dimecres, 13 de juliol de 2016

Los límites mentales de la prensa


Artículo publicado en El Periódico, el 9 de diciembre de 1993

LOS LÍMITES MENTALES DE LA PRENSA
Manuel Delgado

Buena oportunidad, hoy que se habla de los límites deontológicos de la prensa, para plantear un tema que no siempre se trata con franqueza, seguramente como consecuencia del férreo control que los periodistas ejercen sobre los medios de comunicación. Hay que decirlo con claridad. En los ambientes académicos e intelectuales los periodistas gozan de una pésima fama. Se les necesita y, al mismo tiempo, se les teme. Se les necesita, pues de su voluntad depende que un trabajo, que puede ser de años, sea conocido más allá de los circuitos universitarios o científicos. Se les teme, puesto que se les es atribuida una especie de capacidad innata para no entender nada de lo que se les dice o, todavía peor, para entenderlo todo exactamente al revés.

Muchas veces tengo que defender a mis amigos de la prensa de este tipo de prejuicios. Les explico entonces a mis colegas que la cuestión no está, como ellos sospechan, en que los periodistas no suelan ser personas inteligentes. Es cierto, les digo, que muchos de ellos sólo leen los teletipos y, a veces, la prensa, y que hay algunos, entre ellos, varios bien famosos, que son irrecuperablemente tontos. Pero eso pasa en todas las profesiones. Por lo demás, puedo certificar que conozco buen número de profesionales con una formación humanística y una capacidad crítica de veras notables.

El problema está, continuo argumentando, no en la agilidad intelectual ni en el saber de los periodistas, sino en los propios límites mentales que impone la dinámica de los medios de comunicación de masas. Dicho de otro modo, hay dos tipos de periodistas: los que son irreversiblemente cortos y los  que son inteligentes, pero no ejercen. Piensan y son capaces de hacer pensar, pero su oficio no se presta a cultivar algo que no sea el repertorio de lugares comunes en torno a los que gira toda la información periodística.

Nadie puede imaginarse la desolación que experimenta  quien, desde las ciencias sociales, ve cíclicamente repetirse en la prensa idéntico tópico tratamiento para cuestiones como “la soledad de los ancianos en las ciudades” o “la crisis de la familia en la sociedad moderna”, consistente en una colección recurrente de inexactitudes y trivialidades. Por no hablar de lo deprimente que resulta el alegre uso que se hace de términos tales como “secta destructiva”, “conflicto interétnico” o “tribu urbana”, que no es que no tengan nada que ver con el sentido que tienen para los especialistas, sino que ni siquiera resistirían la consulta a un diccionario.

A un periodista se le puede pedir que sea honrado, veraz, objetivo… Pero, en cambio, no se le puede pedir que sea profundo. No tiene tiempo. Recuerdo las palabras con que sus responsables presentaron en su día la programación de Catalunya Informació “… Y al final de cada bloque, dedicaremos dos minutos a tratar un tema a fondo”. Y es que el periodista ha de correr siempre más deprisa que los acontecimientos –“adelantarse a la noticia”, le llaman a eso- y, como mucho, comentarlos sin cuestionarse en modo alguno las premisas en que funda su visión de las cosas.

¿Y de quién es la culpa? Pues no de la poca o mucha inteligencia del periodista, sino de la servidumbre que le encadena a un público al que contantemente hay que confirmarle que el mundo es como la mayoría se imagina. ¿Cuál es la clave el éxito de algunos periodistas radiofónicos y televisivos? Muy sencillo, servirle en todo momento a los consumidores mediáticos cuanta carnaza pueda exigir –por putrefacta que esté- o/y pasarse todo el tiempo haciéndoles la pelota –“queridísimos oyentes”, “amigos telespectadores”…-. En la prensa escrita, tres cuartos de lo mismo: hay que escribir lo que la gente espera encontrarse impreso en el periódico, no defraudar jamás sus expectativas.

Cuántas veces no habré tenido el candor de ofrecerle a un diario u otro un artículo en torno a un asunto que yo entendía apasionante, para escuchar cómo se me decía: “Lo lamento, pero ese es un tema que no le interesa a nadie”. Recuerdo aquel programa de TVE Tribunal popular, al que mi inmadurez me llevó a prestarme. Cada vez que había que discutir un tema a tratar, a casi cada una de sus sugerencias, se me espetaba: “Esto la señora María no lo entenderá”. “Esto a la señora María no le va a gustar”. Llegué a pensar que era la tal señora María, y no el director o el jefe de programas, quien, desde un despacho que nunca llegué a ubicar con precisión, regia los destinos de aquella casa.

Al final, a la hora de trasladar el programa a la primera cadena y para toda España, me echaron. Consideraron que mi manera de hacer de fiscal era “demasiado intelectual” y que –y juro que con esas palabras se me comunicó- había un señor en un pueblo de Extremadura que no iba a entender nada de lo que yo decía. Era él quien trazaba los límites de lo que se debía y podía expresar y cómo. La inteligencia del periodista, en cualquier caso, no podía de forma alguna exceder ni contrariar la de aquel anónimo personaje que, desde su secreto y remoto puesto de mando, tanto y tan despótico poder parecía ejercer




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