diumenge, 25 de gener de 2015

"Perdón, ¿sabe alguien por ahí qué es una secta?"

Foto de Virqan Arg
Articulo publicado en El Periódico de Catalunya, el 19 de agosto de 1990

PERDÓN, ¿SABE ALGUIEN POR AHÍ QUÉ ES UNA SECTA?
Manuel Delgado

Conforme. ¿Duro con ellas! Acabemos de una vez por todas con las sectas y sus abyectos planes. Pero, por favor, que antes alguien nos explique bien qué es una secta, porque luego pasa lo que pasa. Como no hace mucho, cuando una encuesta demostró que de las tres sectas más conocidas por los jóvenes, dos no eran sectas. Una, los Testigos de Jehová, está dedicada a difundir el mensaje de Cristo, y la otra, el Opus Dei, es una simpática y entrañable asociación benéfico-recreativa vinculada a las más altas instancias de la Iglesia católica.

Porque, vamos a ver, si me dicen que una secta es una organización cerrada, en la que sus miembros se integran por completo, renunciando a sus bienes, a la vida social, a su independencia y a su intimidad, no sé si me hablan de Ceis, de Hare Krhisna o de los jesuitas o de cualquier otra orden religiosa. Algo parecido pasa con prácticas dañinas atribuidas a las sectas –proselitismo, obediencia a un líder infalible, etcétera- que son encontrables en muchas instituciones religiosas respetables. Dicho de otra forma, entre lo que es una secta y lo que es una iglesia nadie es capaz de ofrecer una distinción clara que no sea la del grado de proximidad al poder social o político que detenten.

Alguien me aclara que las sectas tienen especial interés .y eso es lo que las hace más perniciosas- en destrozar familias. Aunque, la verdad, eso no las apartaría demasiado del discurso evangélico. Tómese a Mt. 10 34 o a Lc. 12 51: “He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra” ; o a Mt 10 37 y Lc. 14 26: “Si alguien viene donde mí y no odia a su padre y a su madre, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas…, no puede ser discípulo mío”. Lo cierto es que hay un montón de religiones que obligan a sus oficiantes a abandonar a los suyos para entregarse por completo al apostolado. Algunas son tan radicales que incluso les prohíben casarse y tener hijos. Además, en vez de rescatar a quienes se han apartado de su hogar tener la buena idea de liberar a los que lo han hecho a la fuerza. Búsquese en cuarteles, cárceles, asilos, hospitales, manicomios, etcétera y se dará enseguida con un buen número de ellos.

“Lo que pasa es que crean adicción psicológica para sacer el dinero a los adeptos”. Ya entiendo. Les pasa lo que a mucha gente, que no pueden dar un paso sin acudir a su psicoanalista o su echadora de cartas. Por lo demás, hay muchas modalidades de terapia de grupo y no se ve por qué la de los sectarios es peor que la de los estudiosos de los ovnis o la de los defensores de los animales. En el actual mercado de sentidos de la vida cada cual escoge la oferta que mejor le sienta.

Luego llegamos a la cosa sexual. A mí, lo que se imputa a las sectas me recuerda lo del amor libre y la vida en comuna de los hippies de los 60 y 70. ¿Será la represión contra las sectas un síntoma más de la ola de puritanismo que, como tantas cosas made in USA, ha acabado por impregnar a nuestras autoridades? “¿Ah! –se dirá- ¿Pero es que pervierten hasta a los niños!”. Es verdad. Los Niños de Dios tenían manuales que enseñaban a masturbarse a los pequeños –qué tontos deben ser los niños de la secta-, pero para perversión-perversión, Oliver. ¿A que sí?

Luego está la cuestión del lavado de cerebro de los adeptos. ¿Cómo si los que estamos fuera no estuviéramos tan programados como ellos! Por cierto, ¿se acuerdan ustedes de la campaña televisiva que tanto contribuyó a que tomáramos libremente la decisión –que pronto tendremos oportunidad de celebrar- de permanecer en la OTAN? ¿Aquello sí que fue control de las mentes!

Y ya que estamos en el asunto… Traigan a su mente las imágenes que la otra noche nos brindaba la televisión, con los adeptos del vidente Ángel Muñoz tirando tejas a los centenares de personas que asediaban su iglesia en Benaguasil. Seguro que los interesados por la historia contemporánea española y a los viejos del lugar les suenan algo. ¿Alguien ha caído en la cuenta de que las acusaciones contra las sectas –avaricia, mala fe, falsas doctrinas, fanatismo, lujuria, corrupción de menores, etcétera- son idénticas no ya sólo a las que la inquisición formulaba para perseguir a judíos, herejes, brujas, etcétera, sino también a las que los anticlericales de todos los tiempos –de los milenaristas del siglo XI a nuestros anarquistas, pasando por protestantes, ilustrados, liberales, socialistas, masones… -llevan siglos dedicándole a la propia Iglesia católica?

Cuando las muchedumbres europeas –en España mismo, hasta 1936- asaltaban los conventos de monjas, creían ir a liberar mujeres secuestradas –como narra Pérez Galdón en Electra- y se desenterraban las momias de religiosas en busca de evidencias de que aquello no eran más que cuevas del sado y burdeles encubiertos. Del mismo modo que los confesionarios eran mostrados como nidos de depravación –léase El cura de Monleón, de Pio Baroja- y los colegios de curas como lugares donde se pervertía sexualmente a la infancia, como ocurría en AMDG, de Pérez de Ayala, o El patio de los frailes, de Azaña. ¿Curioso, verdad?


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