Dediqué la primera parte de la clase a mostraros cómo,
en España, las proclamas favorables a la eliminación del catolicismo de la faz
de la tierra y los acontecimientos iconoclastas quisieron afectar el nivel más
estratégico de la organización social, aquel de cuya desarticulación dependía
la incorporación de España al orden de la modernidad capitalista. El objetivo
de las agresiones era, por encima de todo, la eliminación o la desactivación de
los elementos del paisaje considerados incompatibles con un orden civilizatorio
en proceso de construcción. Los lugares y momentos a aniquilar eran
interpretados como focos desde los que actuaban, más allá de la política y la
economía, los niveles más profundos y determinantes del sistema de mundo
todavía hegemónico. Las explosiones milenaristas –incluso tan laicas como las
españolas contemporáneas– se producen en relación con esa dislocación en la
organización de la experiencia que se deriva de la transición al mundo
moderno. El desplazamiento histórico actúa aquí en el sentido de desarbolar
urgente y violentamente los viejos poderes que lastraban la emancipación de
lo privado.
La iconoclastia de masas, tal y como se da en España
hasta 1936, sucede como lugar fundamental de una dinámica, ya concluida en
la mayor parte de países de Europa occidental y largamente aplazada aquí, que
desembocaba en la implantación de un nuevo estado de cosas social, económico
y político, a costa del sacrificio, traumático casi siempre, de los antiguos
modelos de institucionalización religiosa del orden societario. Las
grandes corrientes heréticas y reformistas que recorrieron Europa durante
siglos, expresando a su paso un odio cerval contra el clero, deben ser
pensadadas en tanto que forzadoras ya del confrontamiento entre una cultura
tradicional fundada en la omnipresencia de Dios en el mundo y una cultura de la
modernidad centrada en la autonomización de lo mundano. Ese cambio no se había
producido en España. España, sin Reforma, era un país rezagado, pendiente
todavía lo que Trevor‑Roper había llamado la «asignatura protestante»,
una apreciación que, si hubiera que dar por buena una lectura secuencializada
más o menos homologable del acceso a la modernidad religiosa, podría ser extensible
a ese otro episodio ignorado que fue el propio milenarismo en España, que no
sólo no conoció las revoluciones puritanas que se extienden por Europa a partir
del siglo XVI, sino que tampoco fue escenario de algo que se pareciese a las
grandes movilizaciones populares de signo apocalíptico que recorrieron el
continente durante siglos, con la excepción de los irmandiños del siglo XV, un
movimiento quiliásmico de nulo contenido iconoclasta.
Lo cierto es que en demasiados aspectos, repitámoslo,
era escasa la diferencia entre el lenguaje de los amotinados anticlericales de
la España contemporánea y el de, por ejemplo, los que asolaron las iglesias
católicas en los Países Bajos en el último trimestre de 1566, sobre todo por lo
que hace a una parecida ansiedad suscitada por las imágenes religiosas.
Hobsbwan estaba convencido de que alguien, algún día, haría figurar en los
libros a los anarquistas en el mismo apartado que los anabaptistas, lo que da a
entender que no estaba al corriente de que Karl Mannheim ya
lo había hecho en uno de los suyos –el más influyente Ideología y utopía–, al definir a los seguidores de Bakunin como continuadores del milenarismo utópico de
tipo extático, del que el más sobresaliente ejemplo histórico fueron
precisamente los campesinos de Münzer. Ni en los códigos desplegados, ni en la
furia desatada en saqueos e incendios por los movimientos mesiánicos bajomedievales
y las revoluciones puritanas modernas deberían resultarles desconocidos a
quienes supieran de los argumentos, formas y resultados de la iconoclastia
española reciente, empezando por la convicción de que era mucho más perentorio
e inaplazable el desguace del aparato simbólico-ritual en vigor que la lucha
contra los poderes temporales o de clase, y acabando por un acento
escatológico que se traducía en violencias típicamente asociadas durante
siglos al cumplimiento de las profecías de redención social.
Que librepensamiento o masonería implican casi
consustancialmente anticlericalismo, pero no por fuerza iconoclastia, queda
todavía más claro en el caso latinoamericano. No se puede hablar allí de algo
parecido al anticlericalismo de masas español, con la excepción del ya aludido
populismo callista en el México de los años 30, o de algún otro caso
esporádico, como el del incendio de la Curia, el asalto a la catedral y los
ataques con cócteles molotov contra iglesias en Buenos Aires en junio de 1955,
consecuencia del ambiente que había creado la derogación de la ley de enseñanza
religiosa por Perón el año anterior, la airada reacción eclesial al respecto y,
sobre todo, la intentona militar del día 11 de aquel mes. El siglo XIX conoció
en América Latina movimientos de independencia fuertemente influenciados por
los ideales ilustrados, liberales y masónicos, con su consecuente factor
jacobino, librepensador y anticlerical. A pesar de que en todos los casos se
registran dinámicas de secularización, destinadas a restringir al máximo el
papel de la religión en la vida civil, la presencia de agitaciones iconoclastas
es prácticamente nula en los respectivos procesos de construcción nacional. En
casi todos los casos, los nuevos Estados se autoproclamaron católicos y no
pretendieron una laicización taxativa de la sociedad. Por ejemplo, en Perú, las
posiciones anticlericales de Vigil son una relativa excepción, cuya incidencia
real en la construcción del país fue relativa, y el furibundo anticlericalismo
de los seguidores de González-Prada, la expresión local del radicalismo, a
lo más que llegó fue a mermar en algunas provincias el índice de práctica
religiosa. A pesar del modelo que en todo momento le prestó el PRI y haber
convivido durante la época de exilio –la dictadura de Juan Vicente Gómez– con el fenómeno iconoclasta en México,
al Partido Revolucionario Venezolano le pareció que «el desbordado
anticlericalismo callista era erróneo e irrepetible para Venezuela». En
Colombia, a pesar del encono entre liberales y conservadores a lo largo de todo
el siglo XIX, ni siquiera durante la guerra de 1876 se conocieron actividades
masivas de signo anticlerical y las agresiones aisladas contra miembros del
clero –sin que ninguno resultara asesinado– y los actos sacrílegos o blasfemos
corrieron a cargo de la soldadesca.
En España, tampoco el socialismo español
tenía inscrito un contenido anticlerical explícito, cuanto menos de entrada o
como cuestión prioritaria, y mucho menos se le podría encontrar alguna
responsabilidad ideológica en la destrucción ritual de imágenes, a pesar de que
hay destrucciones y atentados en masa en zonas bajo dominio de la UGT y el
PSOE, como el País Vasco, Asturias o Castilla-La Mancha. En Francia, el
antieclesialismo republicano‑burgués decimonónico había sido denunciado por
los socialistas, que siempre contemplaron la insistencia antieclesial de
teóricos como Gambetta como un ejemplo –y esta sería una cuestión en
la que tanto habría de insistir Jules Guesde frente a Jaurés– de la duplicidad de la burguesía, una
estratagema banalizadora que garantizaba «el atontamiento del obrero y la
tranquilidad del burgués», por decirlo en palabras de Émile Faguet. En España Pablo Iglesias había advertido del error que implicaba
excitar al proletariado para que dirigiese su actividad y su energía contra
la Iglesia antes que contra la patronal. Los trabajos sobre los ambientes
socialistas en la Andalucía rural de los años 30 ponen de manifiesto como, con
relación al papel de la Iglesia, UGT y el PSOE no hacen sino adaptar los
cánones del anticlericalismo liberal.
Lo mismo podría decirse del comunismo, a
pesar de que el POUM aparece con frecuencia mezclado en los incendios de julio
del 36 en Cataluña y que el franquismo atribuyó sistemáticamente los desmanes
contra el culto católico a los «rojos». En 1909 Lenin se
vio obligado a alertar sobre un anticlericalismo que contemplaba como una deformación específicamente
liberal-burguesa. En algunos países en que se impuso el «socialismo real»
–Unión Soviética, Camboya, Albania–, se derribaron lugares de culto, pero no de
hubo grandes tumultos populares, ni se destruyó el patrimonio artístico, ni se
montaron escenificaciones incendiarias... Cuando, por ejemplo, en los años
treinta se derroca la catedral ortodoxa de la Santa Madre de Kazán, en la Plaza
Roja de Moscú, para instalar en su lugar unos urinarios, los actores son
obreros de la construcción y el motivo la remodelación urbanística de la
capital. El exhaustivo trabajo de Ricard Vinyes sobre el ambiente social-marxista en la
Cataluña contemporánea no sólo no recoge una presencia inmanente del
anticlericalismo, sino que muestra a los primeros comunistas catalanes atravesados
por ideas y modelos inspirados en la cultura religiosa popular de su época, de
los martirios de los santos a la obra de mosén Cinto Verdaguer.
Ni siquiera el anarquismo tenía en su programa un
lugar para la destrucción sistemática de templos e imágenes, por mucho que
fuera a la CNT-FAI a quien más se aluda en las culpabilizaciones. Ha habido
quien ha interpretado, en ese sentido, que el anticlericalismo anarquista fue
parte de una astucia del librepensamiento burgués y masónico en orden a atraer
al proletariado hacia un movimiento interclasista estable afín a sus intereses.
Es posible que los anarquistas hubieran encabezado motines anticlericales, pero
es del todo presumible que de no haber estado presentes militantes
anarcosindicalistas en los hechos, éstos se hubiera producido exáctamente
igual. Los asesinatos rituales, las profanaciones, las parodias y los incendios
que tienen en lugar en España antes de los años 30 y a lo largo de más de un
siglo son obra de grupos no organizados políticamente, la identificación
ideológica de los cuales es poco menos que imposible. Ni siquiera los
«malvados» radicales republicanos, a los que sistemáticamente se atribuye la
orientación interesada, reaccionaria y demagógica de los disturbios
anticlericales de 1909 en Barcelona fueron culpables directos de aquellos
acontecimientos. Como ha señalado Romero‑Maura, el Partido Radical nunca asumió como su
enemigo objetivo a la Iglesia y sólo a posteriori incorporó la defensa
apologética de las quemas de templos y conventos.
Tampoco la violencia revolucionaria en
España tenía incorporada a sus lógicas los ataques contra el clero como un
requisito indispensable. Las insurreciones en las que a principios de los años
30 se proclama el comunismo libertario se mantienen indiferentes ante los
representantes y representaciones de la Iglesia, con alguna excepción aislada
como la de Sollana, en enero del 32, cuando un sacerdote fue herido por los
anarquistas en un intercambio de disparos. Hubo significativos casos de
revuelta popular en las que la cuestión religiosa y el papel del clero pasan
desapercibidos. Así, entre 1932 y 1934, levantamientos anticaciquiles tan
importantes como los de Castilblanco, Arnedo o Jeresa transcurren trágicamente,
pero sin que se interpele a los curas ni se ataque iglesias o conventos. En los
sucesos de la población extremeña de Castilblanco, en que cuatro guardias
civiles fueron linchados por los vecinos, la documentación del proceso,
recopilada por los defensores socialistas de los acusados, no menciona apenas a
la Iglesia ni al «problema religioso». De hecho, durante la revolución
anarquista de enero de 1933 no se produce énfasis alguno en atacar edificios
religiosos, y sí instalaciones militares o policiales. En el episodio mejor
estudiado de aquella revuelta –el de Casas Viejas–, no se registra ninguna
agresión anticlerical, a pesar de que el papel atribuido a la Iglesia en aquel
contexto la hubiera hecho merecedora de ataques violentos como los que había
padecido o habría de padecer más tarde.
No quiero hincharos de bibliografía, que
sé cómo vais de trabajo ahora. En cualquier caso dejadme unas recomendaciones
por si os interesa el caso lationamericano que ha planteado en clase como
fuente de comparaciones. El anticlericalismo en Colombia aparece apunta en G.M.
Arango, La
mentalidad religiosa en Antioquia. Prácticas y discursos, 1828-1885 (Universidad
Nacional, Medellín, 1993). Interesantísimo el caso del México callista, sobre
todo bajo el mandado de Garrido en Tabasco. Miraros [1]
Cf. C. Martínez Assad, El
laboratorio de la revolución. El Tabasco garridista, Siglo XXI, México DF., 1991. Interesante
igualmente el caso argentino, Roberto di Stefano sobre su "Ovejas negras.
Historia de los anticlericales argentinos", Sudamericana, Buenos Aires,
2010.
Otro tema que me interesa que os interese es el del
desmarcameniento de la izquierda socialista de lo que entendía que era el
desviacionismo burgués que suponía el anticlericalismo, es decir la instalación
de la Iglesia como primer enemigo a batir. Para eso miraros A. Mellor, Historia
del anticlericalismo francés, Mensajero, Bilbao, 1967, [1]
Sobre la actitud de Pablo Iglesias y los socialistas respecto de la Iglesia,
véase V.M. Arbeola, Socialismo
y anticlericalismo, Taurus, Madrid, 1973, o el artículo de J. Lalouette, «El anticlericalismo en Francia,
1877-1914», en Cruz, dir., El anticlericalismo, Ayer, 2002, pp. 15-38. Y sobre la denuncia de
Lenin al respecto, la encontraréis en «Actitud del Partido Comunista ante la
religión», en C. Marx, F. Engels y
V.I. Lenin, Acerca del anarquismo y el
anorsindicalismo, Progreso, Moscú, 1976. Sobre la “contaminación” reformista de los
anarquistas, sobre todo por la influencia masona, miraros el artículo de Pere Sánchez Ferré, «Maçoneria, anarquisme i republicanisme»,
en Ies. Jornades sobre Moviment
Obrer a l´Arús,
Associació d´Amics de la Biblioteca Pública Arús, Barcelona, 1991. Me parece
muy significativo el que en Castilblanco no se produjeran altercados
anticlericales. Al respecto utilísimo me fue encontrar en la biblioteca de
nuestra factultad el libre de V. Jiménez de Asúa y
T. Rodríguez Sastre, Castilblanco,
Editorial España, Madrid, 1933. Le agradezco a Gabriele Ranzato que me pusiera sobre la pista de este
interesantísimo documento. En cuanto a Casas Viejas, li mismo. Miraros J.R.
Mintz, Los
anarquistas de Casas Viejas, Diputación de Granada, Granada, 1999.
[La fotografía de la entrada corresponde al derribo de
una iglesia en Tabasco durante el mandato garriguista]
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