dimarts, 17 d’abril de 2012

Consideraciones sobre el prejuicio para Cecilia Monza, haciendo trabajo de campo en un campo de gitanos en Turín


Antes de que se me olvide. En todo lo que te he dado para leer, te he incluido a Ubaldo Martínez Veiga. Es que sería imperdonable, porque lo que ha aportado en el ámbito de la segregación espacial y la conceptualización de la exclusión social, expresada además en términos territoriales, debería serte fundamental. Si no te he dado estas referencias, lo hago ahora. Apunta: El Ejido: Discriminación, exclusión social y racismo (Catarata), y Pobreza, segregación y exclusión espacial (ICA/Icaria). Habla de inmigración pero hay un montón de cosas que te van a valer. Y un artículo que está muy bien para las cuestiones conceptuales que te preocupan: “Geneología del concepto de exclusión”, en la revista Trabajo social hoy, un monográfico sobre inclusión social que se publicó en 2008.

Y otra cosa. Es sobre eso que me dices que te sorprende que te encuentres con una visión altamente negativa de los gitanos entre personas que nunca han tenido el menor contacto con ellos. Eso no debería sorprenderte y debería ponerte sobre la pista de la importancia clave que tiene el prejuicio en la génesis de las actitudes y discursos racistas.

En efecto, no siempre la exclusión reclama factores objetivables para ejercerse, como podrían ser los puestos ocupados reales en la estructura económica general u otras expresiones de la interrelación entre grupos que cohabitan en un mismo espacio físico. La exclusión se justifica muchas veces en un sistema de representación que asigna a cada comunidad una serie de rasgos diferenciales negativos, dejando de lado la experiencia real que se haya podido hacer el contacto con ellos. Es entonces cuando resulta pertinente hablar del prejuicio como el grado cero, la forma más elemental y primera, de la lógica de la exclusión.

En esta dirección de clarificar la génesis de las prácticas sociales de exclusión, lo primero que hay que descartar es el supuesto, según el cual es el grupo humano marginado o agredido el causante del trato que merece. Cuando se esgrimen razones económicas, demográficas, ecológicas, de orden público o incluso higiénicas para indicar al otro como motivo de alarma, se está estableciendo que, de alguna forma y aunque sea de forma injusta, es este otro la fuente de los problemas que suscita, incluyendo aquellos de los que es él mismo el principal perjudicado expulsiones, agresiones, etc. Es como si, por decirlo así, "él se lo hubiera buscado". En ninguno de estos casos quiere reconocerse que no es el grupo culpabilizado quien genera la situación de la que es víctima, a partir del contraste del que es objeto, sino que muy a menudo esta diferenciación que ostenta es la consecuencia de la propia marginación que le afecta, por lo que es el grupo excluidor lo que hace del grupo excluido el objeto de prejuicios que no están fundamentados en la realidad objetiva ni en la experiencia vivida del contacto con él.

En efecto, el prejuicio no tiene por qué alimentarse de conflicto económico, político o social alguno. Trabaja, de hecho, materiales puramente imaginarios: reputaciones nunca verificadas, amenazas con las que se asusta a los niños, canciones, leyendas o mitos. Su naturaleza a menudo sólo fantasmática, hace que el enjuiciamiento a priori pueda prescindir no sólo de un enfrentamiento real sino que también puede serle del todo indiferente la ausencia física del prejuzgado. Los prejuicios contra los gitanos, por ejemplo, pueden darse sin que ninguno de él haya hecho acto de presencia, de igual forma que en España, durante el franquismo, la prevención contra los protestantes, los masones o los comunistas no exigía de ellos más que una presencia puramente virtual. Otro ejemplo de este tipo lo constituye el antisemitismo sin judíos que se ha desarrollado en diferentes oportunidades, en España mismo.

Es más. No es únicamente que no sea preciso entrar en contacto con el grupo prejuzgado por mantener de él una opinión negativa, sino que ni siquiera es menester que el grupo desairado exista. A mediados de los años 40, en un experimento ya clásico, Eugene Hartley hizo circular un cuestionario sobre relaciones raciales con 35 grupos étnicos. Entre los grupos hacia los cuales muchos encuestados demostraban una especial aversión figuraban, además de los negros y los judíos, los danireos, los parineos y los wallorianos, etnias puramente ficticias que el investigador había incluido para demostrar la arbitrariedad de los sentimientos racistas y , sobre todo, el indiferente que puede ser a la realidad objetiva.

Como consecuencia del prejuicio la relación no se establece tanto con un grupo determinado, sino con las ideas y actitudes a las que éste aparece asociado por la labor previa que sobre el individuo que prejuzga han hecho el aparato educativo, la familia, el ambiente social, el folklore de los cuentos infantiles en las películas o los medios de comunicación. No es, por ejemplo, con los judíos, con los negros o con las mujeres con los que se establece la interrelación, sino con las representaciones de que son objeto en el seno de un imaginario social hegemónico, que les destina a cada uno de ellos un lugar y un perfil predeterminados e inmóviles. De acuerdo con un cliché que ninguna evidencia en sentido contrario alcanzaría desmentir, los homosexuales son individuos en un permanente e insaciable estado de excitación sexual, los musulmanes son fanáticos que se pasan el día rezando convulsivamente, de igual forma que es propio de los heavies entregarse a toda clase de ritos satánicos y los skins conducirse de una forma patológicamente violenta. Las mujeres, los homosexuales, las personas de piel oscura o pertenecientes a la clase trabajadora tienen que soportar en su vida diaria todo tipo de presunciones injustificadas. De esta manera, nada de lo que hagan en realidad estos sujetos conseguirá desmentir los atributos estandarizados que les han sido previamente asignados. Por el contrario, no se desaprovechará la mínima oportunidad que los hechos otorguen para confirmar las suposiciones sobre las cualidades negativas con los que cada colectivo es prejuzgado. Esta pejorativització de un colectivo humano puede recibir el refuerzo de una teoría ideológica o incluso "científica".

Te copio una cosa que escribe Maxime Rodinson en su libro Le racisme dans le monde (Gallimard): “Desde que una sociedad contiene más de dos grupos étnicos que pueden diferenciarse por un carácter cualquiera, desde que una barrera social cualquier establece entre estos dos grupos (sin la cual ya no serían grupos étnicos), desde que se establecen también relaciones externas de vecindad entre diversos grupos étnicos, se forman una opinión recíproca a base de juicios sumarios, incontrastados, como es normal, y con muchas oportunidades que sean peyorativos. Únicamente se alcanza la señal de alarma cuando hay lucha, conflicto, competición (interna o externa) entre estos grupos étnicos, pues en tales casos los juicios rencorosos envenenan, agravan y eternizan el conflicto, haciendo más crueles sus manifestaciones. Más aún, cuando hay teorización religiosa, filosófica, sabia, e ideológica de estos odios.” La lectura básica aquí sería –no sé si está traducido– un libro que para mí resulto revelador en su momento: La force du préjugé. Le racisme et ses metamorphoses, de Pierre-André Taguieff. A ver si das con él.

En fin, y por lo que hace a tu comentario: el prejuicio implica la ignorancia deliberada respecto de aquel que ha sido considerado como el otro despreciable, pues ni el conocimiento ni la experiencia que se pueda hacer de él en el plano objetivo pueden desactivar la fuerza de la aprensión que suscita su simple presencia. Estas visiones del otro, desde las que es juzgado al margen o antes de sus acciones, no constituye de hecho o no tiene por qué constituir una doctrina elaborada, ni una ideología más o menos formalizada. Funciona más bien como una especie de medio ambiente moral.

Los prejuicios tienen un peso extraordinario la hora de definir las relaciones que mantienen grupos copresentes entre sí en el transcurso de la vida cotidiana, justo en lo que estás trabajando. Hasta cierto punto podría pensarse que es inevitable que los colectivos autoidentificados en contacto se formen opiniones unos de otros, opiniones que no tienen por fuerza que ser positivas, pero limitarse a un actitud de indiferencia mutua. Pero también es cierto, y lo estás viendo, las visiones peyorativas latentes pueden pasar a explicitarse trágicamente en cuando aparecen oportunidades para que así sea.

Todas las explosiones de violencia racista, xenófoba o antisemita cuentan con un sustrato importante de prejuicios. Por ejemplo, los disturbios de Los Angeles en 1992 desencadenaron cuando un jurado que absolvió a los policías blancos que apalearon el ciudadano afronord de EEUU Rodney King considerarlos de acuerdo con sus estereotipos, según los cuales los agentes cumplieron con su deber golpeando un negro que tenía todas las posibilidades de ser un peligroso delincuente. La víctima se había hecho, de alguna forma, acreedora de su castigo. Situaciones similares, derivadas de sentencias consideradas fruto de prejuicios, habían provocado graves disturbios en Miami, en el barrio negro de Liberty City, en 1980, y en el distrito hispano de Wynwood, en diciembre de 1990, así como en el barrio hispano de Mount Pleasant, a Washington, en mayo de 1991. Estos casos te los menciono porque con frecuencia se piensa que los disturbios recientes en Londres o en las periferias francesas son cosa de ahora mismo, cuando tienen una larga tradición, y siempre a partir de prejuicios policiales y sus consecuencias trágicas.
En 1985 se llevó a cabo un experimento escolar donde se demostraba la condición aprendida del prejuicio. No sé si lo conoces. El escenario fue el colegio de una pequeña comunidad de blancos cristianos de nordeste de Iowa. Los niños de 9 años de una de las clases fueron aleccionados por su profesora en el sentido de que las personas tenían que valorarse a partir del color de sus ojos. La clase fue segmentada en dos, de manera que los niños de ojos marrones eran sistemáticamente objeto de comentarios peyorativos y de todo tipo de discriminaciones. Al poco tiempo, los niños de ojos azules estaban convencidos de su superioridad natural y tendían a tratar humillantemente a sus compañeros "inferiores", mientras que estos acabábamos veían en todo lo que les convertía en pruebas de su inferioridad . La experiencia de la que salió una interesante película, “Una clase dividida”, puso de manifiesto cómo los estereotipos que superiorizan a un grupo en detrimento de otro son la consecuencia en buena medida de los mensajes recibidos a lo largo del proceso de socialización.

Lo último. Es que me vienen a la cabeza casos interesantes ocurridos en España, parecidos a los que has visto en Turín, y también con gitanos. Ahora no tengo las fechas, pero se puede buscar rápido. Sería a mediados de los 90 y fue una auténtica oleada de gitanofobia. Se tradujo –te hablo de memoria– en forma de boicots escolares en Aitona y Andujar), en expulsiones –Noia, l'Aldea, Castellar del Vallès–, en incluso en incendios de casas. Busca en internet. Fue, me acuerdo bien, en varios sitios: Martos, barrio de Villaverde, en Madrid, Mancha Real... Seguramente en algún sitio más.
Bueno, nada más. Besos y a trabajar.

[La fotografía de la entrada corresponde a los ataques contra un campo gitano en Turín en diciembre de 2011. Es de Tonino de Marco para la Agencia EFE y la he tomado de la página digital de El País del 11/12/11).


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