diumenge, 30 de novembre de 2014

Toda cortesía es cortejo. Nota para Nicolás Alfaro, estudiante del Màster d'Antropologia i Etnografia de la UB, en el contexto de una discusión sobre el seductor y la seducción

La foto es de Valérié Jardin

La relación social en la sociedad contemporánea sí que está basada en el principio de la relación cortés, es decir en la lógica de la seducción. El modelo de nuestra vida como seres sociales —aquella de la que tanto y tan bien ha hablado Goffman— se basa en el modelo que le presta la sociedad cortesana. Es la sociedad cortesana la que históricamente establece un primer esbozo de lo que llamamos relaciones públicas, en la que se organiza únicamente a partir de lo que se hace y de lo que se debe hacer, es decir a partir de las codificaciones que afectan a las maneras de hacer y a los ritos de interacción. La cortesía se define así como el saber vivir en la corte, saber moverse y actuar en una esfera en la que cada presente es permanentemente observado –la reserva aristocrática– y debe modular sus declaraciones y actos, hacerse opaco, resistirse a una inteligibilidad absoluta.

Es a mediados del XVIII cuando los valores de la cortesía se ven sustituidos por los de urbanidad y civilización. La sociedad burguesa —la nuestra— viene marcada, en efecto, por el paso de la vida en la corte a la vida en la ciudad como ámbitos de un tipo de vida basada en la cortesía urbana, es decir en la urbanidad.


El modelo topológico de la sociedad cortesana no es ni el círculo ni la red, sino el haz. En ese marco, toda afirmación de sociabilidad que trascienda el nivel elemental de la indiferencia mutua –la desatención cortés; acuérdate de la "bajada de faros" cuando nos sorprenden mirando a alguien– se basa en un regimen de comunicación fundamentado en el halago y la fascinación, y ante todo el sacrificio de toda afirmación identitaria que pudiera ser considerada excesiva. Se trata pues de una socialidad indeterminada, cuyos componentes renuncian aunque sólo sea provisionalmente a partir de la abstracción de su identidad social, el privilegiamiento de la máscara, el ocultamiento o el soslayamiento de la verdad persona. Puesto que niega toda centralidad nuestra vida pública es una experiencia constante de excentricidad relativa. 

De la lógica de la cortesía o urbanidad se pasa a la de la mundanidad, cuya ley moral es universalizable puesto que ya en sí es universal: la de la prudencia que recomienda hacer abstracción de la propia identidad para autodefinirse y actuar en tanto que ser de relaciones, como mundano. El mundano debe manejar los principios de la cortesía —vida en la corte y práctica constante del cortejo— y se mueve de acuerdo con las siguientes premisas: 1, el mundo está compartimentado; 2, toda voluntad de entrar en una relación cualquier debe pasar por el lenguaje de esa relación, 3), pero la matriz de la lengua de esa relación va pareja a una abstracción del sujeto que habla, un apagamiento del locutor.

Es a cuenta de ese principio que no sólo circulan palabras, sino que la relación tiene una continuidad y resulta fecunda, es decir que es capaz de suscitar una cierta verdad, que es la de la de los propios locutores como seres múltiples y por tanto frágiles, que tratan de fascinarse mutuamente a partir de esa práctica convulsiva del halago. Es eso lo que hace del mundano un seductor, puesto que vive en todo momento apegado a su línea de fuga. Es un traidor, un agente doble, alguién que sufre un terror de la identificación, un impostor crónico y generalizado, ser sociable en tanto que es capaz de disimular constantemente, exiliado de sí mismo, siempre en situación crítica –a punto de ser descubierto–, adepto a un culto casi religioso por la relación por la relación, adicto a una moral situacional, en todo momento indeterminada, basada en la puesta entre paréntesis de uno mismo, que vive en un universo hecho todo él de umbrales y márgenes, de intervalos, y que se pasa el tiempo practicando algo a medio camino entre la reserva altiva y el puro ocultamiento y cuyo uno fin es seducir al otro, permanentemente atenazado por aquello de lo que habla una canción de Pablo Milanés que tal vez conozcas, "Yolanda": "Cuando te vi sabía que era cierto / Este temor de hallarme descubierto". 



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