diumenge, 18 de setembre de 2016

Respuestas a La Opinión de Murcia a propósito del arte actvista

Foto de Alan Lodge
Estas son las respuestas que envié a La Opinión a propósito de la 7ª edición de D.Nuevo Ensayo en el CENDEAC de Murcia, en torno al libro de Julia Ramírez, "Utopías artísticas de la revuelta" (Akal, 2014). La entrevista apareció publicada el lunes, 16 de junio de 2014.

Julia Ramírez al principio del libro aclara que va a entender la palabra “arte” como creatividad. De ese modo se aleja un tanto del arte como algo institucional y evita tener que entrar en una justificación normativa de lo que entiende por arte. ¿Cree que es importante señalar esta diferencia?
Es verdad que esa opción Implica sortear una  discusión conceptual que se puede considerar superada e  inútil. Lo que ocurre es que entonces resulta complicado establecer de qué estamos hablando, puesto que no hay actividad humana que no sea creativa. En esa consiste la singularidad de la especie humana: en que no solo vive en sociedad, sino que crea la sociedad en que vive.

Las relaciones entre arte y política han marcado una parte importante del siglo XX. Las “estéticas de protesta” que analiza Julia Ramírez en su libro se enmarcan dentro de ese horizonte. ¿Cómo analiza usted este tipo de expresiones artísticas?
El arte lleva mucho tiempo procurando contribuciones a la transformación social. Hubo grandes artistas que contribuyeron a la agitación y la propaganda al servicio causas revolucionarias. Es una última etapa, justo a la que el excelente libo de Julia nos remite, en que se ha producido un autonomización de las prácticas creativas con intenciones políticas. Parece como si se hubieran independizado de los proyectos políticos, sindicales y civiles, como si renunciaran a ponerse al servicio de la revolución y quisieran ser revolucionarías en sí mismas. Es difícil, en relación a ello, con experimentar una cierta inquietud, en tanto ese tipo de tendencias pueden implicar no una estética de la protesta, sino una estetización de la protesta, que no es lo mismo,  es decir una concepción de la protesta como mera puesta en escena, como show. 

Expresiones artísticas como las que revisa  Julia se producen como auténticas apropiaciones del espacio de la ciudad. ¿Cómo interpreta usted esta relación entre arte y espacio urbano?
También me intranqulizan. Al margen de la buena voluntad de sus convocantes y participantes, pueden ser una contribución a la espectacularización del espacio urbano, es decir  a esa meta de la promoción turística e inmobiliaria de las ciudades que es subrayar sus cualidades de  "creatividad", en orden a propiciar un ambiente atractivo para clases medias ávidas de ambientes intelectuales "rupturistas" y "alternativos".  

La represión policial de estas movilizaciones artísticas de protesta es otro problema decisivo, también señalado por Julia. ¿Cómo lee usted esta relación conflictiva entre reclamación plebeya y las fuerzas del orden?
Yo pienso que esta concepción de la protesta como performance, alejada de procesos sólidos y estructuras organizativas duraderas, es perfectamente asimilable por las autoridades, que pueden  verlas como expresiones "culturales" inofensivas, ajenas a la dialéctica de la lucha de clases y los antagonismos sociales, movimientos alternativos sin alternativas, cuestionamientos del sistema meramente estéticos y, por tanto, estériles.

Recientemente usted ha sido muy activo a la hora de analizar lo que estaba ocurriendo en Can Vies. ¿Se pueden establecer algún paralelismo con el libro que se analizará el jueves?
No. Para nada. Los hechos en la barriada de Sants de hace unos días no tuvieron nada de "creativos", en el sentido que Julia planteaba. Desde el punto de vista estético fueron más bien vulgares, con escasa preocupación por renovar las maneras de emplear la calle para la protesta. Solo fueron la repetición del modelo clásico de apropiación insolente del espacio urbano. Lo típico: carreras ante la policía, barricadas, caceroladas desde los balcones. Se puede decir que los revoltosos de Can Vias fueron escasamente innovadores, aunque no sé qué importancia puede tener eso.

¿Cree que es importante defender la diferencia entre el académico y el intelectual como pensador crítico e implicado?
Por supuesto. Un académico es alguien que trabaja aprendiendo y enseñando constantemente sobre cuestiones que son de su competencia y sobre las que puede expresarse de manera fundamentada, sea en su clase o donde se requieran sus servicios como funcionario público. Un intelectual no sé qué es; creo que es alguien que firma manifiestos de intelectuales. Cuando en algún contexto alguien me presenta como "intelectual" y peor como "intelectual comprometido", me siento ofendido. No quisiera parece arrogante y vanidoso en exceso, pero de verdad que me considero  y quiero que me consideren lo que soy: un profesor, esto es un trabajador de la enseñanza. Ese es el título del que me siento verdaderamente orgulloso.

Para terminar, dado que usted es catedrático de una universidad pública, nos gustaría saber cómo interpreta usted la situación actual de la educación superior.
Lamentable en todos los sentidos. Estudiantes que no pueden acabar sus estudios porque no se pueden pagar la matrícula; profesores que cobran una miseria y trabajan en precario; investigaciones que se interrumpen por falta de financiación; trabajo de reflexión frustrado por la lucha por las acreditaciones que te permitan promocionarte o simplemente conservar tu puesto de trabajo. En estos días merece la pena pensar en qué implica que tengamos la selección número uno del mundo y ninguna de nuestras universidades figure entre las doscientas más importantes de Europa y no digamos del mundo.



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