diumenge, 26 de juny de 2016

El urbanismo contra la Gran Ramera

Ilistración de Lp Crestià, de Francesc d'Eiximenis
Consideraciones para Paula Vallejo, doctoranda de la UB

EL URBANISMO CONTRA LA GRAN RAMERA
Manuel Delgado

Te prometí hacerte un comentario sobre la relación entre urbanismo como disciplina profética. Te mencionaba la película a la que siempre me remito para hablar del tema, Devil's Advocate (1997), en la que Al Pacino encarna a Satanás, al que vemos en acción en dos contextos diferentes. Por un parte, como amo y señor de las calles, hablando con vendedores ambulantes y con pasajeros del metro de aspecto patibulario como si les conociera y en su propia lengua. Pero también se nos muestra como empresario inmobiliario, en su despacho, en el ático de un rascacielos del barrio financiero, desde el que, literalmente, se domina la ciudad.

La película trata un tema abundantemente trabajado en el cine, que es el del advenimiento del enemigo absoluto de Cristo, el Anticristo, tal y como se profetiza en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, donde Pablo advierte de la presencia del Adversario que iniciará los tiempos de la Gran Tribulación, al final de los cuales se acabará imponiendo la Marca de la Bestia, el 666. En lo que quiero que te fijes en cómo ese advenimiento se produce en una ciudad, Nueva York, como ocurre en otra película sobre el mismo tema, Rosemary's Babe's, la de Polanski. Aún más explicito ese escenario urbano del nacimiento del Mal en el El Día de la Bestia, la película de Álex de la Iglesia (1995), con el jesuita protagonista recorriendo las calles nocturnas de Madrid, donde todo son premociones del inminente nacimiento del Anticristo. Se trata de ilustraciones de la concepción de la vida urbana  —lo urbano— como abominación. O la Barcelona distópica de Fausto 5.0, la obra teatral y luego película de La Fura dels Baus (2001), en que Mefistófeles tienta encarnado en un taxista que conoce el lado más fangoso de la vida urbana.

De lo que te llamo la atención es sobre la persistencia de esa imagen de las ciudades como albergue del Maligno. Se multiplicarían los ejemplos de esa representación de lo que Oswald Spengler llamaba "demoniaco desierto de adoquines". La calle es, si te fijas, percibida y representada una y otra vez como espacio sin Dios, agudización de la caída del hombre y la corrupción de la naturaleza, a las antípodas de todo cuanto hubiera podido antojarse trascendente, a merced de todo tipo de peligros morales, teatro para el delirio de una vida cotidiana sin sentido, habitado tan sólo por sonámbulos sin alma.

Es por ello que a los técnicos y especialistas las ciudades que se les llama a intervenir siempre se parecen de algún modo, por su inclinación tanto a la hibridación como a la desobediencia, a Babel, la ciudad que desatiende el mandato divino de euritmia y estabilidad y encarna un proyecto específicamente humano de organización social, es decir que se funda sobre una blasfema suplantación-exclusión de Dios. Babel forma parte de una saga de ciudades-ramera —Babilonia, Ninive, Enoc, Sodoma, Gomorra, Roma— que son representadas como espacios caóticos, saturados de signos flotantes, ilegibles, hipersocializados, recorridos constantemente y en todas direcciones por una multitud anónima y plural hasta el infinito, a veces iracunda, a veces invisible, magma turbulento y espontáneo de imposible lectura. La imagen de Los Ángele en Blade Runner o de Nueva York en Taxi Driver serían ilustraciones de esa imagen.

Esa no es otra que la Gran Ramera de la que habla el Libro del Apocalipsis, en su capitulo 17, contra la que se libra la batalla final de Armageddon, . Te lo he copiado. Léelo, por favor. Y piensa que el famoso poema de José Martí se refiere a ella cuando habla de Ciudad Grande. Es "la Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra". Al final del capítulo, en el versículo 18, se concluye qué y quién es La Gran Ramera: "Y la mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que tiene la soberanía sobre los reyes de la tierra".

Esa ciudad real, la ciudad urbana, es el reverso en clave humana de la ciudad celestial, prístina y esplendorosa, comprensible, tranquila, lisa, ordenada, dividida en comarcas fáciles. La Jerusalén prometida en la profecía escatológica: "Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra y el mar ya no existía. Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén" (Apocalipsis, 21).

Quién formalizó de manera concreta el asunto del que te hablaba en el correo anterior —el de la derrota de la Ramera, la batalla final, el Segundo Adviento y la instauración de la Nueva Jerusalén es, a finales del siglo XII, fue Joachim de Fiore, que formula un sistema profético completo y complejo cuya influencia es extraordinaria llega hasta nuestros días. Pero lo que interesa es una de sus interpretaciones, que es la de Francesc d'Eiximenis que, en el siglo XIV, concreta el cumplimiento de la Tercera Edad joaquinita —la Edad del Espiritu Santo, que se corresponde con los Mil Años del Reino de Cristo— como una ciudad, es decir que desarrolla espacialmente la promesa de la Jerusalén Celestial, es decir la Utopia, como utopía urbana.

Es de ahí que se inicia toda el utopismo de la tradición cristiana occidental, cuyas plasmaciones han sido visualizadas siempre como una ciudad. Del precedente platónico ya te hablaré en otro momento. La utopía es, a partir de Eiximenis, en esencia un modelo topográfico, modelo que se fundamenta en la inspiración celestial de una estructura espacial y constructiva organizada de manera lógica, como concreción de la promesa bíblica de la Ciudad Ideal. Más adelante, ese modelo fue durante el Renacimiento de ciudades imaginadas por Alberti, Filarete o Francesco di Giorgio, que implicaban idéntica proyección urbanística de perfección socioespacial, una morfología hecha de círculos y polígonos perfectos, de volúmenes simétricos y de repeticiones, que pretenden inspirar idéntica regularidad en las relaciones políticas y sociales reales. Hay ciudades-modelo menos conocidas en el siglo XVI, como las de Patrizi de Cherso, Francesco Pucci, Agostini de Pesaro y Ludovico Zuccolo

Casi siempre encontramos en medio de esa ciudad perfecta un volumen arquitectónico que remite a las fuentes trascendentes de la armonía social obtenida y expresa una síntesis en piedra de los valores trascendentes en que se funda. En el centro de Bensalem, la capital de la Nueva Atlántida de Bacon, la Casa de Salomón; también en el centro del anillo más interno de la Civita Solis de Campanella, la residencia del sacerdote supremo, de forma circular, seis veces mayor que la catedral de Florencia, el mismo referente que adopta el templo que describe Anton Francesco Doni en el núcleo de la ciudad radiante de su Mundo sabio y loco, que aloja cien sacerdotes y cuya cúpula sobrepasaría cuatro o cinco veces la de Santa Maria di Fiore.

A las ciudades ideales católicas le seguirá la reformada, la Cristianópolis del pietista Johann Valentin Andreae, en el siglo XVII. En todos los casos, la ortogonización del espacio se convierte en ortogonización de la sociedad que hace uso de ella. Tanto el utopismo ilustrado del XVIII  —Morelly, Babeuf—, como el socialismo utópico del XIX —Owen, Fourier, Cabet, Saint-Simon; incluso la menos autoritaria de Bellamy— vuelven a insistir en torno a la misma idea de congruencia urbana que, como es sabido, inspirará proyectos como el barcelonés de Ildefons Cerdà,  no en vano inventor del concepto de urbanismo para nombrar la ciencia de la ciudad planificada. En el centro del falansterio, el templo, no por casualidad al lado mismo de la torre de vigilancia.

Es cierto que el proyecto urbano no aparece en el mundo contemporáneo ya como mágico-religioso, sino más bien racional y práctico, fundamentado en conocimientos geométricos, matemáticos, técnicos, así como en principios jurídicos, políticos y éticos laicos, pero eso no debe ocultar que se está en todos los casos ante una teología y una teleología secularizadas. El racionalismo de la Carta de Atenas y Le Corbusier encarna ese talante alucinado de todo urbanismo, angustiado por las indisciplinas que una vez y otra alteran una imposible armonía del espacio.

La vigencia de ese espíritu demiúrgico, que convierte al arquitecto y el urbanista lo tienes bien cerca: Barcelona quiso ser ese sueño de ciudad perfecta. En junio de 1999, en la entrega del premio de la Real Academia Británica de Arquitectura, Oriol Bohigas reconoció que la Barcelona hiperproyectada que iniciaron los gobiernos municipales a finales de los 70 estaba movida por un impulso profético, básicamente porque «toda buena arquitectura no puede ser sino una profecía en lucha contra la actualidad» (El País, 4 de julio de 1999).


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