dijous, 5 de juny de 2014

Notas para una etnografía peripatética y de los merodeos. Apuntes para Caterina Borelli y su tesis doctoral sobre el urbanismo postsocialista en Sarajevo


Creo que quedó bien claro hasta qué punto me parece pertinente y muy bien pensada tu idea de trabajar con los merodeos de tu informante por el monte Treveric. Ahí tienes una bibliografía interesante que emplear. Por supuesto que el clásico de Jean-François Augoyard Pas à pas es importante, aunque sea para ver de dónde parasitó descaradamente Michel de Certeau sus “retóricas caminatorias”. Además acaban de reeditarlo en À la creusse, la editorial donde sacan sus cosas la gente del CRESSON. De todos modos piensa que el trabajo de Augoyard es más bien sobre las deambulaciones en el entorno de un barrio de bloques en Grenoble, l’Arléquin, y no sé si te irá bien para una cosa como la que estás pensando en hacer.

En cambio, sí que te irá bien lo que te dije de la metodología de los itinerarios comentados, aquella etnografía peripatética que aquí estamos aplicando en la tesis de Pilar Larramona sobre la construcción de la memoria barrial en Sants. Está claro que es a Augoyard a quien le corresponde un poco el invento, como queda demostrado en su contribución a la compilación de Jean-Paul Thiebaud y Michel Grosjean, L’espace urbain en méthodes (Parenthèses), titulada “La conduite de récit". En ese mismo manual tienes otra buena guía en el artículo del mismo Thibaud, "La méthode des parcours commentés". Desde una perspectiva más bien etnometodológica, hay un capítulo destinado a ese método en el libro de Lorenza Mondana, Décrire la ville. La construction des savoir urbains dans l'interaction et dans le texte (Anthropos). De todos modos, el teórico por excelencia de esta manera de trabajar es Jean-Yves Petiteau. Busca “Territoires et itininéraires”, en Cahiers du Centre de Recherches Sociologiques (1987), y lo que aporta al mencionado L’espace urbain en méthodes, con Élisabets Pasquier, "Le méthode des itinéraires: récits et parcours". Y un ejemplo de aplicación, en este caso con Bernard Renaux: “Itinéraire du Grand Desbois, docker à Nantes”. Les Annales de la Recherche Urbaine, 55-56 (1992), o con Lauren Pickupe, "Hard to Get Around: A Study of Women's Travel Mobility", en Jo Little, Linda Peake y Pat Richardson, eds., Women in Cities. Gender and the Urban Environment. Londres: MacMillan, 1988, pp. 98-116. Y lo último ya: M. Relieu, “Parler en marchant. Pour une écologie dynamique des échanges de paroles”. Langage et Société, 37-68 (1999). Estoy compartiendo contigo los rudimentos de lo que podríamos llamar una “antropología pedestre”, un término que tomo o robo de la presentación que hace Jorge Durand de su entrevista con uno de los grandes de la arqueología mexicana de orientación marxista, el vasco Pedro Armillas. Está en un libro que se titula Caminos de la antropología (Instituto Nacional Indigenista). No tiene que ver con lo tuyo, pero es correcto que cite la fuente de un concepto que debería resultarte tan aplicable a la propuesta que te hacía de un estilo de etnografía que se hace caminando y hablando con los informantes.

Lo que pasa es que vas a tenerle que poner a tu argumentación algo de filosofía. Atención, no es porque tú tengas que filosofar, sino porque es tu informante bien informado quien filosofa, no caminando, sino justamente porque camina. Caminar, dice Augoyard, viene a ser como hablar, emitir un relato, hacer proposiciones en forma de deportaciones o éxodos, de caminos y desplazamientos. Caminar, nos dice, es también pensar, hasta el punto de que todo andariego es en cierta manera una especie de filósofo, abstraído en su pensamiento. Todo caminante es un cavilador, rumia, barrina, se desplaza desde y en su interior. Andar es, por último, también transcurrir, cambiar de sitio con la sospecha de que, en realidad, no se tiene. Caminar realiza la literalidad del discurrir, al mismo tiempo pensar, hablar, pasar. En eso consisten las mentadas “retóricas caminatorias”. Es decir, que tu personaje no deja de hacer lo que hacían los filósofos peripatéticos clásicos, a los que alude tan elogiosamente Foucault en un momento de Tecnologías del yo (Paidós). Es lo que Epíceto denomina ejercicios éticos, consistentes en pasear y comprobar las reacciones que se van produciendo durante el paseo. Pienso ahora en el Rousseau de las Ensoñaciones de un paseante solitario, que convierte su itinerario en su gabinete de trabajo, su mesa de despacho, su taller o laboratorio, el artefacto que le permite trabajar. Aunque no sé por qué tengo que remitirme a referentes tan exquisitos. Los que amamos el cine sabemos que de ese material del que están hechas todas las road movies, empezando por El Quijote. Recuerda la peli de la que te hablé en el despacho, que parece como pensada para tu ejemplo: “La soledad del corredor de fondo”, de Tony Richardson (1968).

Y hablando de filosofía, un texto fundamental de un autor fundamental para el pensamiento contemporáneo: Caminar, de Henry David Thoreau, aquel gran filósofo trascendentalista, además de agrimensor y fabricante de lápices –no es broma– que escribiera Walden y La desobediencia civil. Este que te digo es un librito que sacó no hace mucho Ardora. Es muy bueno. Una delicia. Y otra referencia importante –lo siento; no lo puedo evitar: El paseo, otra maravilla, en este caso de Robert Walser (Siruela), de quien, por cierto, el otro día Marta Venceslao me regalaba el otro libro de Walser que revolotea a lo largo y ancho de su tesis doctoral, que es Jacob von Gunten, también en Siruela.

Lo siento, pero no puedo disimular la fascinación que me merece ese tema. Piensa en lo que dan de sí prácticas como el merodeo como una verdadera fuente de reflexión. ¿Sabes? Me fascina la mala reputación que tiene el vagar. No sé si has caído en la cuenta, pero no es casual que vagar signifique, según el Diccionario de la Real Academia, “estar ocioso; andar por varias partes sin determinación a sitio o lugar, sin especial detención en ninguno; andar por un sitio sin hallar camino o lo que se busca; andar libre y suelta una cosa, o sin el orden y disposición que regularmente debe tener”. En el mismo infinitivo se sintetizan los valores negativos de la improductividad, la desorientación y la ambivalencia.

En el lado contrario, el del elogio del nomadeo como nutriente para la inteligencia y la imaginación, fueron los primeros sociólogos y antropólogos de la ciudad –mis siempre admirados chicaguianos, a quienes siempre cabe regresar, a pesar de todos sus errores–, que advirtieron de las virtudes del judío y del hobo –el trabajador ocasional que recorría los Estados Unidos en busca de empleo– como representantes de la agilidad mental humana, puesto que habían obtenido su habilidad para el pensamiento abstracto de las virtudes estimulantes de la errancia constante. Como escribiera Robert Ezra Park en 1923: “La conciencia no es sino un incidente de la locomoción”. Eso aparece en una cosa titulada “El espíritu del hobo: reflexiones sobre la relación entre mentalidad y movilidad”, que era el prólogo para la primera edición de The Hobo, el clásico de Nels Anderson, y que tienes en una compilación que publicó Horacio Capel con textos de Park y que tituló La ciudad y otros ensayos de ecología urbana (Serbal).

El paseante –en este caso, tu paseante– hace algo más que ir de un sitio a otro. Haciéndolo poetiza el espacio que al mismo tiempo recorre y produce, en el sentido que lo somete a prácticas móviles que, por insignificantes que pudieran parecer, hacen de un territorio cualquiera el marco para una especie de elocuencia geométrica, una verbosidad hecha con los elementos que se va encontrando a lo largo de la marcha, a sus lados, paralelamente o perpendicularmente a ella. El caminante convierte los lugares por los que transita en una geografía imaginaria hecha de inclusiones o exclusiones, de llenos y vacíos, heterogeniza los espacios que corta, los coloniza provisionalmente a partir de un criterio secreto o implícito que los clasifica como aptos y no aptos, en apropiados, inapropiados e inapropiables. En el fondo tu informante no deja de ser una variante del famoso  flânneur, a quien sabes que Baudelaire y luego Walter Benjamin consagraron páginas imprescindibles. Como sus herederas, la visita-excursión dadá o la deambulación surrealista –variables espaciales de la escritura automática–, que advierten de cómo las vanguardias artísticas encontraron en el merodeo una fuente de pruebas de las molestias que –como escribiera André Breton– se toma el azar en demostrarnos que no existe. Luego, desde finales de los cincuenta, los letristas, Cobra y, por último, los situacionistas practicaron la deriva psicogeográfica, que no era sino una modalidad de lo mismo. Artistas de los sesenta como Richard Long, Tomy Smith o Robert Smithson llegaron a esa misma convicción de que caminar era “pensar con los pies”, por usar una expresión de este último, y que era posible convertir la actividad andariega en base para la especulación formal. En su último periodo, a mediados de los setenta, el grupo Fluxus propuso acciones parecidas: las free fluxus-tours.

Mención especial merece la manera como esa misma inquietud por la capacidad del paseo de suscitar emergencias está siendo recogida, desde 1995, por las transurbancias del grupo Stalker, cuyos teóricos mayores son Francesco Careri y Lorenzo Romito. El libro que te decía y del que no recordaba el título es Walkspaces. El andar como práctica estética (Gustavo Gili). Me pareció en nuestra charla en el despacho que les conocías. El otro día me escribía Anna Juan para pedirme la dirección de Francesco, porque consideraba irse a Roma a trabajar con él. Es curioso, porque a Careri le conocí en la barra de un centro social okupado cerca de Sagrada Familia y fue medio por casualidad. Aparentemente, claro.

Bueno, el caso es que, como sabes, la gente esta de Stalker plantea la exploración de los itinerarios, preferentemente por espacios ambiguos y desterritorializados, de los que se me antoja que el Treberic sería la apoteosis, más allá incluso de su valor como frontera real y alegórica entre Pale y Sarajevo.  Por cierto, te conté que estuve con mi familia en Pale, ¿verdad? Bonita ciudad. Nadie diría que… Volviendo a Stalker, lo que hacen es buscar son formas  de localización de territori attuali, territorios actuales, interpretando lo actual en el sentido que propone Foucault, no de aquello que somos, sino sobre todo de aquello en lo que nos convertimos, lo que estamos a punto de ser, es decir lo otro, nuestro devenir otro. Y créeme, Pale es “todo lo otro”. La actividad de Stalker consiste, en transitar entre lo que es seguro y cotidiano y lo que es incierto, por descubrir, generando  –te copio una cosa de su página web– “una sensación de desazón, un estado de aprehensión que conduce a una intensificación de las capacidades perceptivas; de este modo, el espacio asume un sentido; por doquier, la posibilidad de un descubrimiento, el miedo a un encuentro no deseado”  (digilander.libero.it/stalkerlab/tarkowsky/tarko.html). ¿Sabes que participé en una experiencia parecida a las del grupo Stalker? Me acuerdo perfectamente: fue con gente del Museu Nacional d’Art Portàtil (MNAP), en 1996, con quienes practiqué una incursión psicogeográfica por zonas abandonadas de la periferia barcelonesa, en particular por los alrededores del nudo viario de la Trinidad y de La Mina. Un día te cuento la de cosas raras que llegamos a encontrar.

Es que no me puedes negar que no hay cosa que se parezca más al Treveric que la Zona de “Stalker”, la película de la que toma su nombre el grupo de Careri. Ya vi que conocías la peli de Andrej Tarkowsky, pero no estaría de más que te hicieras con la novela en que se basa, que es Picnic al borde del camino, de Arkadi Strugatski y Boris Strugatski, que tienes la novela publicada en español por Ediciones B. El guión de la peli original, en francés, por si te interesa, está íntegro en Avant-scène cinèma, 427 (diciembre 1993). Vale la pena porque en la novela te explica que todo empieza cuando unos extraterrestres aterrizan para hacer un picnic y que al partir dejan abandonados unos misteriosos desperdicios que convierten el lugar en un sitio portentoso y terrible, dotado de conciencia y al que se le debe temor y respeto. Los stalkers son precisamente personajes que se aventuran a penetrar en ese paraje en descomposición –la Zona– en que se encuentran desperdigados los misteriosos despojos, algunos de reputadas cualidades mágicas. Tal y como coincidimos, reconócelo: tu informante es un stalker.
[La fotografía de la entrada se titula “Paseantes” y es de Eladio Bellés. Está tomada de su blog, eladiobelles.com/]


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