Del artículo "Tránsitos. Espacio público, masas corpóreas", en A. Ortiz-Osés y P. Lanceros, eds., La interpretación del mundo. Cuestiones para el tercer milenio, Anthropos, Barcelona, 2006, pp. 111-132.
EL CUERPO COMO ACAERCER
Manuel Delgado
Fue Leroi-Gourhan (El gesto y la palabra, Universidad
Central de Venezuela) quién percibió
como toda estética reposa sobre la conciencia de las formas, pero sobre todo
sobre la conciencia del movimiento. El
gesto, como irrupción operativa y transformadora del cuerpo en el espacio, está
sometido a los ritmos. Éstos son, en primer lugar, viscerales, comunes con la
animalidad y, más allá, con la vida, puesto que la asociación forma-movimiento
es consubstancial a no importa qué comportamiento activo. Todos los seres
animados lo son a partir de las respuestas motrices que dan a los ritmos
externos –alternacias del día y la noche, de las estaciones– e internos –las
cadencias fisiológicas– que perciben y sobre las que se inscribe toda
actividad.
Los ritmos primarios, las sinergias elementales, se
relacionan, también entre los humanos, con la conducta nutritiva, con los ritos
del apareamiento, con el comportamiento tempo-espacial y la adaptación a un
medio cualquiera en general. Ahora bien, en el ser humano, esos ritmos básicos
se trascienden y alcanzan una dimensión tanto ética como estética. El
movimiento es ahora, cuando es un humano quien lo ejerce, objeto de
especulación formal, al tiempo que la forma es dotada de un dinamismo que
tiende a distorsionarla y convertirla en símbolo. Ese uso específicamente
humano del ritmo no consiste en adaptarse a los ambientales o endógenos, sino
justamente en lo contrario: en alterarlos, en contrapuntuarlos, en
desmentirlos, ya sea por la aceleración, ya sea por la negación. Y es ahí que
entra en juego el ritmo del trabajo, la sincronía en los andares, las
repeticiones rituales, pero ante todo la danza y las técnicas del éxtasis,
consistentes en el desajuste, la ruptura del equilibrio rítmico, la convulsión,
el desbaratamiento de toda armonía natural.
Eso por la vía del desquiciamiento que produce de la danza
frenética que lleva a la posesión, la cadencia obsesiva que permite el viaje
chamánico o el simple aceleramiento del
ritmo respiratorio, que permite ciertas formas de alteración mística de la
experiencia. Pero también se puede llegar a idénticas metas por el camino de
una negación radical de los ritmos, por medio de la ascesis absoluta, la
abstinencia sexual, el ayuno, la inmovilidad total, la danza quieta, tal y como
las concepciones orientales del cuerpo nos han enseñado. En un caso y en otro,
Leroi-Gourhan cita el ejemplo del acróbata y el danzante como las pruebas de
esa capacidad humana de generar universos en los que la esclavitud operatoria
ha quedado abolida y donde ya no rige el peso ni el equilibrio. El ritmo ya no
es el de la naturaleza, sino el que la colectividad dicta, puesto que hasta en
la soledad del asceta está presente el
grupo. El esqueleto y la musculatura ya no son entonces un mero instrumento
para la supervivencia, sino el puente que permite toda inserción significativa
en el universo.
Ni que decir tiene que esa virtud de la danza para enunciar
radicalmente los usos específicamente culturales del cuerpo continúa vigente.
Las películas, las comedias musicales o una danza contemporánea que parece
preferir escenarios públicos así lo explicitan, al darle a los protagonistas de
la interacción en público imaginaria la oportunidad de dejar de hablar con
palabras para pasar a emplear intensivamente el propio cuerpo. Las
somatizaciones a que los actores y actrices musicales o los bailarines se
abandonan para expresarse –en un momento dramático en que, en efecto y como en
la posesión, sólo pueden contar en última instancia con su propio cuerpo– no
hacen sino radicalizar esa percepción de que no es que el cuerpo sirva para
comunicar subrogadamente cuando fracasa el lenguaje hablado, sino que toda
comunicación –incluyendo la verbal– es, en último término, corporal. La
cinésica y la proxémica hablaron en efecto del lenguaje como un conjunto de
gestos verbales y la semiótica ha puesto de manifiesto como toda enunciación
lingüística no hace otra cosa que trasladar al lenguaje verbal movimientos del
cuerpo, como lo demuestra la sistemática utilización que hacemos de esquemas
corporales para nuestras metáforas. Como ha señalado Paolo Fabri en El giro semiótico (Gedisa), toda experiencia tiende a ser enunciable en
última instancia a través de metáforas del cuerpo, es decir, de figuras que
conciben el cuerpo como un magma adaptable a todo estado de ánimo o a cualquier
sensación, por abstractos que éstos pudieran resultar.
Entendemos ahora cómo sostener la naturaleza socialmente
construida del cuerpo es lo mismo que reparar en la condición corporalmente
organizada de la sociedad. Socialización es ciertamente somatización. Toda
expresión, toda comunicación humana, cualquier intercambio social, acaban
siendo, por ello, incorporados, en el sentido de reducibles o ampliables a una
experiencia corporal del mundo. Es tal principio, acaso siempre de algún modo
intuido, el que se encuentra en la base de esa expresividad radicalmente
somática que es la danza, asociada no a la capacidad expresiva de un supuesto
interior inmanente sino como una modalidad expeditiva de sociabilidad, cuya
manifestaciones extremas serían –por la confianza primordial que depositan en
la musculatura, los apéndices, los tendones, las articulaciones, las membranas,
la piel...– el amor sexual y la lucha cuerpo a cuerpo. En el baile nos
encontramos con una sociedad que, en efecto, es sociedad de cuerpos que se
mueven y, por tanto, de energías, entrecruzamientos, cambios de posición,
miradas. Sociedades a primera vista, en el sentido de que los concertantes
están en presencia física inmediata unos de otros y deben inferir quién es cada
cual a partir de las marcas evidentes, insinuadas u ocultas que se inscriben en
la superficie del otro.
Es fácil entender entonces por qué ese espacio consagrado a
una forma específica de sociabilidad basada en la danza al que llamamos baile
ha tenido esa virtud de devenir metáfora de la vida social en general. El baile,
en efecto y por mucho que aparezca bajo un aspecto trivial, es –se sabe bien–
un verdadero acelerador de partículas de la vida social, un escenario en que
contemplar cómo se agudiza la sociedad como juego de conexiones y cómo en ese
juego el cuerpo asume un papel mucho más que protagonista. El espacio que sirve como lugar de encuentro
de quienes deciden salir a bailar en el entoldado, la sala de fiestas, la
discoteca, el guateque, etc., no hace, por lo demás, sino conducir a sus
últimas consecuencias las mismas lógicas que rigen en la calle y en los demás
espacios públicos, como si de pronto esas potencialidades larvadas que pueden
intuirse en la vida cotidiana merecieran la posibilidad de realizarse, como si
las miradas cruzadas casualmente en el metro o en cualquier terraza de un café,
pudieran completar una negociación iniciada en silencio y a distancia, como si
todas las sociedades que al menos dos personas están a punto de generar siempre
–y que quedarán abortadas inmediatamente– gozaran de una segunda posibilidad.
Zona franca, liberada de aduanas y peajes, en que dejarse llevar por la pura
discontinuidad de los aconteceres, apertura a un juego consistente en agudizar
la misma tarea liminal de la calle, y que no consiste sino en remover
constantemente las fichas de lo social y en permitirle a cada cual negociar los
términos de una identidad que ha devenido, de súbito, una pasta que se adapta a
cada circunstancia, que se amolda como puede su aspecto y que gasta su tiempo
en una gama inmensa de actividades, que van de la exhibición al disimulo.
Se entiende también que la calle sea el espacio social por
excelencia. En ella –ese dominio que no puede ser nunca del todo dominado–
contemplamos los mejores momentos de eso que Mauss llamó sabiamente, en un
artículo con el que nunca nos mostraremos suficientemente deudores, “las
técnicas del cuerpo”, la magia de la más
simple postura de la mano, del ademán, ejecutado además por quién sólo es ese
desconocido para nosotros, una masa corpórea con rostro humano. Es en ese
enigma que camina y con quien nos cruzamos en que se resume esa cierta verdad
del gesto, del acto realizado, pero también de todos los potenciales de que
podría ser motor, la pluralidad ilimitada de expresividades y energías, la
súbita actividad frenética no sólo del otro, sino de todo lo otro, lo deseado
en secreto y lo temido que el desconocido literalmente encarna.
La vieja analogía entre cuerpo y ciudad, a la que Sennett
dedicara una excelente obra (Carne y
piedra, Alianza), recibe ahora, con
todo lo dicho, un importante matiz. A la ciudad concebida por el arquitecto o
el urbanista le corresponde un cuerpo hiperorgánico, una máquina tan perfecta
como la que imaginaran Wright o Le Corbusier en sus proyectos, tejido celular
preciso, con su corazón, sus intestinos, su aparato locomotor, su sistema
nervioso y circulatorio, su cerebro, pero si sexo, sin deseo, sin el
estremecimiento que procura la carne, sin la tensión que suscita la actividad
muscular, sin poros, ni piel. Frente a ese cuerpo acabado con que sueña la
ciudad planificada, el cuerpo inacabable de la ciudad real, de lo urbano. De un
lado, cuerpos que son o que están, puesto que todos y cada uno de ellos es un
estado, tan estado como la ciudad-Estado en que son instalados bajo control y a
condición de que permanezcan en todo momento localizados y previsibles. Del
otro, una sociedad de cuerpos que permanecen siempre en danza, cuerpos que en
este caso ni son ni están, sino que suceden; que pertenecen no al orden de la
estructura y de la función, sino del acontecimiento. A un cuerpo reversible y
mesurable, fijado al suelo de su estructura –la ciudad como sitio sitiado– se
le opone o le permanece indiferente otro cuerpo idéntico a lo urbano, un cuerpo
nomádico, que camina, que se arrastra, que salta, que se revuelca, que sólo
sabe de intensidades, que no es ni siquiera propiamente una anatomía, sino una
amalgama indiferenciada de pensamiento, de carne y de deseo.

Una observación, la domesticación urbana del cuerpo de los niños. La calle ya no es el ámbito en el que se socializan. ¿Qué opina?
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