divendres, 14 d’octubre del 2022

América: la matanza continua

Protesta yanomami en noviembre de 2011.
Tomada de 
survivalinternational.org

Artículo publicado en El Periódico de Catalunya el 25 de agosto de 1993. 

AMÉRICA: LA MATANZA CONTINÚA
Manuel Delgado

Ya nos cansamos de repetirlo quienes, medio amordazados, condenados a hablar desde las catacumbas, apaleados y detenidos en la calle –como el catedrático de la UAB Joan Martínez Alier-, quisimos explicar las razones de nuestra abominación del Quinto Centenario de la conquista de América: no se trataba de denunciar lo que pasó entonces, sino lo que no ha dejado de suceder hasta ahora mismo, el horror que lleva 501 años devastando paisajes, vidas y saberes de América.

En efecto, la destrucción del entorno, la aniquilación de las culturas y la matanza de indios no ha cesado ni un solo momento desde 1492 hasta hoy. Casi siempre en silencia, aunque de vez en cuando trasciendan noticias como la que estos días nos ha hablado de la carnicería de que han sido víctimas en la selva amazónica, casi al mismo tiempo, 55 asháninkas, a manos de Sendero Luminoso, y 40 yanomanis, víctimas de los garimpeiros o buscadores de oro. Último episodio de la historia de cinco siglos de desolación de selvas, cordilleras y llanuras americanas, de exterminio de 50 millones de indios y de condena a la miseria y a la postración de los sobrevivientes, todo ello a manos de los europeos, de sus descendientes y del concepto de universo que trajeron con ellos.

En esa colosal labor de aniquilamiento físico y cultural de los indios americanos la que todavía no ha concluido, protagonizada o no con la complicidad de los propios gobiernos americanos, cuyas fundaciones de protección al indio no son más que una coartada para recibir subvenciones internacionales y para crear un nuevo funcionariado. En Chile se ha encarcelado a los indios mapuches que intentaron recuperar sus tierras; en Bolivia el año pasado se acusaba de terrorismo a 39 aymaras; México conoce asesinatos recientes, como el del dirigente indio Elpidio Domínguez, en Estados Unidos el líder anishinabe-lakota Leonard Peltier continúa encarcelado desde 1977, sentenciado a dos cadenas perpetuas; todavía se recuerda la auténtica guerra que enfrentó a los mohawks contra el Ejército de Canadá en 1990 o, aquel mismo año, las matanzas de indios maya-quiché –el pueblo de Rigoberta Menchú- a manos de las tropas guatemaltecas.

El exterminio de los indios escoge con frecuencia la vía de la eliminación física, pero también la de destruir su ámbito natural y privarles de sus recursos de subsistencia, condenándoles al hambre y a la enfermedad en los reductos en que se les confina, o a la semiesclavitud. Los estragos que produce la deforestación en la selva amazónica son el caso más conocido de ello, pero no el único. Hace un año, representantes indios canadienses llegaban en canoa al puerto de Barcelona, para reclamar de su Gobierno la cancelación del proyecto Hidro-Quebec, que pretende anegar 550.000 kilómetros cuadrados en los que viven 11.000 kree y unos 7.000 esquimales inuit.

Así fue y así continúa siendo. Y todo ello no porque la civilización de los blancos sea superior en algo, excepción hecha de en tecnología militar. No hace falta recurrir al ejemplo de las culturas maya, inca o azteca, en tantos sentidos más avanzadas que la nuestra, sino el propio caso de los indios amazónicos. De ellos escribía Robert Jaulin que la muerte de uno solo equivalía a la desaparición de toda una biblioteca. Los mismos yanomanis, de quienes se ha podido leer estos días que “viven en la edad de piedra”, son poseedores de un sistema cosmológico y de una organización familiar cuya complejidad convierte a los nuestros en primitivos. La lectura de esa preciosa obra que es Yanoama,de Ettore Biocca,podría ser una buena introducción a la sofisticada cultura de unos indios cuya vida, por lo que acabamos de ver, bien poco vale.

Ahora, nos llega la noticia de estas masacres. Pero, ¿tenemos derecho a escandalizarnos? Estos indios, entre ellos mujeres y niños, han sido torturados, mutilados y degollados por sus verdugos por no haberse querido convertir a la fe verdadera de turno o por haberse interpuesto en el camino de quienes todavía andaban buscando El Dorado. ¿Pero qué sino hazañas como ésas, multiplicadas por cientos de miles, fue lo que con tanto boato celebramos el año pasado? Fue de esa misma sustancia de cobardía, de espanto y de muerte de la que estuvo hecha la gesta a cuya demencial exaltación se consagraron miles de millones en 1992.

Pero, ¿cómo podemos clamar al cielo por lo que está sucediendo hoy en la ex Yugoslavia, si fuimos capaces de hacer la apología del inicio de la mayor limpieza étnica que han conocido los tiempos? ¿Sobre cuántos millones de asesinatos, torturas, violaciones, injusticias –que todavía continúan produciéndose en este mismo instante- se levantaron el orgullo patrio, los fastos del 92, los discursos inflamados de los jerarcas, el esplendor de la Expo de Sevilla?

Y, sobre todo, ¿qué nos dio y nos da derecho a sentirnos más civilizados que los indios americanos? ¿Quiénes fueron y siguen siendo los salvajes?



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