diumenge, 14 de desembre de 2014

La nueva izquierda contra las masas

La foto es de Andreas Gursky
Apuntes de la clase de Antropologia de los Espacios Urbanos, 27/11/14 (2)

El auge de los autoritarismos en la década de los años 30 del siglo XX, de la que hablamos en la primera parte de la clase, va a suponer un punto de inflexión en la consideración teórica de las masas desde la izquierda, en buena medida gracias al contacto entre psicoanálisis y marxismo, es decir entre dos perspectivas antepuestas e irreconciliables acerca de las muchedumbres activas en las ciudades del mundo industrializado, de un lado la de Freud, deudora de Le Bon y los teóricos reaccionarios en su línea; del otro, la confianza de Marx, Engels y Lenin en la genialidad natural de las masas. De corresponder a quienes desde una posición u otra recelan y temen su potencial revolucionario, pasa a convertirse, frente al terrible espectáculo del apoyo popular a los grandes movimientos totalitarios, en denuncia de la facilidad con que caen en manos de demagogos enloquecidos. La izquierda freudiana que encarnan Paul Federn, Erich Fromm o Wilhem Reich señala que la regresión afectiva, intelectual y moral que experimentan los individuos subsumidos en una masa conduce no a la revolución, sino al fanatismo, como si los acontecimientos que preparan la segunda guerra mundial fueran la confirmación del símil que los teóricos de la psicología de masas habían tantas veces propuesto entre los estados de fervor colectivo y la hipnosis.

Porque en eso consistió el auge del estalinismo, del fascismo o del nazismo según su interpretación en clave psicoanalítica: en un colosal mecanismo de sugestión a través del cual líderes carismáticos perversos habían conseguido secuestrar la conciencia y la voluntad de la gente hasta convertirla en una horda de títeres sanguinarios, capitalizando en su favor la ansiedad provocada por una economía sexual restrictiva. A partir de ese momento, no sólo todos los ensayos de confluencia entre psicoanálisis y marxismo asumirán postulados en relación con el asunto de las multitudes que hasta bien entrado el siglo XX habían sido exclusivos del pensamiento burgués-reformista o conservador, sino que tan asunción acabará impregnado el grueso de la Escuela de Frankfort, que incorporará a la crítica a las masas elementos de la teoría de la alienación de Marx y Engels, relativa a los factores que, propiciados por la explotación capitalista, obstaculizan la realización de las mejores cualidades humanas.

Es ese el marco en que empiezan a circular producciones teóricas que alcanzarán una notable popularidad e influencia en los Estados Unidos en la década de los 50, como el estudio dirigido por Theodor Adorno y publicado con el título de La personalidad autoritaria (Akal), un concepto deudor del "carácter autoritario" al que antes se habían referido Reich y Fromm. Tal sensibilidad hacia los condicionantes psicológicos del cambio de bando de las masas, propia del psicoanálisis suavemente marxista y de los autores frankfurterianos fue asumida por la intelectualidad liberal estadounidense, en un clima al que no es ajena la aportación de Hannah Arendt sobre la distinción pueblo-populacho a propósito del Estado totalitario y la complicidad que en su constitución y mantenimiento encuentra este en las masas, concebidas de manera paradójica como la consecuencia de una sociedad sin clases. Esto lo tenéis en un libro bien conocido, publicado en 1958, que es  Los orígenes del totalitarismo (Taurus). En la mejor línea reaccionaria de Gustave Le Bon –a quien dedica un encendido elogio–, Arendt ve la masas como una entidad amorfa, ajena o contraria a toda estructuración o jerarquía organizativa, impulsada por instintos "más allá del control del individuo y, por ello, más allá de la razón", sin ideales, sin intereses, estúpida, y por tanto maleable desde la demagogia, en todo momento predispuesta para que en su seno se generen bandas violentas e irracionales, que Arendt llama mob, del latin mobile vulgus, es decir vulgo caprichoso y sin criterio.

A partir de determinado momento, después de la segunda guerra mundial, ese papel central otorgado a las masas en los discursos para la transformación socialista y el derrocamiento del capitalismo desaparece o se debilita en una buena parte de la izquierda intelectual, que parece renunciar al leninismo como metodología revolucionaria y hace suyas las presunciones individualistas de la tradición liberal-republicana, con su consabida censura de la "sociedad de masas" y la pereza intelectual de las "mayorías silenciosas".  El exitoso libro de David Riesman La muchedumbre solitaria (1950, en Paidós), implicará una formalización sociológica de ese personaje "dirigido por otros" que se instalará en la cultura popular de los países industrializados y vendrá a ser algo así como el engarce que vinculará el "hombre-masa" orteguiano con "el hombre unidimensional" de Marcuse (El hombre unidimensional, Ariel). Se vuelve así a asimilar la masa a una nube densa  de individuos desanclados, que se agitan como zombis por los espacios del consumo y el ocio irresponsable, atontados ante todos los reflejos que se hacen brillar ante ellos o que se amontonan fascinados por todo tipo de espectáculos no en vano presentados como "de masas".

La concreción de todo ello es que al marco de las turbulencias obreras y estudiantiles de los años 60 del siglo pasado concurren dos tendencias. Una se mantiene fiel al canon marxista sobre el papel central atribuido a las masas, aunque ahora sea de la mano de corrientes que se colocan a la izquierda de los partidos comunistas institucionalizados y que se definen como castristas, guevaristas, trotskistas o maoístas. Pero, en paralelo, surgen corrientes de pensamiento revolucionario que, procuradas desde la izquierda contracultural norteamericana, los situacionistas o desde corrientes neomarxistas o neoanarquistas europeas, asumen como propia la que hasta hacía unas décadas había sido la crítica a las masas propia de la tradición liberal, incluyendo una nueva manera de vindicar los valores de la subjetividad personal y la soberanía del individuo, incluyendo implícita o explícitamente buen número de las premisas de la psicología de masas de finales del XIX. Un ejemplo lo tenemos en cómo en su teorización de lo que había sido la ocupación de la Columbia University en 1969, Marc Rudo titule uno de sus apartados "El fracaso de la 'política de masas". Esto está en "Columbia: notas sobre la rebelión de la primavera", en Textos de la nueva izquierda (Castellote).



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