dimecres, 22 d’abril de 2015

Tatuajes urbanos

Arte mural en Barcelona. La foto es de Justine Kibler
Comentario para Anja Kodrun, estudiante eslovena investigando en Barcelona sobre grafitis y grafiteros.

En cuanto al marco teórico, creo que deberías reconocer esta forma de arte mural como parte de una lógica que comprende y participa de la ciudad como toda ella ya hipercodificada. A la saturación de signos provistos por las instituciones y por el mercado, el grafitero le opone una rebeldía que es del mismo orden semántico pero que lo retuerce o lo lleva a la irrisión. A una ciudad a la que se quisiera ver convertida y recibida como discurso, un discurso que esa especie de maquis desbarata con su rotulación alternativa la pretensión de  los poderosos de dominar el territorio urbano a base de la imposición despótica de los rótulos comerciales, la cartelería política o la señalética administrativa. Y lo hace, además, con signos que se niegan a significar y que, como señalaba Jean Baudrillard, encuentran en su vacío su valor como sedición. Esto lo tienes en un artículo que en español se titulo "Kool Killer o la insurrección del signo", de 1976, que aquí se incluyó en El intercambio simbólico y la muerte, (Monte Avila).

Te adjunto más cosas que tengo sobre el asunto. No tengo en pdf y deberias buscar en la biblioteca un trabajo clásico sobre la historia del grafiti a partir de sus inicios en Estados Unidos, que es el Craig Castleman, Getting Up. Hacerse ver. El grafiti metropolitano en Nueva York; lo acaba de sacar en castellano Capitán Swing. Otro autor de referencia es Alain Milon. Te adjunto un articulo, pero no he podido encontrar su  L’étranger dans la ville : du rap au graff mural (PUF).

Lo que es interesante es cómo aquí, y en muchos otros sitios, las autoridades acosan a quienes presentan como gamberros, cultivadores de una especie de insubordinación sígnica en que la retórica gráfica es el arma con la que estropea la imagen de una ciudad sometida a proyectos de estetización generalizada. Aunque lo que te deciamos es que habría que hacer notar que lo que estos jóvenes hacen no es contradecir la preocupación embellecedora de quienes administran nuestras ciudades y las ponen en venta, sino al contrario, lo llevan a sus últimas consecuencias, aunque con criterios ciertamente disidentes. Te lo subrayamos: las lógicas oficiales se plasman en un modelo que podríamos llamar modelo maquillaje, mientras que este mismo dispositivo de cartografiado simbólico-estético toma para los activistas gráficos la forma más expeditiva e irreversible de este mismo principio maquillador, es decir, el modelo tatuaje.

Pero lo grafiteros no contradicen la voluntad cosmética de nuestros creativos municipales, sino al contrario, toda su actividad consiste precisamente en obedecer las consignas oficiales y entregarse con absoluto entusiasmo a embellecer las ciudades..., aunque sea ​​a su manera. De ahí esa relación ambigua de las autoridades con estas pigmentaciones urbanas: por una parte pueden ponerlas en valor y elevarlas a la categoría de artísticas, incluso institucionalizarlas incorporándolas a los circuitos museales, patrocinándolas mediante subvenciones públicas, dedicándoles espacios privilegiados. Un caso bien representativo sería el de Lisboa, cuyas autoridades contrataron a grafiteros para que decorasen muros y paredes medianeras del Barrio Alto, como contribución al combate contra la degradación de la zona. En 2014 existían varias ciudades europeas que habían captado artistas grafiteros para su embellecimiento oficial: Colonia, Bristol, Granada, Milán, Tesalónica, Linz, Rotterdam, Gante, Oporto.

Ahora bien, al mismo tiempo pueden perseguir esas mismas producciones creativas en cuanto escapan de su monitorización y darles trato legal como auténticos crímenes, lo que los códigos penales tipifican como "deterioro del mobiliario urbano". Por su parte, los grafiteros pueden bascular entre la tentación de un reconocimiento que puede permitirles pensar en una cierta profesionalización artística en algunos casos, y una suerte de obligación que les emplaza a tender sus inscripciones como actos de resistencia. 

Este es el asunto central. La orientación hegemónica en el tratamiento estético de las ciudades consiste en no dejar vacios en manos de la ambigüedad o la indeterminación,  fijación por dotar de significado todo, entendiendo la ciudad como un sistema referencial coherente y lógico que debe explicitar al máximo los elementos gramaticales que hacen posible su inteligibilidad en un determinado sentido. Para ello, los técnicos en ciudad se cuidan de establecer una infraestructura hecha de signos, que busca estimular determinados sentimientos de identificación y facilitar el desenturbiamiento cognitivo de la urdimbre metropolitana en favor de un determinado imaginario que se pretende que sea compartido. Pero esa preocupación por la producción significante sufre la irreverencia de quienes se sienten con derecho a hacer del espacio urbano un espejo que refleje un determinado universo simbólico distinto y disidente del oficial. Situados en polos antagónicos, las autoridades y las culturas juveniles insumisas se pelean para ocupar significadoramente un mismo terreno donde cada uno de ellos procura imponer sus marcas, y al mismo tiempo, borra o cubre las del contrario. Pero también puede pactar treguas e incluso extrañas alianzas. Ese sería tu tema.  



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