dimecres, 6 de maig de 2015

Consideraciones sobre el inmerecido descrédito de la vivienda en bloque

Imágenes de Montbau, en Barcelona, un ejemplo que cite en clase de barrio de bloques de calidad 
Me gustaría detenerme en algo que apareció ayer en la discusión a propósito de las consecuencias de la concepción que el Movimiento Moderno y de la aplicación de los principios de la Carta de Atenas tuvo de la cuestión de la vivienda. Como expliqué, el modelo de vivienda en bloque que empieza a extender en los años 60 y, luego, los grandes polígonos de viviendas han sido modelos de crecimiento urbano muy criticados, sobre todo cuando acabaron sometiéndose al principio de beneficio y la pésima calidad arquitectónica de la mayoría de proyectos. Pero es cierto que la forma de agregación de las viviendas y la provisión de espacios para el encuentro, como la propuesta de nuevas formas de habitualidad o la evidencia de que realmente no había alternativas habitacionales para los grandes cambios demográficos que experimentaron las sociedades urbanas europeas, potenció expresiones de vida colectiva una de las cuales fue justamente la de la movilización para la lucha social, como reclamación y obtención del derecho al uso intensivo y no instrumental del espacio público. Con todos sus inmensos defectos, la construcción de conglomerados de bloques implicó, en un cierto momento, una definición de las expansiones urbanas y de la ciudad misma colocando en primer término la cuestión de la vivienda social, que adquiría así un protagonismo que ni había tenido nunca, ni recuperará posteriormente.

Me detuve en la vinculación entre movimientos sociales y polígonos de viviendas. En efecto, en un determinado momento se produjo en los polígonos de vivienda —acaso a principios de los años 70 del siglo pasado— una traslación al campo vecinal de una dinámica casi idéntica a la que había producido el primer sindicalismo obrero a mediados del siglo XIX, en la medida en que los altos niveles de socialización de los entornos habitados que conocieron las viviendas de masas descubrieron una serie de intereses comunes, en una unidad de vecindad que reproducía las condiciones de concentración capitalista de la producción y la gestión que habían conocido las grandes concentraciones fabriles de la revolución industrial y que estaban en el origen de los primeros sindicatos obreros . Esto se podría traducir, habría que añadir de nuestra parte, que no es lo mismo la lucha de los vecinos-obreros, en tanto que obreros, haciéndose fuertes en sus barrios en las grandes revueltas urbanas contemporáneas, que la lucha de los vecinos- obreros, en tanto que vecinos, los grandes conglomerados de viviendas que rodeaban las grandes ciudades europeas en los años 60 y 70. Se está hablando pues de cómo en estas condiciones se podía producir por primera vez una percepción en clave de lucha de clases del significado del fenómeno urbano.

Entra cuestión entonces un aspecto fundamental en la vieja discusión sobre el valor y el sentido del urbanismo producido por el Movimiento Moderno en materia de vivienda de masas. Si se pusiera el acento en su evaluación positiva en términos de progresismo, tendríamos que, por criticables que fueron con respecto a las condiciones de proyección, ejecución, asignación, mantenimiento , etc. , ese tipo de crecimiento urbano, incluso en sus peores manifestaciones,  respetaron elementos de aquel proyecto moderno de grandes nucleaciones orgánicas de vivienda social, tales como la adopción de islas abiertas , la incorporación de centros cívicos y sobre todo la apología que constituían del modelo de unidad de vecindad. Si, por el contrario, enfrentamos las propuestas racionalistas de grandes concentraciones aisladas de vecindad obrero coma una estrategia a fin de reaccionaria, destinada a generar conformismo entre los trabajadores, lo que tendríamos es que la situación acabaría propiciando más tarde o más temprano que los conflictos latentes acabaran convirtiéndose abiertos y todo ello hiciera posible el  aprovechamiento de los espacios comunes con fines "no deseados", es decir para el conflicto.

Eso es un poco lo que insinué en la clase de ayer, que han sido dificultades a la hora de controlar políticamente y policialmente las ciudades-dormitorio una de las razones que determinado su abandono como tipología a practicar. En cualquier caso, entre los factores que provocaron el declive de los barrios populares de bloques no figura el de la solución definitiva de los problemas de acomodo de los más desfavorecidos que provocaron su generalización. Las abominables y abominadas ciudades-dormitorio de los sesenta y setenta resultaron de una intervención pública que ensayó soluciones a un cada vez más agudizado problema de la vivienda, un problema que hasta entonces había sido aliviado a través de la igualmente detestable solución de la autoconstrucción en agrupaciones chabolistas. Por supuesto que tanto una solución como la otra fueron indeseables y es difícil justificar un elogio tanto del infravivienda chabolista como de la construcción casi fraudulenta de bloques en pésimas condiciones. Ahora bien, eran ciertamente soluciones, y soluciones a un problema que no ha dejado nunca de existir, si es que en ciertos sentidos no se ha agudizado con la persistencia de una demanda que continúa muy activa: la de los jóvenes que, seguramente como vosotros/as, quieren constituir nuevos hogares, la de la gente mayor que sólo puede pagar alquileres muy bajos y, una vez más, como siempre, la proveniente de la inmigración.

Eso es lo que hace elogiable y vindicable esa herencia de las concepciones racionalistas sobre la vivienda obrera. He ahí un objetivo deseable: recuperar lo fue su preocupación por la vivienda social y, al tiempo, reanudar el papel central de la gestión pública en el crecimiento urbano.

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