dimarts, 12 d’agost de 2014

En los objetos usados vive lo vivido. Notas para Marta López, alumna del Màster en Antropologia i Etnografia de la UB

Fira de Bellcaire o Encants Vells en Barcelona. La foto es de Deborah Gil
Mira, Marta, quiero que este verano leas El sistema de los objetos, de Jean Baudrillad (Siglo XXI). Te lo adjunto en PDF. También unas notas de William Christian sobre la antropología de los objetos. A ver si puedes encontrar un número de la Revista de Occidente que era un monográfico titulado El coleccionar y las cosas. Era el número 141, de febrero del 93. Había un artículo precioso de Krzyzstof Pomian, «La colección, entre lo visible y lo invisible". Y otro también muy bueno de James Clifford, que era un autor que también nos iba bien para aquello de Cirlot. La biblioteca de la facultad está cerrada, pero la de Catalunya la tienes abierta.  Esto de entrada para estos días que quedan del mes de agosto. Seguro que se me ocurre alguna cosilla más para redondear la cosa. Recuerda, esto es solo un entremés

Pero, si no te importa, me gustaría insistir en algo que te decía en nuestro último encuentro. Te hablaba de un poema de Bertolt Brecht, de 1932. Te lo mando en un correo aparte. Léelo. Veras que dice: “De todos los objetos, los que más amo son los usados”. La referencia a Brecht me servía para hablarte de los objetos, pero de otros muy distintos de los que nos interesan, que son los que se conservan, los que cuando tenemos que hacer "limpias" no tiramos, los que sustraemos del intercambio. que diría Godelier. Me refiero a los objetos desgastados, abollados, medio rotos, escacharrados, sin una pieza, desvencijados..., que en ese sistema de los objetos del que habla Baudrillard ocupan el estrato más bajo. Estos materiales, declarados en un momento dado absolutamente inservibles, son los que aparecen instalados en el nivel inferior, más abajo del cual ya no hay nada que no sea la muerte y la desaparición del objeto.

En la otra punta, el rango mayor en el orden social de las cosas lo ostentan las consideradas como lujosas; también las reliquias sagradas, los  talismanes poderosos o los instrumentos de culto; o las antiguas –que no viejas– y, por tanto, venerables; por último, tenemos las cosas marcadas como artísticas, que son las que se exhiben en las galerías o los museos. Caras, sacramentadas, auténticas o hiperbellas, esas cosas son concebidas como en cierta manera no exactamente humanas, consecuencia directa o indirecta de la voluntad de los dioses de la cultura o del mercado. Y, por supuesto, las cosas que nosotros conservamos, las que guardamos en nuestras carteras, las almacenamos en desvanes, cajones y fondos de armario a los que regresamos, que exhibimos en nuestros comedores y en nuestras habitaciones. Recuerda esas cajas de zapatos de las que te hablé, en las que los adolescentes conservan a veces, bajo la cama, recuerdos vete tú a saber de qué. Todo lo que no le regalaríamos a nadie, porque significan algo ­—mucho— para nosotros. Estos son todos ellos la exaltación del fetiche, objetos saturados de valor social, fuentes de reputación para quienes los poseen o los custodian, que se lucen como un trofeo a veces íntimo y que son protegidos contra cualquier amenaza de usurpación o desgaste.

Mientras que esos objetos de categoría superior parecen nacidos para la eternidad, el destino de las otras cosas es la de devenir mortales, entidades con alma y biografía que, una vez consumado su ciclo vital, acabarán enfermando, envejeciendo o sufriendo accidentes. Son objetos que acaban, que aparecen condenados a, tarde o temprano, ver agotada su eficacia. Su destino es ser entonces expulsados de lo que fuera su hogar y lanzados a la calle, donde serán apiñados de cualquier manera en las aceras o en los contenedores de basuras o de ruina. Allí aguardarán a que empleados públicos lleguen de noche a buscarlos, mientras sus viejos amos duermen, como Reyes Magos inversos cuya función no es traer, sino llevarse las cosas que un día fueron adquiridas u obsequiadas. Serán cargados en camiones y los abocados en esas grandes fosas comunes de objetos que son los vertederos.

No obstante, a veces, ese ineluctable fin que espera a las cosas usadas puede verse cuanto menos aplazado por la acción de recolectores urbanos que recorren las calles buscando o simplemente encontrando cosas que la gente tira y que no merecen morir tan pronto. Y es que en la calle uno encuentra de todo, a veces sin habérselo propuesto. Muchos de esos objetos callejeros que son abandonados por sus antiguos poseedores pueden ser convertidos en propios por alguien, reconocidos como dotados de propiedades y por tanto adecuados, apropiados y, en consecuencia, apropiables. La actividad consistente en requisar objetos hallados, para reciclarlos instrumental o simbólicamente se asemeja a la que Lévi-Strauss designaba, en El pensamiento salvaje, como la de bricoleur, el tipo que anda por ahí, vagando por las calles, rebuscando o reencontrando sin querer cosas abandonadas, que recoge de manera casi convulsiva por si pudieran valer. En el campo de la especulación artística, ese principio –recoger cosas que a lo mejor sirven– sería el de los ready-made de Duchamp, los merz de Kurt Schwitters o, en general, de los objets trouvés surrealistas. Al lado de esa reapropiación creativa –no muy lejos, aunque no lo parezca– está la práctica de cosechar objetos para rehabilitarlos en su función inicial o en otra distinta. Tenemos ahí todas las variedades de recolectores profesionales de restos abandonados, como los que aparecen en la maravillosa película de Agnes Varda Les glaneurs et la glaneuse (1999) —la tienes que ver obligatoriamente; te hablé de ella—, un film sobre quienes merodean recogiendo todo tipo de materiales de desecho del suelo o entre los desperdicios. La película se presentaba acompañada de un lema que bien podría servirnos aquí: “Hay que recuperar todo lo que nos es útil. Es una cuestión de ética”.

Tanto el recuperador profesional de materiales de desecho como las vanguardias artísticas que practicaron el arte de vagar por ahí al encuentro de cosas inesperadas entendieron, cada cual a su manera, que la experiencia de la modernidad urbana estaba hecha de una urdimbre infinita de posibilidades inexploradas de entrecruzamiento de los humanos entre sí y con las cosas.

A las antípodas de esos objetos vírgenes, impolutos, que se exhiben en los escaparates –como las vitrinas de los museos, preservativos que protegen ciertas cosas de un contacto indeseable con el mundo y con los mortales o, como vamos a trabajar, los que se exhiben en los muebles de comedor de nuestras casas– están todos los que se amontonan en la acera o en  los contenedores de basuras o de ruina, objetos que alguien ha dejado de querer, inútiles, huérfanos, declarados inhábiles. Esas cosas excluidas nos ofrecen una metáfora perfecta de toda forma de marginación, que consiste siempre en expulsar y suplantar a alguien o a algo que había servido, pero que, ahora, deteriorado, envejecido, enfermo, ya no sirve y es eliminado, borrado, puesto que ha perdido el lugar que tenía y ya no se espera que vuelva a ocupar ningún otro.

Como te digo, en la jerarquía de los objetos esas cosas abandonadas ocupan el lugar más humilde. Son el lumpen de la sociedad que las cosas forman entre sí, sin prestigio ni valor. Electrodomésticos irreversiblemente averiados, juguetes rotos, artículos asilvestrados, muebles astillados..., cosas repudiadas que el recolector urbano rescata y redime. Son las cosas que recogen gente que las necesita o por militancia. Algunas conocerán nuevos hogares. Otras aparecerán luego revendidas en mercados inverosímiles, donde serán adquiridas por seres humanos que se les parecen y que les darán un nuevo confort en un nuevo hogar. Acaso merezcan los usos imprevistos que le asignarán otros propietarios, para los que esas cosas significarán otras cosas, coleccionistas sentimentales siempre con los ojos abiertos a la espera de brillos inesperados, buscadores de oro entre el polvo de las ciudades. ¡Amo tanto los Encantes, el Rastro madrileño, la Feira de Ladra de Lisboa, el Camden Town o Porbello Road en Londre, todos los mercados de las pulgas de cualquier lugar del mundo! Algunos de esos materiales súbitamente preciosos, serán retenidos o regalados como objetos rebosantes de significado. Lo que eran detritus de la sociedad de consumo, servirán para otra suntuosidad, investidos de una dignidad distinta y acaso mayor, que no tendrá que ver con su precio, sino con su intensidad.


Acabamos nuestra charla, lo recuerdo, con una referencia a “Rosebud”, el nombre del trineo inservible que unos operarios lanzan al fuego en la última secuencia de Ciudadano Kane, la película de Orson Welles. Como te conté, “Rosebud” es la última palabra que pronuncia el protagonista antes de morir y su significado se constituye en el enigma que ninguna biografía consigue resolver. No era el nombre de nadie que Kane hubiera conocido, ni de ninguna de las cosas que conformaban sus extensas colecciones de objetos de valor. Al final, nosotros, los espectadores, sabemos lo que el investigador que intenta desvelar el misterio no sabrá ya jamás: que la palabra designaba no a un sujeto, ni tampoco a ninguno de los objetos de lujo y de arte que Kane acumuló en Xanadú, su mansión. “Rosebud” designaba una cosa usada, inútil, vieja y rota que los encargados de hacer el inventario de todo lo que el magnate había llegado a reunir deciden inmolar por completamente inservible. En cambio, en aquel trasto desahuciado –su única posesión real– se resumía y dignificaba su propia existencia. “Rosebud” era, en un sentido especialmente literal, el objeto de su vida. He ahí el secreto que todas las cosas viejas y abandonadas conservan y se transmiten unas a otras en secreto: en ellas vive lo vivido.


Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch