dissabte, 25 de maig de 2013

"La Bestia y la Ramera". Artículo publicado en El Periódico de Catalunya el 11/2/1997

Artículo publicado en El Periódico de Catalunya el 11 de febrero de 1997

LA BESTIA Y LA RAMERA
Manuel Delgado
   
A lo largo de más de dos mil años, la humanidad ha cono­cido numerosas convulsiones asociadas a las expec­tativas de cumplimiento de una profecía. Este tipo de movi­mientos socia­les ‑milenaristas, profetistas, apocalípticos, escatológicos, mesiánicos, etc.‑ han tenido siempre como de­tonante la apari­ción de individuos carismáticos, consagrados a clamar contra los males que padecía la sociedad, inter­pre­tar como premoni­torios ciertos signos y anunciar el adve­ni­miento inminente de un redentor. Este estaría llamado a lim­piar las impurezas del mundo, restablecer el orden que los injustos habían alterado y castigar a los pecadores, inaugu­rando así una nueva era de felicidad y justicia.

Lo que la sociedad española ha conocido en los últimos tres años es un fenómeno parecido. Un sector de la prensa de Madrid se ha dedicado todo ese tiempo a ex­hortar la necesidad urgente de acabar con el cuadro de ruina social y de falta de higiene moral que ella misma se había encargado de denunciar. La labor de estos predicadores mediáticos ha consistido en dibujar un paisaje apocalíptico, en que seres intrínseca­mente malvados habían impuesto una abominable tira­nía toda ella hecha de injusticias, críme­nes y corrupción. En el imaginario cristiano, esta pues­ta en escena de la actuali­dad periodísti­ca homologaría automáticamente a Felipe González y al PSOE con la Bestia y la Ramera a la que alude el Apocalipsis de San Juan.

El objetivo de estos profetas ‑los Pablo Sebastián, Pe­dro J., Ussía, Jiménez Losantos, Ansón, etc.‑ ha sido claro: crear en el país un clima asfixiante de ansiedad colectiva, conse­cuencia de lo que se presentaba como un país emponzoña­do, en que nada funcionaba y donde todo había quedado a mer­ced de la des­honestidad, el te­rrorismo, el paro, la mi­se­ria, etc. Esa dictadura del Mal sólo podía ser derro­tada por la interven­ción providencial de un Salvador, cuya venida ali­via­ría la angustia social que sus propios anun­ciadores se habían encar­gado de suscitar.

La evidencia llevaría a la siguiente conclusión: estos profetas habrían sido instrumentos al servicio del Partido Popular, comisionados por éste para provocar un ambiente de cataclismo social, político y económico, capaz de traducirse en la opi­nión pública en una exi­gencia de clari­dad y certeza, así como de un cam­bio que sanase la infección moral que afec­ta­ba al tejido social e impusiese la rectitud y la honra­dez en el gobierno de España. Ese cambio debería estar diri­gido por un personaje como Aznar, que arrancaba con escasas cuali­dades mesiánicas, pero en el que episodios como el de su ­frustrado intento de asesinato habían conseguido instalar una cierta baraka o virtud carismática.

Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si el Esperado no fuera realmente Aznar? ¿Y si la gran batalla con­tra el Anticristo no fuera la del próximo dia 3, sino más adelante, una vez quedase claro que el líder del PP no encabeza catarsis algu­na, y ni castiga a los pérfidos ni nos libe­ra del todo de los males que se supone que nos afligen? Pode­mos suponer que es el Partido Popular quien ha controlado a los propagandis­tas del desastre que claman en ciertas emiso­ras o desde las pági­nas del ABC o El Mundo. Pero, ¿y si fuera al revés? ¿Qui­én nos asegura que no es el PP quién ha acabado convirtiéndo­se en rehén y marioneta de sus aparen­tes procla­madores?

Podría pasar que, una vez el PP instalado en el poder, los profetas mass-media, fingiéndose decepcionados por un fracaso de sobras anunciado, decidiesen no dejar de vociferar ante una catástrofe que sólo ellos se consideran de veras legi­timados a corregir. Entonces, a buen seguro que elevarían de nuevo sus voces terribles para reclamar más purificación, más castigo, más redención, porque ni el PSOE era la Ramera, ni Felipe González la Bestia, ni Aznar el Elegido. Desde sus columnas, bramando en sus tertulias, le dirían al pueblo: "¡Mirad más lejos, mirad más alto. Allí vereís a los verdade­ros culpables de vuestra desgracia. Acabad con ellos y devol­vereís a España al recto camino que nunca debió abandonar!"                  



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