dissabte, 31 de desembre de 2011

Violencia y violencidad. Sobre la imposibilidad de un antropología de la violencia. Respuesta al estudiante de grado Facundo Taibi

El texto de Marcel Mauss sobre el don te será indispensable hagas lo que hagas en antropología. De seguro que te lo harán leer en Antropología Económica y desde luego que es no menos importante en Antropología Religiosa, por su relación con el ensayo sobre el sacrificio de Mauss y Hubert. Ya verás que pronto te encuentras con su lectura obligatoria. Y sí que se encuentra. De  hecho hay una edición de este año mismo: Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas, publicado por Katz Editores y con un extenso y exhaustivo prólogo que Fernando Giobellina ha tenido la gentileza de dedicarme. Te lo adjunto para que te animes a hacerte con el libro y leerlo, porque es importante, obligatorio si quieres ser antropólogo.
Por cierto, importante, me dices que no has encontrado el libro en ninguna gran librería y me citas el FNAC y la Casa del Libro. Retén esto que te digo: en una “gran librería” como las que citas no es que no haya eso: es que no hay nada. Nunca busques un libro interesante en esos sitios; lo más probable es que no lo encuentres. Las librerías de referencia para nosotros son siempre La Central y la Laie.
En cuanto a esto de la violencia, lo que tienes que tener claro es que cualquier pretensión de que la violencia constituye una entidad ahistórica y transcultural debería quedar automáticamente desmentida por las informaciones que constatan cómo este concepto –y en especial sus connotaciones angustiantes, su dimensión de «problema»– no se ha aplicado siempre y en todos sitios a unos mismos fenómenos, ni tan sólo a aquellos que para nosotros se constituirían en paradigmáticos en ese sentido. No es que no todas las sociedadas ni todos los momentos históricos hayan reconocido como «violentas» –o con algún concepto parecido en cuanto a sus implicaciones tan negativas– determinadas conductas que sí que lo serían para nuestro sistema de categorización y valoración, sino que ni tan sólo podríamos encontrar en muchos casos un deslindamiento claro entre conductas «violentas» y «no violentas». 
Enfréntate con la pregunta que se escucha en off en los primeros momentos de la película de Win Wenders "The End of Violence" ("El fin de la violencia", 1997): "Define violencia". Ahora mismo, nos encontramos con que las definiciones que, a partir de su propia etimología latina, subrayan entre nosotros la violencia como «ejercicio de la fuerza» o «imposición no consentida» son tan extremadamente vagas que podrían ser aplicadas a cualquier realidad humana en la que reconocer no importa qué forma de presión o coacción.
La violencia, de acuerdo con eso, no se identificaría entonces con una agresión explícita y lesiva contra un cuerpo, una propiedad o una identidad, sino que incorporaría cualquier política, cualquier forma de educación, los mensajes publicitarios, las relaciones económicas, las prácticas religiosas... De hecho, no existiría forma de acción o producción humana en que no estuviese presente alguna forma de forzamiento o de coacción. Más allá, toda expresión de vida podría ser, por tal vía, conceptualizada en tanto que violenta por el hecho mismo de estar soportada por todo tipo de coerciones y vigilancias. Entre los humanos, cualquier discurso podría ser contemplado como una violencia que se infringe a los acontecimientos, distorsionándolos interesadamente para que se adapten al sistema de mundo desde el que se emite. La propia cultura resultaría ser un colosal dispositivo de violencia sobre un universo al que se obliga a significar alguna cosa o tener un cierto sentido adecuado a la voluntad humana. Por supuesto que, como ha notado Etienne Balibar, cualquier postulado que sugieriese la posibilidad de una no-violencia sería por principio falaz, por cuanto no existe ningún proyecto o ideal social que no remita en un grado u otro a la coerción para existir. No existe «grado cero» de la violencia.
Por descontado que no es razonable partir de una noción presuntamente «objetiva» de violencia para aplicarla apenas a nada que no fuera lo que los relatos que la utilizan deciden. La violencia no es, en este sentido, una cualidad de las conductas, sino un atributo que alguien, que se considera legitimado para hacerlo, les aplica desde fuera para delatar en ellas alguna cosa perversa que ha de ser controlada, atenuada o neutralizada. La violencia es mucho más algo de lo que se habla que algo que ocurre. En realidad bien podríamos decir que la violencia es sólo aquello que de ella se dice, el comentario o el juicio que a propósito suyo se enuncia, un tema de conversación, de preocupación, de desasosiego, de ansiedad, un tema que centra debates y que incita leyes especiales. La violencia resulta siempre de valoraciones sociales, políticas y culturales, que no es que la determinen, sino que la generan en tanto que objeto de su propio discurso y que incluso puede racionalizar esa violencia distinguiendo la legítima y la culpable. Dicho de otra manera, todavía más radical, la violencia no alimenta los argumentos a propósito suyo: resulta de ellos.
De hecho, no se debería hablar de fenómenos de violencia sino de sucesos a los que se atribuye una especie de calidad interna especial a la que bien podríamos destinar un neologismo inteligentemente acuñado por Gerardo Guthmann: violencidad (Los saberes de la violencia y la violencia de los saberes, Nordan-Comunidad). Esta violencidad se asignaría en función de criterios que ni tan sólo tienen nada que ver con la intensidad de la fuerza injustificada o excesiva aplicada, ni con el mal físico o moral causado en las víctimas. Los usos de este principio clasificatorio que etiqueta como «violentos» ciertos comportamientos no pueden desvincularse del papel que juega el ejercicio de la fuerza en las sociedades modernas, dotadas de una institución política –el Estado– que se autoproclama su guardían y administrador. Los procesos de modernización han implicado un acuartelamiento de la fuerza en aquellas instancias que los Estados modernos han dispuesto con esa finalidad. Tal y como Norbert Elias nos ha mostrado en El proceso de civilización (FCE), ese proceso de civilización no consistió sino en un aumento en el autocontrol de los impulsos agresivos tanto socialmente como naturalmente concitados, una programa de eliminación o, cuanto menos, de reducción al mínimo de la violencia tanto en la vida pública como en la privada
Este proceso de desocialización de la violencia fue la premisa de su inmediata politización. Lo que había sido –y vuelve a ser de vez en cuando– un mecanismo que ponía la agresión en manos de la producción y el mantenimiento de cualquier forma de comunidad, o se expulsaba más allá de los límites de la sociedad, hacia un afuera informe y amenazante, o se «enfriaba», para concentrarse luego en las instituciones políticas especializadas –ejército, policía, sistema jurídico-penitenciario...–, cuyos fines-valores, como ha señalado Josetxo Beriain (Violencia, sociedad y religión», en J. A. Binaburo y X. Etxeberria, eds., Pensando en la violencia, Bakeak/Los libros de la catarata), experimentan un distanciamiento creciente con respecto de los fines-valores de una sociedad que en su conjunto afirma una y otra vez que rechaza la violencia. La asunción de la responsabilidad exclusiva de las instituciones políticas en la administración y uso del daño físico o moral sólo fue posible a partir del axioma de que la fuerza era una entidad extraña al orden societario, que podía proceder sólo de dos instancias igualmente ajenas a la sociedad: del Estado o de potencias malignas infrahumanas, es decir bestias o demonios. Concebida ahora en tanto que esencialmente abominable, pura negatividad, la violencia, como las demás expresiones de una instintividad subhumana indeseable y peligrosa, debía quedar bajo control del único recurso de que, desde la Reforma protestante,  el ser humano dispone en un mundo del que Dios se ha alejado definitivamente.
Este recurso que le permite a los mortales protegerse de sus enemigos infrahumanos y de sí mismos no es otro que el propio Estado. De aquí las discusiones, las indagaciones «científicas» sobre la «agresividad», las leyes, las normativas que demarcan la violencia y exigen para ella una correcta custodia y administración. La emergencia incontrolada de la «violencia» –esto es, las fugas de una energia societaria, pero imaginada como exterior, que la centralización política recibe la prerrogativa de almacenar y administrar– es vista entonces como algo que imposibilita lo que se supone que debe ser un agregado humano armonioso y coherente, un sistema de órganos intregrados que asume, sin acaso creérsela nunca del todo, la ilusión de que puede funcionar sin recurrir a una fuerza que de hecho ya no posee, o, mejor dicho, a la que ha renunciado para cedérsela en usufructo al Estado.
Hay algunas cosas que te podrían servir para esa aproximación a una imposible “antropología de la violencia”. François Héritier tiene una compilación en dos volúmenes que se titula De la violence (Odile Jacob), É. Balibar, «Violence: idéalité et cruauté», en F. Héritier, ed., De la violence, Odile Jacob, París, 1996, pp. 55-87.que están muy bien, pero en francés. Te recomiendo particularmente el artículo de Etienne Balibar, “Violence: idéalité et cruaté”, que está en la línea de lo que te acabo de defender. En español hay algo muy recomendable, que es una compilación de David Riches, titulada El fenómeno de la violencia. Luego no te olvides de un ejemplo bien cercano al que me he referido varias veces en clases, que es el libro de Joseba Zulaika Violencia vasca. Metáfora y sacramento (Nerea).
Bueno, espero haberte sido útil. Un saludo cordial.


[La foto de la entrada está tomada en Bosnia en 1992 por Ron Haviv. Motivó una reflexión a Jean-Luc Godard en su cortometraje "Je vous salue, Sarajevo" (1993)]



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