dijous, 30 de juny de 2016

Consideraciones sobre la vigencia de la fe


La fotografía es de Alison McCauley
La publicación cristiana Revista 21, por medio de su redactora jefa María Ángeles López Romero, me envió un cuestionario para que lo respondiera. La autora me ha dado permiso para reproducir en este blog las contestaciones enviadas. La revista es heredera de Reino Social, fundada en 1918 en honor del Padre Damían –el que encarnaba Javier Escrivá en la película "Molokai". Su página es 21rs.es. Vaya esta entrada con un saludo de simpatía a la revista y a su redactora jefe.

¿Los seres humanos seguimos creyendo con el transcurso de los siglos en las mismas cosas aunque las nombremos de forme diferente?

No existe manera alguna de saber en lo qué creían o creen otros seres humanos de otras épocas o de otros sitios. Podemos saber total o parcialmente qué hacían en relación con lo invisible y llegar a alguna inferencia a propósito de qué tipo de convicciones lo justificaba a posteriori. De todos modos, es discutible que el ser humano entonces y allí o ahora y aquí haya hecho algo como consecuencia de sus creencias. Más bien podría pensar que creemos lo que se adapta a nuestras experiencias y nuestra conducta real en cada contexto. En cualquier caso, nada nos permite sostener que lo que hoy reconocemos como creencia religiosa corresponda a una característica inmanente al ser humano. Es más, probablemente la inmensa mayoría de humanidad ha existido sin un lugar para la idea de Dios. No es que no haya creído en Él, sino que ni siquiera se ha hecho ninguna concepción a propósito suyo y no ha albergado nada parecido a una idea de trascendencia. Pensar que nuestra forma de concebir y no digamos practicar la religión es universal es un ejemplo claro de etnocentrismo.



¿La fe religiosa es semejante a otros conjuntos de creencias o tiene sus peculiaridades?

La fe es una convicción puramente privada que nos permite afirmar la existencia de realidades que nadie ha visto ni verá confirmada. En ese sentido las adhesiones que nos merece la patria o el sentimiento amoroso son de la misma naturaleza que la creencia en Dios. Corresponden a algo de lo que estamos profundamente seguros, no a pesar de que no podremos demostrar nunca su existencia, sino justamente por eso. 

¿Somos en estos tiempos tan devotos de la ciencia, la tecnología o la estadística como lo éramos antes de las vírgenes o los santos?
Sin duda. Ciencia y religión no son lo mismo. Ambas se interesan por lo oculto, pero las religiones poseen la verdad y la ciencia sólo la busca, sin dar con ella por completo jamás. La religión proclama un conocimiento intuitivo y radical de lo cierto, mientras que la labor del científico consiste en una indagación por los mecanismos que rigen el universo en todos y cada uno de sus aspectos que no puede ser en modo alguno saciada, puesto que es por definición infinita. Otra cosa es que la recepción y el uso populares de los saberes científicos o tecnológicos hayan tenido tan fuertes connotaciones ideológicas que no hayan podido evitar sobrecargarse de una dimensión mística y soteriológica que los acerca a la religión.

A veces parece que las religiones actuales estuvieran vaciándose de fe para alimentarse de otras cosas como la tradición, la supervivencia de la institución, la idea de grupo... 
Es pertinente separar fe de religión. Ese principio es algo que aprendí de un profesor que tuve en el Seminario Conciliar de Barcelona, un escolapio que daba clases de interpretación bíblica cuyo nombre lamento no recordar –no lo merece– respondiendo a una pregunta que le hice por las implicaciones teológicas de la reliquia de la Santa Carne Verdadera de Calcata. La fe –nos explicaba– tiene que ver con la experiencia del corazón, la manera como el Espíritu Santo puede comunicarse directamente con nosotros a través de una vivencia que es intrínsecamente íntima y espiritual. La religión es el conjunto de ritos y creencias que conforman un determinado sistema, al que le podemos dar diferentes nombres, pero que se funda en verdades proclamadas no por fuerza vividas y en conductas externas a las que puede acompañar o no una adhesión sincera a aquello a lo que se rinde culto. 

¿Comparte aquella expresión de Rahner, aplicable también a otras religiones, de que el cristiano del siglo XXI será místico o no será?
Por descontado que ya es irreversible el proceso que lleva a sostener que las únicas formas legítimas de religiosidad son las que asumen su acuartelamiento en la experiencia íntima, esa vivencia profunda de lo sagrado que es el núcleo fundamental de la revolución cultural protestante y de su principal aportación conceptual, que es la del sujeto, fundamento a su vez de nuestra idea de mística. En ello consistió precisamente el proceso de secularización, que no fue sino el de relegamiento de la comunicación con Dios al ámbito estrictamente privado, con el consecuente descrédito de la experiencia sensible y del mundo de la criatura en general como proveedor de sentido. De ahí se deriva la jerarquía de las prácticas y creencias religiosas que coloca en su nivel inferior y más desdeñable las más extrovertidas. Ahí conviene ser prudente, puesto que ese es uno de los argumentos centrales de las modernas formas de racismo, que fundan su desprecio por otras culturas en buena medida en su adhesión a formas externas de religiosidad.

En Madrid se ha inaugurado un templo dedicado al ateísmo. ¿Tiene sentido o es una paradoja en sí mismo? 
En absoluto. El agnóstico se desentiende del problema de la existencia de Dios, ya sea por ignorancia o desinterés. El ateo en cambio es un creyente en Dios, en el sentido que toma una posición clara al respecto, en este caso negándolo. Eso en nuestra sociedad teísta. No hay que olvidar que hay millones de ser humanos que profesan hoy en el mundo religiones ateas, como el budismo.



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