dilluns, 22 de setembre de 2014

"El papel de ciertos estudios antropológicos sobre inmigración en la estigmatización de los trabajadores extranjeros". Fragmento de "Inmigración, etnicidad y derecho a la indiferencia", en F. Checa et al., Convivencia entre culturas (Sintagma, 2001)

La foto es de Joan Pujol
Fragmento de "Inmigración, etnicidad y derecho a la indiferencia", en Francisco Checa, Juan Carlos Checa y Ángeles Arjona, eds., Convivencia entre culturas. El fenómeno migratorio en España, Sintagma, Sevilla, 2001, pp. 128-149.

EL PAPEL DE CIERTOS ESTUDIOS ANTROPOLÓGICOS SOBRE INMIGRACIÓN EN LA ESTIGMTIZACIÓN DE LOS TRABAJADORES EXTRANJEROS
Manuel Delgado

Lejos de considerar a los seres humanos que estudia en la pluralidad de situaciones en que aparece constantemente inmiscuido, una buena parte de la «antropología de los inmigrantes», sobre todo aquella que ha ignorado el papel de estos en las actuales dinámicas de acumulación capitalista y que ha puesto el acento en problemáticas "culturales", ha dado acríticamente por buenas o ha producido por su cuenta categorías analíticas que han legitimado –cuanto menos potencialmente– la marginalización de una parte de la clase obrera, ha ayudado a encerrarla en una prisión identitaria de la que no era ni posible ni legítimo escapar. En efecto, el aparato terminológico de los antropólogos se ha dedicado en ocasiones a distribuir categorizaciones delimitativas, ha certificado rasgos, inercias y recurrencias basados en clasificaciones «étnicas», cuya función ha sido la de prestar un utillaje cognoscitivo preciso y disponerlo como una modalidad operativa más al servicio de la exclusión. Se ha pasado así, una vez más, de la aséptica definición técnico-especialista a la discriminación social, dándole la razón a las construcciones ideológicas marginalizadoras y a las relaciones sociales asimétricas.

El antropólogo, así, ha podido aparecer en estos casos como tipificador de una anomalía que afecta a los trabajadores extranjeros y que ha contribuido a presentar como «cultural» y de la que se deriva una inferiorización que ha resultado finalmente ser social, cuyo objeto es la presencia presumidamente extraña de un intruso no menos «cultural». Aquel al que se ha marcado con el atributo «inmigrante» o «étnico» es muy posible que acabe aprendiendo, por así decirlo, los términos de su inferioridad, interiorizándolos, substantivizándolos. El clasificado como «minoritario» acaba inevitablemente convirtiéndose en lo que dicen de él que es, es decir acaba minorizándose.

Otra cuestión importante, relativa a la posibilidad y, en este caso, a la legitimidad del trabajo de campo con inmigrantes, tiene que ver con una disposición de la división público-privado que no siempre se tiene en cuenta a la hora de hacer preguntas y observaciones. Si es cierto que la investigación de campo siempre implica un cierto grado de violencia y de autoritarismo por parte de ese funcionario enviado por la Administración –aunque sea con una excusa «adémica» o «científica»– que es el etnólogo especializado en inmigrantes, ese principio de intromisión se ha de agudizar por fuerza en situaciones en las que el «investigado» ha entendido, como parte de su nuevas competencias culturales, que la protección de la privacidad y de los límites de lo que cada cual considera que es su «verdad secreta» es en lo que en gran medida reside su principio de dignidad humana, aquel mismo que les lleva a reclamar el status de ciudadano de pleno derecho. El etnólogo ha de hacer preguntas inevitablemente indiscretas, seguir de cerca conductas íntimas, «profundizar» en la realidad socio-psicológica de seres a los que ha hecho beneficiarios del título de «otros». Eso sin contar, por supuesto, que el antropólogo nunca podrá controlar del todo las informaciones que reuna, relativas en muchos casos a los movimientos, conductas, residencias, prácticas familiares, número preciso de grupos humanos con frecuencia hostigados por la policía, de manera que su trabajo puede convertirse fácilmente en instrumento de conocimiento y control por parte de las mismas autoridades que ya no sólo estigmatizan sino que ya directamente ilegalizan y persiguen a aquéllos que se pretende «conocer mejor».

El sistema etnológico y sus criterios clasificatorios se ha visto, de este modo, complicado en la naturalización de un orden socio-económico que, por mucho que se afirme igualitario, se levanta  sobre todo tipo de desigualdades estructurales. Ese orden antropológico ha asumido la tarea de validar e interiorizar en los sujetos psicofísicos luego las ideologías que hacen posible la división social del trabajo. Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron nos mostraron como la violencia simbólica que ejercen  sistemas clasificatorios pretendidamente rigurosos sirve no sólo para imponer los estándares culturales dominantes y para argumentar «científicamente» las divisiones sociales, sino también para escamotear su propia  naturaleza jerarquizadora. La función de las clasificaciones médicas sería la de ejercer lo que Pierre Bourdieu llamaba, siguiendo a Weber, sociodiceas, estrategias simbólicas que vienen a legitimar, naturalizándolo, el fundamento social de la dominación que ejercen los portadores de los distintos tipos de capital.

La reificación en el discurso antropológico-cultural del sistema de encasillamiento social en vigor corfirma la apreciación que Durkheim y Mauss habían formulado en su clásico estudio sobre las clasificaciones primitivas. A saber, que existe una correspondencia entre las estructuras sociales y el orden mental, pero socialmente inducido, mediante el que los humanos clasifican el universo. Esto, aplicado al caso de las modernas sociedades urbano-industriales, bien podría traducirse en que la jerarquización y la estratificación encuentran también estructuras simbólicas como las provistas por la antropología –etnia, identidad, cultura, etc.– mediante las que interiorizarse en la mentalidad de los individuos, y hacerlo, además, en tanto que incontestablemente ciertas, en la medida en que han sido provistas desde esa fuente de verdad que es la institución filoreligiosa de la ciencia.

La actualidad del ensayo de Durkheim y Mauss sobre las clasificaciones primitivas nos conduce a apreciar cómo una comprensión heurística de nuestra propia sociedad sólo es posible haciendo inteligible la racionalidad secreta que ésta emplea para clasificar, distribuir, distinguir, separar, poner en relación y jerarquizar por grupos categoriales los objetos tanto humanos como materiales que la conforman. Visiones, al fin, que atienden la vigencia entre nosotros del poder de los sistemas lógicos de denotación. Esa observación nos permite constatar que no son las diferencias culturales las que generan la diversidad, tal y como podría antojarse superficialmente, sino que son los mecanismos de diversificación los que motivan la búsqueda de marcajes que llenen de contenido la volundad de distingirse y distinguir a los demás, no pocas veces con fines estigmatizadores o excluyentes. Una entidad clasificatoria cualquiera, es decir una unidad sobrepuesta definible por y en ella misma, no sirve tanto para alimentar la base de una clasificación, sino que, justo al contrario, constituye su producto.

Tales sistemas de clasificación son instrumentos cognitivos, es cierto, pero sobre todo son instrumentos de poder. Como ha señalado Pierre Bourdieu, habamos aquí de «principios de división inseparablemente lógics y sociológicos que, al producir unos conceptes, producen unos grupos, los mismos grupos que los producen y los grupos contra los que se producen». La presuntamente científica etnificación de sectores sociales ya previamente asociados al conflicto y a la marginación tiene como tarea lanzar sobre ellos una suerte de red nominadora de la que surgen, como por encanto, una seria de unidades discretas claras que organizan –verticalmente, por supuesto– una población que no es que estuviese escasamente diferenciada sino que, al contrario, presentaba unos dinteles de complejidad difíciles o imposibles de fiscalizar. Los sistemas institucionales y/o populares de clasificación étnica son un exudado mediante el que el poder político y/o las mayorías sociales justifican, explicitan y aplican su hegemonía. La palabra con que la antropología crea al grupo que nombra lo naturaliza, lo dota al mismo tiempo de atributos y de atribuciones.

Puede ser que no sea factible escapar de esos códigos fundamentales que nos instauran los esquemas de lo que es preceptivo, de lo que debe y puede cambiar, de las jerarquías, de la producción de explicaciones, de las interpretaciones o teorías a la que se entregan sin descanso expertos y  especialistas, y entre ellos los antropólogos, para mostrar la inevitabilidad de no importa qué orden, para satisfacer con argumentos «científicos» la necesidad social y política de unificar el pensamiento y desenmarañar lo real, fragmentaciones del saber mediante las que el conocimiento moderno lleva a cabo aquella misma tarea que el totemismo australiano tenía encomendada, al tiempo que, como aquél, persuade del valor incontestable de sus resultados.


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