dilluns, 28 de novembre de 2016

Cultura mitica


La fotografía es de David Malcomlson
Artículo publicado en El País, el 1 de septiembre de 2000 

CULTURA MÍTICA
Manuel Delgado
         
Hay turistas y turistas. Cada vez más, las ofertas turísticas, tanto las comerciales como las institucionalizadas, procuran advertir de las excelencias de lo que se da en llamar «turismo cultural», artefacto conceptual que designa una línea de productos de ocio capaces de proveer de prestigio a quienes entran en contacto con ellos: la Historia, el Arte, la Arquitectura, etc. Los objetivos turísticos presentados como de índole «cultural» dignifican, elevan una práctica social amenazada por el descrédito de lo trivial. La marca cultural permite al desplazado por motivos de ocio rescatarse a si mismo del infierno de la vulgaridad, le lleva a un reencuentro con el turismo pionero y todavía puro de los románticos del XIX, lo salva del adocenamiento de los turistas de «sol y playa». El turista culturalmente redimido obtiene un rango superior que le permite justificar ante sí mismo y ante los demás el viaje realizado, a partir de la dignidad de los sitios de Cultura que ha visitado y hasta de los recuerdos que allí mismo ha comprado y que ostentará más tarde para demostrar su distinción.

Ahora bien, ¿es tanta la distancia que separa al turista que paga su entrada para Port Aventura o Terra Mítica de la mayoría de los que devotamente se pasean por las salas del Museo del Prado, el centro histórico de Salamanca o el Guggeheim de Bilbao? Si se piensa, nada más cerca de un equipamiento cultural que un parque de atracciones. Es cierto que hace algún tiempo y desde estas mismas páginas («Gracia y cultura», El País, 6/2/1998), advertía de cómo las nuevas grandes instalaciones culturales –Kursaal de San Sebastián, IVAM de Valencia, Macba de Barcelona...– se constituyen en templos en que se oficia la Cultura, entendida como la religión oficial de los estados modernos. Allí subrayaba cómo penetrar en esas nuevas catedrales  exige del visitante la misma austeridad y recogimiento que se debe observar en cualquier otro lugar sagrado. En cambio, el parque de atracciones es un espacio todo él destinado al estímulo de sensaciones en absoluto sofisticadas, al que se acude para recibir gratificaciones inmediatas que no requieren ningún esfuerzo de atención, ni –antes lo contrario– la mínima discrección en las conductas.

Las diferencias acaban ahí, y dan paso a las afinidades de fondo y de forma. El parque temático es un campo cerrado en que ficciones terribles o maravillosas pueden hacerse realidad: tunel del terror, escenarios del Far West, la Polinesia o la antigua Grecia, película de piratas. En este espacio acotado las posibilidades que la imaginación intuye, pero de las que la realidad cotidiana no ha sido, ni es, ni será nunca proveedora, cobran carta de naturaleza. Los sagrarios culturales operan exactamente igual. Bajo su seriedad litúrgica lo que se pretende en ellos es que ciertas realidades presumidas como incontestables y poderosas, pero nunca vistas en realidad, puedan hacerse realidad ante nosotros, aparecer literalmente como verdades materiales que incluso se podrían tocar si las medidas de seguridad no nos lo impidiesen. Todo museo, espacio monumental o centro de cultura es inevitablemente un lugar de evasión, igual que los parques de atracciones, no porque todos ellos sean espacios de ocio, sino porque están repletos de objetos concebidos para cambiar de realidad, para huir de lo cotidiano y para procurar un viaje casi soteriológico hacia los territorios de lo inefable y lo legendario: el Pasado, la Belleza, la Tradición, la Ciencia, la Naturaleza, la Vanguardia...

Como un nudo entre instancias descontectadas –la fantasia y la existencia diaria– las ferias y los lugares de la Cultura llevan a cabo la misma tarea de hacer de veras real lo que necesitamos creer o lo que otros necesitan que creamos que es real. Surge el prodigio de cosas que son al mismo tiempo reales y virtuales. De hecho, la puesta en conexión de las ferias y los centros de cultura, los museos o los núcleos urbanos museificados suele ser explícita. La Expo de Sevilla ya fue un híbrido entre parque y macroinstalación cultural. El Domus de A Coruña es un centro museístico concebido a la manera de una colosal sala de juegos recreativos. El proyecto de la empresa Disney de construir en los Estados Unidos un parque-museo dedicado a divulgar la historia de aquel país demuestra lo permeable que resulta el tránsito entre esos dos tipos de espacios protésicos. De hecho, en Barcelona, el Barrio Gótico, resultado artificial de las reformas en su casco antiguo a principios de siglo, o el Pueblo Español, construído con motivo de la Exposición de 1929, ya obedecían a esa misma dialéctica entre autenticidad e impostura.

Los triviales parques temáticos y los prestigiosos centros culturales hacen lo mismo: invocar la presencia del pasado, lo extraordinario, lo remoto o lo abstracto, siempre como fórmula mágica que busca escapar de las incongruencias de lo concreto cercano. Esa es la lógica que toda exhibición cultural ejecuta: los objetos descontextualizados, los monumentos, los paneles explicativos, las clasificaciones conceptuales, la narración que va cosiendo lo que se muestra..., todos los elementos didácticos, materiales, ideacionales que se ordenan cuidadosamente en vitrinas, paneles, montajes, vídeos, diapositivas, o incluso en las calles y plazas..., están ahí para hacernos disfrutar y aprender, ofreciéndole a no importa qué realidad conceptual inencontrable la posibilidad de una existencia física continua y sin fragmentaciones, ni errores, ni desmentidos, ni contradicciones, conjunto coherente, estructura íntegra toda ella hecha de materiales de deseo.

La contradicción entre la ritualización banalizadora de las nuevas macroferias y la ritualización consagradora de los museos y centros de cultura se desvela enseguida como falsa. A una sociedad que tan poco le ha costado trivializar lo trascendente, menos le iba a costar acabar por trascendentalizar lo trivial. Magno espectáculo de la Cultura, que hace el prodigio de convertir en ídolo cuanto muestra, que enaltece lo que antes ha sustraído a la vida, que convierte ese saber y esa belleza secuestrados en lo que son hoy: al mismo tiempo, un sacramento y una mercancía.




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