diumenge, 24 d’abril de 2016

Cómo acabar de una vez por todas con las sectas

Imagen del episodio "La alegría de la secta", de "Los Simpson",
en que la familia es "captada" por la secta de los movimientatios





Artículo publicado en El Periódico de Catalunya el 29/5/1992

CÓMO ACABAR DE UNA VEZ  POR TODAS CON LAS SECTAS
Manuel Delgado

Merece la pena reflexionar en torno a la reciente sentencia de la Audiencia de Barcelona con respecto al asunto de la supuesta secta Niños de Dios, sobre todo por lo que tiene de auténtica bofetada al entusiasmo antisectario del Departament de Governació de la Generalitat. El caso, como se sabe presentaba una variante interesante, por cuánto la actuación de los Mossos d’Esquadra había consistido precisamente en hacer lo que se supone que hacen las sectas destructivas, es decir, separar a los hijos de sus familias para someterles, tal y como recoge la sentencia a una fuerte presión psicológica ajena. El redactado de la resolución de Fernández Oubiña –de cuya lucidez todo el mundo aplaudió en su día la decisión de equiparar la violación masculina a la femenina-, viene a ridiculizar los argumentos empleados hasta ahora en la persecución de las sectas y lo hace empleando argumentos que destilan una remarcable erudición histórica.

Detengámonos, por atender sólo un aspecto de los abordables, en la comparación entre lo que se presentaba como una educación perversizante de los niños en lo que ahora ha quedado sentado era una comunidad religiosa y la que puede recibirse en cualquier centro confesional de enseñanza. En efecto, pocos temas más recurrentes en el pensamiento liberal y progresista español que el de la condición depravadora que para la infancia tenía la educación en colegios de curas o de monjas. Basta con echar un vistazo a El jardín de los frailes, de Manuel Azaña, o a AMDG, de Pérez de Ayala, para calibrar la omnipresencia de tal denuncia en la literatura.

Estas imputaciones de corrupción de menores habían tenido también su reflejo en procesos famosísimos en su momento. A finales del siglo XIX fue célebre el caso Ana Llompart, una niña de 15 años supuestamente secuestrada por las ursulinas, una causa que inspiró a Pérez Galdós su conocido drama Electra. En Francia había existido antes otro juicio idéntico, que constituyo uno de los mayores escándalos del momento: el affaire Mortara, que sirviera a los liberales franceses para denunciar el desprecio de la iglesia por los derechos de la familia y que dio pie a libelos enormemente divulgados en la época, como el de Jacobus Los robos de niños, impostura moral del catolicismo.

El tema es complejo y, en todo caso, habrá que esperar que investigadores como Joan Prat, de la Universidad de Tarragona, hagan públicos los resultados de su trabajo al respecto. Mientras tanto, esta sentencia debería dar que pensar acerca de lo acertado o no de la manera como se está abordando el combate contra los efectos tenidos por perniciosos de las sectas. Para que esa lucha sea verdaderamente eficaz se hace urgente algo más que actuaciones tan espectaculares como estériles. ¿Qué es lo que se debería hacer para acabar de una vez por todas con la lacra de las sectas? He aquí algunas sugerencias.

En primer lugar se deberían derogar todos los artículos de la Constitución en que se consagra la libertad de asociación y de culto. Después, los legisladores habrían de proceder a una clarificación semántica definitiva que permitiera distinguir por fin adepto de fiel o militante y proselitismo  de apostolado. Eso se traduciría en una ley especial, para la que se podría aprovechar el modelo de la Represión de la Masonería de 1940. Por descontado que sería indispensable definir con claridad qué hay que entender por secta destructiva. Se necesita una definición contundente, pero capaz también –si ello es posible- no sólo de no eliminar de un plumazo todas las minorías religiosas habidas y por haber, sino también de no dejar fuera de la ley asociaciones confesionales que practican el control duro de sus miembros, como el Opus, los jesuitas o cualquier orden conventual. Ni que prohibiera modalidades de tratamiento psicológico en las que se producen con frecuencia relaciones de dependencia del enfermo hacia el terapeuta, lo que llevaría a cerrarle todos los consultorios a los psicoanalistas. Ni que afectara a asociaciones en las que niños y jóvenes son adoctrinados y encuadrados paramilitarmente –uniformes, grados, adiestramiento en supervivencia- y en las que se practican ritos iniciáticos secretos, como el movimiento escultista, los boy-scouts.

Sería de igual modo indispensable crear grupos especializados en la policía, suficientemente entrenados en este dominio de las creencias falsas y malvadas y que evitasen –cosa difícil- constituirse en algo así como un Grupo Antiherejes; así como tribunales igualmente especiales, con el inconveniente de que inevitablemente –tal y como anticipa el veredicto de la Audiencia- recordarían las andanzas del Santo Oficio.

Y, por supuesto, también habría que aclarar qué cargos deben serles imputados a los líderes sectarios. Desde luego, lo que no sirven son engendros tan etéreos e impresentables como la acusación de “daño psicológico”. Si el “daño psicológico” fuera un delito las personas causantes de desengaños amorosos deberían ser detenidas automáticamente, un buen número de espacios televisivos expulsados de la programación, y las oposiciones a funcionario, suprimidas para siempre.


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