene en el campo del género un ejemplo escandoloso de ello. Su asunto debe ser ése: cómo las relaciones en público están marcadas por una asimetría estructural y estructurante que perjudica, entre otros sectores, a las mujeres y que ciertas actitudes, como las miradas groseras y descaradas, pueden ser consideradas el grado cero, la forma más elemental de la llamada hoy “violencia de género”.

De entrada, recupere los materiales teóricos básicos que ya le sirvieron para su tesis en ese ámbito. Reflexiones sobre cómo no es nada casual que algunas de las voces fundamentales para entender qué significaba la experiencia de la calle procedieron no en vano de mujeres: Hanna Arendt, Virginia Wolf, Simone de Beauvoir, Jane Jacobs... Luego, repase algunos trabajos de referencia: toda la obra de Teresa del Valle, sobre todo Andamios para una nueva ciudad (Cátedra); L. McDowell, Género, identidad y lugar (Cátedra), desde la geografía humana, o María Ángeles Durán, La ciudad compartida. Conocimiento, afecto y uso, (Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España). Luego, el paso siguiente es el tema de la seguridad. Repase H. Morell, «Seguridad de las mujeres en la ciudad», en C. Booth, J. Darke y S. Yeandle, coords., La vida de las mujeres en las ciudades (Narcea).

Pero entonces vamos a lo que nos interesa. El tema de las miradas masculinas sobre la mujer en espacios públicos. Eso implica tener bien presente la premisa que el espacio público es un espacio de y para la aparición, una sociedad óptica, es decir sociedad de percepciones inmediatas, de miradas y seres mirados, una sociedad de cuerpos y miradas. Piense que su trabajo de campo debería consistir en buena medida en mirar miradas, es decir atender formas de dominación masculina cuyo soporte es la mirada. Hay una escena en Fake, de Orson Welles que expresa ese mismo tipo de objeto. Es aquella en la que vemos a varones mirar de formas más bien poco disimuladas y dirigidas, entre la burla y la amenaza, de hombres a mujeres en la calle. A ver si se la encuentro.

Eso pasa por releerse La conciencia del ojo, de Richard Sennett (Vísor). Luego, otros trabajos que seguro que conoce pero que debo quedarme tranquilo sobre su presencia en esa fase de compilación teórica. Me refiero a los trabajos de Isaac Joseph. Le adjunto en pdf la versión colombiana de su Repensar la ciudad (Universidad Nacional de Colombia). Verá que hay abundantes alusiones al tema del papel del ojo en la vida social en contextos públicos. Luego, dos artículos que también le mando en pdf y que me parecen importantes en esa dirección: Cf. Georges Chelkoff y Jean-Paul Thibaud. “L'espace public, modes sensibles. Le regard sur la ville”. Les Annales de la Recherche Urbaine, 57-58 (1992): 6-15, y Louis. Quéré y Daniel Brezger, “L'étrangeté mutuelle des passants”. Les Annales de la Recherche Urbaine, 57-58 (1992), pp. 89-100.

El paso posterior consiste en reconocer cómo la perspectiva de género cuestiona, cuando no disuelve, muchas de las certezas a las que, en cualquier disciplina o campo temático, los enfoques convencionales creen haber llegado. En concreto, y como en tantos otros ámbitos, tampoco la mayoría de teóricos de la vida cotidiana en las sociedades occidentales contemporáneas han considerado o se han atrevido a tener en cuenta el papel estratégico que juegan los determinantes de género en las relaciones en público. Es cierto que uno de sus grandes precursores, Es cierto que Erving Goffman atendió la ritualización de la femineidad y fue consciente desde el principio de la extraordinaria importancia de la aparición de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, pero la mayoría de interaccionistas,etnometodólogos y etnógrafos de la comunicación no le han asignado a la variable genérica un lugar relevante en sus análisis. Es cierto que gran parte de la aportación de estas corrientes ha consistido en resaltar el debilitamiento de los constreñimientos socio-estructurales que se produce en los contextos situacionales, la apertura que en ellos se da a las virtudes liberadoras del azar y la afirmación que implican de la capacidad de los seres humanos para definir y redefinir los momentos que viven. Se olvidaron, no obstante, de reconocer cómo los avatares de la vida pública tienen un significado y unas consecuencias sociales absolutamente distintas para los hombres y para las mujeres. Véanse las referencias que Goffman hace a la obra, distribuidas a lo largo de La presentación de la persona en la vida cotidiana (Amorrortu) , así como, más en concreto, el eco que el máximo exponente de la microsociología se hace de los pioneros trabajos de Mirra Komarovski –mira a ver qué encuentra de ella- sobre el reflejo en el plano de la interacción de los nuevos roles sexuales y las contradicciones culturales de ellos derivados. Sobre el lugar del género en la sociología de Goffman, vista desde la crítica feminista, me remito a C. West, «Goffman in feminist perspective», Sociological Perspectives, 39/3 (1971), pp. 353-369.

No se ha reconocido en la desigualdad entre los sexos un factor insoslayable en la génesis sexuada y sexuante de la moderna noción de espacio público, ni se ha puesto el acento en la desventaja de partida que afecta a las mujeres –así como a otros seres humanos inferiorizados–, que les impide ejercer requisitos fundamentales para un concurrencia pública basada en la confianza mútua, la autonomía y la seguridad. Repase el libro que le acabo de prestar, el de J. Coutras, Crise urbaine et especes sexués (Armand Colin).

Ese marcaje espacial de las mujeres se traduce igualmente en un escamoteo del derecho a disfrutar de las ventajas del anonimato y la individuación que deberían presidir las relaciones entre desconocidos en espacios públicos. La naturaleza neutral y mixta del espacio público es, no nos engañemos, mucho más una declaración de principios que una realidad palpable, como también lo es la promiscuidad relacional que se supone que en él rige. Paradójicamente, si se quiere, en la calle esa misma mujer que vemos invisibilizada como sujeto social sufre una hipervisibilización como objeto de la atención ajena. Las mujeres –o ciertas mujeres consideradas codiciables por los hombres– son constantemente víctimas de agresiones sexuales expresadas en sus niveles más elementales –el asalto con la mirada, la interpelación grosera bajo la forma de piropo. En la calle, más que en otros sitios, las mujeres pueden descubrir hasta qué punto es cierto lo que aprecia Pierre Bourdieu de que en La dominación masculina (Anagrama) son seres ante todo percibidos, puesto que existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás lo que cabe colocar en la misma base de la inseguridad a que se las condena.




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