dissabte, 24 de setembre de 2016

Virgina Woolf y lo urbano


Consideraciones para Rubén Casadesús, estudiante del Máster de Antropología y Etnografia de la UB

VIRGINIA WOOLF Y LO URBANO
Manuel Delga

Déjame que siga tu intuición sobre la virtud anticipatoria de Virgina Woolf cuando hace el apasionado elogio de la efervescencia de la vida cotidiana en las calles. Recuerda como en Las olas, Louis y Rhoda se pretenden auténticos y acaso por ello sólo existen cuando están solos. «Les molesta la iluminación, la multiciplicidad». Necesidad convulsiva de los otros, de todos los otros, és mas, de todo lo otro, de «estallar en infinitas facetas».

Pocas descripciones más vívidas de la actividad en las calles  que la que Woolf nos brindaba de Oxford Street en sus Escenas de Londres, descrita como «un criadero, una dinamo de sensaciones». Consciencia del calidoscopio, y de la hiperexcitación que conoce y genera la vía pública. Recuerda el fragmento que leí en clase el primer día: "La mente se convierte en una plancha cubierta con gelatina que recibe impresiones, y Oxford Street pasa perpetuamente por encima de esta plancha una cinta de cambiantes imágenes, sonidos y movimientos. Caen paquetes al suelo; los autobuses rozan los bordillos; el trompeteo a pleno pulmón de una banda de música se transforma en un delgado hilillo de sonido. Los autobuses, los camiones, los automóviles y las carretillas pasan confusamente mezclados, como fragmentos de un rompecabezas; se levanta un brazo blanco; el rompecabezas se hace más denso, se coagula, se detiene; el brazo blanco se hunde, y de nuevo se aleja el torrente, manchado, retorcido, mezclado, en perpetua prisa y desorden. El rompecabezas jamás llega a quedar ordenado, por mucho que lo contemplemos".

En Las olas hay un momento maravilloso, genial. Es cuando Woolf hace formular a uno de los personajes una de las más bellas apologías que concebirse pudiera de la no-identidad, esencia sin señas, sin nombre, sólo ojos que miran, cuerpo que sólo pide ser aceptado, transcurrir o permanecer, y que puede decir: «abrir las manos hasta ahora unidas y dejar caer al suelo mis posesiones, y limitarme a estar en pie aquí en la calle sin participar, contemplando el paso de los autobuses, sin deseos, sin envidias, con lo que muy bien podría ser ilimitada curiosidad acerca del humano destino». Esa sombra habitada que, renunciado a la superstición del sujeto, quiere hundirse y fundirse profundamente «en cuanto ocurre, en esta omnipresente vida general».

Reflexionando ante la gente que se agrupa ante la salida del ascensor, Woolf le hace pensar a ese mismo personaje: "En cuanto a mí hace referencia, diré que no tengo propósito alguno. Carezco de ambición. Me dejaré llevar por el general impulso. La superficie de mi mente se desliza como un río gris pálido, reflejando cuanto pasa. No puedo recordar mi pasado, mi nariz o el color de mis ojos, o cuál es la opinión que, en general, tengo de mí mismo. Sólo en momentos de emergencia, en un cruce, en el borde de la acera, aparece el deseo de conservar mi propio cuerpo, se apodera de mí y me detiene aquí ante este autobús. Parece que nos empeñamos insistentemente en vivir. Después reaparece la indiferencia. El rugido del tránsito, el paso de rostros distintos hacia aquí y hacia allá, me deja como drogado y con tendencia a soñar; lo dicho borra los rasgos de los rostros. La gente podría atravesar a través de mí como si fuera aire. Y ¿qué es ese momento en el tiempo, este día determinado, en que he quedado atrapado? El rugido del tránsito podría ser cualquier otro rugido, el de los árboles del bosque o el de las bestias salvajes. El tiempo se ha enroscado cosa de una o dos pulgadas en su carrete. Nuestro corto avance ha quedado anulado. También pienso que nuestros cuerpos están desnudos en realidad. Sólo vamos levemente cubiertos con ropas abotonadas. Y bajo esta asfalto hay conchas, huesos y silencios."

Pero es en La señora Dalloway donde Virginia Woolf lleva hasta el final su percepción de las calles como ese lugar en que reflexionar sobre el tiempo, la vida, la muerte, la condición femenina... Es paseando por las calles de Londres, yendo y viniendo en autobús, en un espacio que es el reverso vivo de los detestados salones londinenses que debe frecuentar, que Clarissa Dalloway, una mujer por lo demás «sin importancia», pero a la que la amenaza una locura irreversible, puede pensarse a sí misma y su relación con Septimus Warren, ese hombre joven cercano a la demencia y en busca de una muerte que acabará encontrando. En esa extraordinaria novela, que doy por sentado que conoces, el papel que juega la vía pública no es el de un mero escenario pasivo en que se desarrolla el drama de dos mundos que fluyen sin dar nunca el uno con el otro, sino que asume la tarea de factor desencadenante de evocaciones y sentimientos.

Esa novela me hace pensar en la conversación que tuvimos la otra noche a propósito de la muerte y hasta qué punto es fundamental no perderla nunca de vista para entender en qué consiste la grandeza inmensa de vivir. Cruzando Victoria Street pudo sentir Clarissa hasta qué punto amaba la vida: «En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterio y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los órganos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio».

Pero ese amor a la vida es también evocación de la muerte propia y la de toda aquella multitud de peatones ociosos o atareados, «cuando Londres sea un sendero cubierto por la hierba y todos los que caminaban presurosos por la calle aquel miércoles por la mañana no sean más que huesos, con unas cuantas alianzas mezcladas con su propio cuerpo y con el oro de innumerables dientes careados». Todo lo que puede dar de sí, para hablar a solas en silencio, el cruzar Piccadilly o Green Park, o detenerse ante un escaparate de Harchards, o contemplar los vehículos de transporte público que recorren Shaftesbury, o reconocer en esa ambulancia que atraviesa Tottenham Court Road, haciendo sonar su sirena sin cesar, uno de esos momentos «en que las cosas se juntaban».


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