dimarts, 30 de desembre de 2014

Los hijos de la nube

Caro Baroja en una jaima en el Sahara en 1955
Reseña de los Estudios saharianos de Julio Caro Baroja, reeditada en 1990 por Editorial Júcar de Gijón. Apareció en el número 2 de Studia Africana (febrero 1991).

LOS HIJOS DE LA NUBE
Caro Baroja y la antropología colonial española

Manuel Delgado 

Es innegable que la disciplina antropológica no resulta concebible, tal y como se ha dado, al margen del hecho colonial. Otra cosa es que especulemos sobre si un estilo de razonamiento como el etnológico hubiera surgido igualmente aunque los europeos no hubiéramos impuesto nuestro dominio planetario, como consecuencia de un contacto con formas otras de cultura que, tarde o temprano, hubiera acabado produciéndose. El caso es que las grandes monografías etnográficas de Malinowski, Griaule, Evans-Pritchard o Margaret Mead no hubieran sido posibles sin una administración colonial que las suscitara y patrocinara, y no por generosidad para con la ciencia, eso está claro, sino por el interés de quienes no ignoraban que para gobernar era preciso también conocer.

La etnología española no podía ser ajena a esa servidumbre. Como potencia de larga tradición hegemónica sobre civilizaciones, extraeuropeas, nuestro país propició aventuras naturalistas en las que no faltaron estudios sobre la población humana. La aportación de la antropología moderna a esta tarea de comprensión de los mundos extraños a someter se tradujo en las más que notables empresas etnográficas confiadas a los dos antropólogos españoles más prestigiados: las que permitieron, a principio de los años cincuenta, a Caro Baroja sus trabajos sobre el Sahara y el Marruecos españoles, publicados por el Centro de Estudios Africanos en 1955 (Estudios saharianos) y 1957 (Estudios magrebíes), y 10 años más tarde, la encargada por la Comisión de Desarrollo de la Región Ecuatorial Española a Esteve Fabregat, cuyos resultados a propósito de los fang vieron la luz en artículos en revistas especializadas. Júcar acaba de recuperar los Estudios saharianos, dejando el resto de ejemplos como una grava asignatura pendiente para la inteligencia editorial española.

Valiosísimo este libro, que nos permite apreciar una faceta poco conocida de Caro Baroja, aunque en ella continúen brillando sus virtudes anticipadoras y las ventajas que, en forma de arrojo intelectual, puede conllevar mantenerse alejado de las intrigas académicas. Además de eso, Estudios saharianos, sirve para constatar los efectos del colapso del estructural-funcionalismo y de la insurrección teórica de Evans-Pritchard y Firth, contra la alargada sombra de Radcliffe-Brown: renuncia a las pretensiones cientificistas, vindicación de una antropología más humanistizada, reconciliación con la diacronía, asunción de un ineluctable destino ideográfico. A Caro el cisma le cogió muy cerca de su epicentro. Se encontraba, llevado por Pitt-Rivers, en Oxford en 1952, al poco de la aparición de la rupturista Social Anthropology, de Evans-Pritchard, cuando las autoridades coloniales españolas le convocaron para que estudiase las cabilas saharauis.

Estudios saharianos está compuesto de una parte donde Caro cumple con el encargo confiado de inventariar formas y problemas de cultura y no le importa, para ello, reconstruir líneas genealógicas, compilar dietas y remedios o contar camellos. Más allá de ese excelente trabajo de artesanía etnográfica, el luego académico optó por proseguir su itinerario sahariano por esas fronteras invisibles entre etnología e historia por las que tanto le ha gustado siempre transitar, ayudado de una de sus más fértiles obsesiones: Ibn Jaldún, ese inventor de la historia cultural que, en  el siglo XIV, ya lo había dicho casi todo sobre las instituciones fundamentales de los nómadas del desierto en el libro segundo de su Al-Mugaddimah.

Por ahí llegamos a tres ensayos sin desperdicio, a los que un inédito aparato cartográfico sirve de apoyo: una biografía heroica, Un santón sahariano y su familia, donde se relata la vida del shaih fadelía ma el ‘Ainin, fundador de Smara y hombre de baraka poderosísima; Las guerras del Sahel contadas por los nómadas, un recorrido por las últimas etapas de la tradición bélica de las gazi o tropas de pastores saharianos, la que hace del guerrero el hasani por excelencia, aquel de cuya ferocidad tuvo constancia durante décadas el Ejército francés y, ya en 1957, también el español, y La historia entre los nómadas, un excelente ejercicio de sistematización de las representaciones colectivas del pasado entre los saharauis.

Una cosa más, para acabar. Estudios saharianos es una prueba de cómo fue que el colonialismo europeo formuló una necesidad de comprender a los dominados, que, en casos como éste, a veces cerca estuvo de colmar. Los sangrientos problemas que el Sahara ex español lleva sufriendo desde hace 15 años son la consecuencia de que no se cayera en la cuenta de que los instrumentos de saber que habían coayudado a una estancia duradera debían servir también para la partida. Pero nadie, en aquel septiembre de 1975, se acordó de don Julio ni de las lúcidas cosas que él escribiera sobre los pobladores del Sahel occidental, aquellos que gustaban de llamarse a sí mismos los hijos de la nube.




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