dissabte, 13 de febrer de 2016

La Iglesia fue atacada no por reprimir la sexualidad, sino por no hacerlo.


Nota para Tiziana Motta, doctoranda

LA IGLESIA FUE ATACADA NO POR REPRIMIR LA SEXUALIDAD, SINO POR NO HACERLO
Manuel Delgado

Permíteme poner el acento en lo que te comentaba sobre que a la Iglesia se le ha reprochado siempre no reprimir los "bajos instintos", sino justo lo contrario: no hacerlo e incluso estimularlos de manera insana. Es lo que Max Weber notaba para el anticatolicismo de los reformadores puritanos de finales del XVI y principios del XVII: que la Iglesia era censurable "no por un exceso de do­minación religiosa y eclesiástica sobre la vida de los indi­viduos, sino justamente por lo contrario." Max Weber escribía que, en efecto, para los reformadores puritanos de finales del XVI y principios del XVII, la Iglesia era censurable "no por un exceso de do­minación religiosa y eclesiástica sobre la vida de los indi­viduos, sino justamente por lo contrario."  Esto lo tienes en la página 59 de L'ètica protestant i l'esprit del capitalisme, Ed. 62/Diputació de Barcelona).

Ese prejuicio impregnó va­rios siglos de conside­raciones sobre la religión católica y su Igle­sia, desde ya la lírica popular del si­glo XII o la literatura medieval y renacentista. Lo cierto es que, a par­tir de finales del siglo XVIII y hasta bien entrado el siglo XX, el tema de la luju­ria del clero se torna omni­presente. Te hablo de una masa de opúscu­los, folletines y obri­tas de enor­me divulgación, pero también de traducciones de clásicos del librepensamiento que alcanzan verdadera condi­ción de best seller, con tiradas de 65.000 ejem­plares por edición. En Espaa, además de las grandes obras de Victor Hugo, Sue, George Sand, Volta­ire o Robespierre, o de textos como Las doce pruebas de la inexistencia de Dios, de Faure, se cono­cen, en términos de gran divulgaci­ón, toda la producción folleti­nesca francesa, expresa­da en éxitos como las versiones es­pa­ñolas de Los crí­menes de los Papas, de Lavicompeterie; Los curas y las monjas a través de los años, de Magen, o El Cita­dor, de Pia­gault‑Le­brun.

En cuanto a los productos propios, tú piensa en ejemplos como los de Ayguals de Izco (Maria o la hija de un jornalero; Pob­res y ricos), Castella­nos de Ve­lasco (La hija del cura; La bruja y los anales de la Inquisi­ción), Ló­pez Bago (El cura, La mon­ja, El confe­siona­rio...) y otros, como las obras en general de Tomás Camacho y Luis, amplísima­mente difundidas. Eso sin contar las revela­ciones satíricas de clé­rigos arre­pentidos, como Miralta, que fue autor de las divulgadísi­mas Memo­rias de un cléri­go, o como Salvador Miñano Bedoya, cuyo Lame­ntos políti­cos de un pobrecito holgazán acostumbrado a vivir a costa ajena, que alcanzó varias ediciones allá por la déca­da de 1820.

A principios del siglo XX eran popularísimas las obras de la Biblioteca del Aposto­lado de la Verdad, editada por José Nakens, con títulos como La Papisa Juana o La lujuria del clero según los concilios, o los folletines por entregas de El Porvenir, como La Hija del Cardenal. O, por aquella época también, la afectación de los curas, frailes y monjas de obras de teatro de gran éxito po­pular, como Los Dioses de la Mentira y todos los demás saine­tes que estrenaba Fola Igúrbide. Revistas de gran tirada, con una eficacia comunicativa ex­traor­dinaria y un populismo sin duda eficaz, del tipo de El motín, de Nakens, o Los Do­minica­les del Libre Pensamien­to, que dirigie­ra Fernando Loza­no, estaban directamente im­plicadas en la edición y distribu­ción de novelitas en que se conde­naba la laxitud del clero y sus propias páginas, inf­luyentí­simas, servían para divulgar este tipo de opinio­nes. Y lo mismo puede decirse de las nume­rosas revistas que hacía casi un siglo se dedicaron a la difusión de las de­nuncias anticleri­cales, especialmente aquellas que tenían que ver con la anó­mala sexualidad católica.

En los años 30, ya en pleno siglo XX, además de un buen núme­ro de periódicos y re­vistas ‑tipo El frailazo‑, existían edi­toras especiali­zadas en literatura anticleri­cal, como La Bi­blioteca de los sin Dios, que publicaba títu­los tan elo­cuen­tes como Jesu­cristo, mala persona, Los apósto­les y sus concu­binas, Origen nefando de los conventos, etc. Entre 1910 y 1932 se edita desde Valencia la popular La Traca, especia­lizada casi en exclusiva en la crítica feroz de las costum­bres por­nográ­ficas de los eclesiásticos en las que la imagen de la puta curera se compagina constantemente con la del cura putero. 




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