dijous, 22 d’octubre de 2020

La utopía como distopía

                                                         La foto es de Alex S. MacLean

Fragmento de La ciudad ideal como derrota final de lo urbano. Bases místicas de la utopía urbanística y para el asesinato de las ciudades, ponencia presentada en el XIV Coloquio Internacional de Geocrítica. Las utopías y la construcción de la sociedad del futuro. Barcelona, 2-7 de mayo de 2016

La utopía como distopía
Manuel Delgado

El plan urbanístico y el proyecto arquitectónico sueñan una ciudad imposible, una ciudad perpetuamente ejemplar, un anagrama morfogenético que evoluciona sin traumas. El arquitecto y el urbanista saben que la informalidad de las prácticas sociales es, por principio, implanificable y improyectable; son su pesadilla. Los planificadores y proyectadores piensan que son ellos los que hacen la ciudad, y hablan de ella como "forma urbana", haciendo creer que el urbano tiene forma. Engañan y se engañan, puesto que es la ciudad la que puede tener forma, en cambio, lo urbano no tiene forma, sino que es una pura formalización ininterrumpida, no finalista y, por tanto, nunca finalizada. Contra las agitaciones a menudo microscópicas, contra las densidades y los espesores, contra los eventos y los usos, contra las dislocaciones generalizadas, contra los espasmos constantes, el ingeniero de ciudades levanta sus estrategias de domesticación, al fin y al cabo ingenuamente demiúrgicas: el proyecto y el plano. No nos equivocaríamos si apreciásemos el espíritu utópico como directamente asociado al autoritario de toda urbanística, puesto que le cuesta tolerar la presencia de la mínima imperfección que desmienta la totalidad verdadera a que aspira.

Detrás de esta obsesión utópico-urbanística para reducir el peligro de cualquier suceso contingente y normalizar a toda costa la cotidianidad es fácil reconocer requerimientos del buen mantenimiento del orden público. La ciudad utópica es una ciudad despótica, en la que cualquier disidencia o desacato implican una alteración del universo inmutable que alberga. Nada que ver con todo lo que justamente hace singular la vida urbana, acaso la vida a secas: el temblor, la mezcla, la omnipresencia de lo insólito. Al contrario, en el pensamiento utópico hay un rechazo al orden heterogéneo de los valores: la justicia, la belleza, la eficacia, la paz, la reglamentación, y la espontaneidad, la libertad y la igualdad... se componen armónicamente y se reúnen.

Así es. La realización de esta sociedad hipervirtuosa implicaría una negación de toda incertidumbre, del riesgo, de lo fortuito y de todo aquello de lo que se derive no importa qué idea de libertad y sinceridad humanas. He aquí el origen y la razón de una tradición antiutópica que ha sostenido que toda ciudad utópica es en realidad una distopía, desde la Nephelokokkygia de Aristófanes, aquella ciudad diseñada por un geómetra enloquecido en Las moscas, a, ya en el siglo XVIII, la Mildendo de Swift, o, al siguiente, la Todger de Charles Dickens o la Stahlstadt de Jules Verne, hasta llegar a parodias cinematográficas de ciudad perfecta, como dos aparecidas en 1998: la Seahaven de El show de Truman, o la Pleasantville de la película del mismo título, que, seguro que no por casualidad, lleva el nombre de la ciudad a la que se anexó la Usonia de Wright.

La planificación y el proyecto urbanísticos buscan la realización de la victoria final del lo previsible sobre lo casual y lo confuso, la tendencia de la ciudad a devenir amasijo y opacidad, en nombre de la belleza, la utilidad y la justicia absolutas. Esta ansiedad utópica ante lo que se percibe como impenetrabilidad de la vida urbana se agudiza con los procesos intensivos de urbanización de grandes masas de inmigrantes, el aumento de la agitación social, la aparición de los fenómenos metropolitanos. Rebelándose inútilmente frente a lo que percibe como sinsentido de la urbe moderna, el sueño normativizador de urbanistas y arquitectos: una ciudad de repente clarificada, que reproduce, imponiéndola, la paz de los planos y las maquetas. El urbanismo pretende ser ciencia y técnica, cuando no es sino discurso, y un discurso que querría funcionar a la manera de un ensalmo mágico que desaloje o domestique el diablo de lo urbano, es decir la incertidumbre de las acciones humanas, los imprevistos caóticos que siempre acechan, la insolencia de los descontentos.


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