diumenge, 21 de maig de 2017

Diferencia entre "marca" y "modelo" de ciudad

La imagen es de Joan Vendrell
Nota para Elvia Torres, estudiante de diseño de la UNAM

DIFERENCIA ENTRE "MARCA" Y "MODELO" DE CIUDAD
Manuel Delgado

Te mando algunas cosas que te pueden servir para empezar a trabajar con la bibliografía. Tienen que ver con lo que se denomina márquetin urbano, que es un concepto del que al primero que le leí empleándolo fue a Michel Wierioka, en “Le marketing urbain”, publicado en Espaces et sociétés, 16 (noviembre 1975), pp. 109-123. Creo que es suya la noción, porque no la he visto aludida en nada anterior.

Lo importante para entender el valor del concepto "marca" es que está asociado a lo que David Harvey ha llamado la urbanización del capitalismo, la manera cómo las grandes dinámicas de mutación urbana son gestadas y gestionadas desde la lógica neoliberal, es decir a partir de los principios de un capitalismo que le exige al Estado la reducción al máximo a su papel de arbitraje económico y atención pública, pero que le asigna un papel clave como su cooperador institucional, tanto por lo que hace a la represión de sus enemigos —reales o imaginados— y la contención asistencial de la miseria, como a la producción simbólica y de efectos especiales al servicio del buen funcionamiento de los mercados. De tal alianza entre penetración capitalista y políticas públicas resulta una transformación de la fisonomía tanto humana como morfológica de muchas ciudades, consistente en favorecer la revitalización como espacios-negocio de barrios céntricos o periféricos que fueron populares, o de antiguas zonas industriales o portuarias ahora abandonadas, que se recalifican como residenciales "de categoría" o se colocan al servicio de las nuevas industrias tecnológicas y cognitivas. Esos macroprocesos de transformación urbana suponen consecuencias sociales que se resumen en una ley que raras veces no se cumple: rehabilitar un barrio es inhabilitar a quienes fueron sus vecinos para continuar viviendo en él. O, dicho de otro modo: reformar es expulsar.

Ahora bien, todo ello ha de ser acompañado de actuaciones que invocan altisonantes principios abstractos, irrevocables y universales, entre los cuales destaca el de la cultura, entendida como una instancia en cierto modo sobrehumana y con capacidades casi salvíficas s0bre quienes entran en contacto con ella. Es importante que al resultado de las intervenciones que se presentan como regeneradoras del tejido urbano quepa asignarles el atributo de creativas, dando a entender que han ido acompañadas de la radicación de industrias e instituciones en condiciones de proveer de bienes y servicios inmateriales. Objetivo: que las ciudades merezcan, por ejemplo, el título de smart cities, "ciudades inteligentes", para lo cual es preciso convertirlas en nicho de instituciones culturales de renombre y escenario para grandes eventos igualmente culturales, componentes clave para hacer de ellas núcleos hiperactivos de producción de imágenes y significados, que colocan el dinamismo intelectual, si es menester rupturista, al servicio de ideales universales, como son el capital humano, la sostenibilidad ambiental, el multiculturalismo, la calidad de vida, el humanismo tecnológico, el cosmopolitismo, la participación ciudadana, etc.

Ese protagonismo argumental asignado a la imaginación y la creatividad se corresponde con lo que está siendo la creciente desmaterialización de las fuentes de crecimiento económico, cada vez más envuelto de todo tipo de acompañamientos estéticos, informacionales, artísticos, semióticos, etc.

Pero para mí lo más interesante es la distinción entre "modelo" y "marca", y el ejemplo lo tienes en Barcelona y en el actual gobierno municipal de Ada Colau y Barcelona en Comú, que se presentó como alternativa a un gobierno de derechas que había promocionado Barcelona como "marca de ciudad". Me refiero al gobierno de Xavier Trias, mandando en la ciudad durante los últimos cuatro años (2011-2015). Lo interesante, digo, es que lo que ha hecho el nuevo gobierno de izquierdas actual es reclamarse heredero de esa época dorada del “auténtico modelo Barcelona” que la “marca Barcelona” había hecho malograr, puesto que el “modelo” era sobre todo un modelo moral y cívico, mientras que la "marca" implicaba una simple imagen de promoción de Barcelona como macroproducto de consumo. Esa asunción se planteó enseguida en forma de una declaración de lealtad histórica cuando, en marzo de 2015, dos meses antes de su victoria, proclamaba que Pasqual Maragall había sido el “mejor alcalde que había tenido Barcelona” (El Periódico, 23/3/2015). A partir de ahí, todo fueron elogios de la alcaldesa a quien calificaba de “visionario” y a la etapa que él presidiera no solo por parte suya, sino de su equipo, como cuando la teniente de alcalde de urbanismo, Janet Sanz, hacia el elogio del magnífico momento basado en el "consenso politico y profesional que conoció Barcelona en la década de los 80 y 90" (El País, 20/10/2015).

Es decir el "modelo" es la "marca" versión moralizante. El “nuevo municipalismo” de Ada Colau no es otra cosa que la restauración de la Barcelona imaginada por Pasqual Maragall. Lo que realmente distingue el “toque Maragall” es la dimensión moral del discurso en que se justifica, esa voluntad de “distribuir justicia a los abandonados”, esa voluntad de distribuir desde arriba “empoderamiento” a los de abajo, todo ese lenguaje altisonante y pretencioso propio del despotismo ilustrado de quienes mandaron en Barcelona acompañando a Maragall. Porque eso es lo que distingue el “modelo Barcelona” de la “marca Barcelona” en que convirtieron la capital catalana Clos, Hereu y sobre todo Trías: la profunda vocación "cívica" del primero, un lenguaje cargado de buenas intenciones sociales al servicio de una forma singular de capitalismo urbano, enrollado en lo cultural y paternalista en lo social, aunque acaso ahora cabría hablar más bien de maternal.



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