dilluns, 23 de març de 2015

Ciudadanía, política y espacio público

La foto es de Ofelia de Pablos y está tomada de ofeliadepablo.blogspot.com.es/
Resumen de la conferencia pronunciada en la Facultade de Socioloxia de la Universidade da Coruña, en el marco del IV Ciclo de Conferencias: "Sociedad en movimiento, redes sociales y participación ciudadana", el 11 de noviembre de 2013. Le agradezco a la profesora Belén Fernández su invitación.

CIUDADANÍA, POLITICA Y ESPACIO PUBLICO
Manuel Delgado

El ciudadanismo es, hoy, la ideología que está acudiendo a administrar y atemperar los restos del izquierdismo de clase media, pero también de buena parte de lo que ha sobrevivido del movimiento obrero. Como se sabe, el ciudadanismo es la doctrina de referencia de un conjunto de movimientos de reforma ética del capitalismo, que aspiran a aliviar sus efectos mediante una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible, entendiendo de algún modo que la exclusión y el abuso no son factores estructurales o más bien estructurantes, sino meros accidentes o contingencias de un sistema de dominación al que se cree posible mejorar moralmente. Esos movimientos –que van desde el voluntariado confesional hasta un cierto radicalismo dramático– se postulan como mediadores –cabría decir mejor cortafuegos– entre los poderes políticoeconómicos y los sectores sociales conflictivos, representando a los primeros ante los segundos y usurpando la voz de los segundos ante los primeros.

Bien podría decirse que, en tanto que instrumento ideológico, la ideología ciudadanista, cada vez más la doctrina oficial de la izquierda más institicionalizada –que prácticamente ha abandonado cualquier cosa que recordase su pasado y sus fuentes antagonistas– se correspondería bastante bien con algunos conceptos que el marxismo colocara un día en circulación en sus propuestas de análisis de la realidad social. Uno de ellos es el de propio Marx y está tomado de su Crítica a la filosofía del Estado de Hegel. Se trata del concepto de mediación, que expresa una de las estrategias o estructuras mediante las cuales se produce una conciliación entre sociedad civil y Estado, como si una cosa y otra fueran en cierto modo lo mismo y como si se hubiese generado un territorio en el que hubieran quedado superadas los antagonismos sociales.

El Estado, a través de tal mecanismo de legitimación simbólica, puede aparecer ante sectores sociales con intereses y objetivos incompatibles –y al servicio de uno de los cuales existe y actúa– como ciertamente neutral, encarnación de la posibilidad misma de superar sus conflictos o de arbitrarlos, en un espacio de encuentro en que las luchas sociales queden como en suspenso y los segmentos enfrentados asumen una especie de tregua infinita. Ese efecto se consigue por parte del Estado, gracias a la ilusión que ha llegado a provocar –ilusión real, y por tanto ilusión eficaz–, de que en él las clases y los sectores enfrentados disuelven sus contenciosos, se unen, se funden y se confunden en intereses y metas compartidos. Ni que decir tiene que las estrategias de mediación hegelianas servían en realidad para enmascarar toda relación de explotación, todo dispositivo de exclusión, así como el papel de los gobiernos como encubridores y garantes de todo tipo de asimetrías sociales. La gran ventaja que poseía la ilusión mediadora del Estado y las nociones abstractas en que se basaba es que podía presentar y representar la vida en sociedad como una cuestión teórica, por así decirlo, al margen de un mundo real que podía hacerse como si no existiesen, como si todo dependiera de la correcta aplicación de principios elementales de orden superior, capaces por sí mismos –a la manera de una nueva teología– de subordinar la experiencia real –hecha en tantos casos de dolor, de rabia y de sufrimiento– de seres humanos reales manteniendo entre si relaciones sociales reales. 

Es a través de los mecanismos de mediación –en este caso, la ideología ciudadanista– que las clases dominantes obtienen su hegemonía, es decir su objetivo de conseguir que los gobiernos a su servicio obtengan el consentimiento activo de los gobernados. Lo hace impregnando lo que –sin dejar la terminología marxista, en este caso deudora de Althusser– son los aparatos ideológicos del Estado, en este caso por medio de un dispositivo pedagógico de amplio espectro, que concibe al conjunto de la población, y no sólo a los más jóvenes, como objetivo de la llamada “educación para la ciudadanía” y la constantes campañas de formación cívica y de lo que no en vano se ha dado en llamar urbanidad. Se trata de divulgar lo que, Sartre –también glosando la noción marxista de mediación– llamaba “el esqueleto abstracto de universalidad” en que las clases dominantes obtenían sus fuentes principales de legitimidad.

Lo cierto es que el ciudadanismo y su retórica civilista es, por ejemplo –y nos detendremos en ese aspecto– el eje argumental que permite mostrar como justos y necesarios un conjunto de leyes y normativas que están sirviendo, en numerosas urbes del planeta, para llevar a cabo grandes campañas de higienización de urbana, consistentes en literalmente linerarlas de cualquier obstáculo humano que pudiera entorpecer las grandes dinámicas de reapropiación capitalista de la ciudad –terciarización, tematización, gentrificación, etc. En nombre de los valores abstractos de la ciudadanía y del civismo es que vemos llevar a cabo la exclusión de los espacios públicos de elementos “indeseables” para la proyección de éste como guarnición de acompañamiento de grandes operaciones urbanísticas, que son al tiempo especuladoras y espectacularizadoras, la monitorización de las prácticas ciudadanas, el acoso contra movimientos sociales disidentes y otras expresiones de los que se da en llamar eufemísticamente “gobernabilidad urbana”. El interés de esas nuevas retórica para la exclusión y el control sociales está, y de ahí su naturaleza de mediaciones en el sentido marxista del término, es que su labor la llevan a cabo convocando y obteniendo el soporte activo de mayorías sociales que son convertidas en un ejército de “buenos ciudadanos” permanentemente ávidos por colaborar con las autoridades en su labor de combatir el “incivismo”, una forma sutil de referirse a lo que en la práctica es muchas veces marginación, pobreza o disidencia política, es decir todo lo que pueda advertir del fracaso de los esfuerzos gubernamentales por convertir los espacios públicos urbanos en proscenios de consenso y convivencia feliz, en los que la desigualdad, el conflicto y hasta la fealdad resultan inconcebibles.




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