dimecres, 12 d’octubre de 2016

Tras el cristal


Final de "Marca Copito. Un gorila blanco y otros legados y memorias", destinado al catálogo de la exposición Ikunde. Barcelona metrópoli colonial, celebrada en el Museu de les Cultures del Món de Barcelona, junio 2016-febrero 2017.

TRAS EL CRISTAL
Manuel Delgado

Escribía Jacques Lacan que "no hay Otro del Otro". En tanto que personaje conceptual, Copito de Nieve es esa otredad a la que corresponde resumir, como hemos visto, la miseria del colonialismo y del neocolonalismo, por un lado, o, por el otro, la memoria escamoteada de una ciudad a la que cuesta  reconocer lo que su éxito como marca o modelo le debe a su propio pasado franquista. Pero, de existir, ¿quién sería el Otro de Copito de Nieve? ¿Acaso los miles de visitantes que acudían a contemplar la jaula de 55 metros cuadrados de la que las rejas habían sido sustituidas por un vidrio? Allí, dentro de su cárcel-vitrina, a la manera de una celda del panóptico, el mono blanco pasó toda su vida masturbándose y comiendo sus propias heces y vómitos ante un público universal que acudía a contemplarle. Pero ese público que miraba era a su vez objeto de la mirada de aquel a quien se había acudido a mirar. Copito se pasó treinta y siete años de su vida viéndonos igual que nosotros a él: tras un cristal.

Es de esa percepción que surgen producciones culturales en las que es Copito quien sirve de vehículo para una especie de autoreflexión acerca de la sociedad en que se encuentra. A veces puede ser por medio del histrionismo provocador de Carlos Pazos, que, en 1985, realiza un collage distribuido como postal titulado "Black & White", en que se mostraba a la Virgen de Montserrat, la Moreneta, con Copito de Nieve en lugar del Niño Jesús en su regazo. Una conexión que repetía el líder de la CUP David Fernández, cuando lanzara un twit en enero de 2014 en recuerdo de Pepe Rubianes, diciendo que alguien como él era indispensable "en un país de gorilas blancos y vírgenes negras". El año de la muerte de Copito, 2003, aparecen publicadas tres obras que emplean su personaje en ese mismo sentido. En un caso, como un referente a partir del cual hilvanar un balance a propósito de la sociedad catalana del momento, como hace Joan Carreras en Qui va matar el Floquet de Neu, que imagina una muerte misteriosa del primate del Zoo de Barcelona y un funeral que preside el alcalde Joan Clos; en los otros dos, otorgándole a Copito el perfil de un filósofo que medita sobre su vida y sobre la vida que ve correr ante sí como en una pantalla de cine, a la manera como propone Toni Sala en su autobiografía literaria de Copito, Goril·la blanc, o la pieza teatral Últimas palabras de Copito de Nieve, de Juan Mayorga.

Pero, más allá, lo que debería reconocerse es que el vidrio que el visitante del Zoo miraba y tras el cual se exhibía Copito era, en realidad, un espejo. Bien podría pensarse que la vitrina que encerraba al mono era la maqueta de la que  nos enclaustra a nosotros, habitantes de una Barcelona que no tiene ningún escrúpulo en venderse en el mercado de ciudades, en efecto, como "la mejor tienda del mundo", lo que nos convierte a todos en elementos de su escaparate. ¿Acaso no se repitió una y otra vez que Copito merecía ser considerado "un barcelonés más"? Pues henos ahí: cada uno de nosotros un barcelonés más, como los otros forzado a aparecer permanentemente cívico y feliz como figurante del spot publicitario de una ciudad que, como todo producto de aparador, no existe en realidad sino como fraude.

Más allá todavía, Copito somos también nosotros mirándonos fijamente, puesto que su condición acaso no sea muy distinta de la nuestra como meros seres humanos, desorientados en un mundo que se niega a entregarnos su sentido. A esa conclusión llevaba Italo Calvino su evocación del gorila blanco en la persona de su señor Palomar y la manera como él, a su vez, recuerda la cubierta de neumático con la que jugaba en su jaula: "Ya fuera del zoo, el señor Palomar no puede quitarse de la cabeza la imagen del gorila albino. Trata de hablar de él con cualquiera que se le cruce en el camino, pero no consigue que nadie le escuche. Por la noche, tanto en las horas de insomnio como en sus breves sueños, sigue apareciéndosele el mono. «Así como el gorila tiene su neumático que le sirve de apoyo tangible para un delirante discurso sin palabras -piensa-, así yo tengo esta imagen de un mono blanco. Todos hacemos girar entre las manos una vieja cubierta vacía mediante la cual quisiéramos alcanzar el sentido último al que las palabras no llegan."

A raíz de su muerte, Juan Villoro escribía sobre Copito: "Nadie representó en forma tan entrañable a la ciudad y nadie fue tan horrible de ver. En sus ojos sin brillo, sólo rondaba una pregunta: '¿Qué haces ahí afuera?'. Como en un juego de espejos, Copito de Nieve da qué pensar sobre qué debe pensar él mismo de quienes le pensamos, que suele ser lo que nosotros pensamos de nosotros mismos. Y es que, como establecía en un artículo fundamental André-Georges Haudricourt, las relaciones humano-animal son siempre arquetipos de relaciones de subordinación humano-humano. Nuestras formas radicales de borrado-consumo de la bestialidad viva –el animal doméstico, el del circo, el del zoológico– se constituyen en apoteosis de un modelo de dominación cuyo paralelo debería buscarse en los principios de civilidad en nombre o a través de los cuales nuestra sociedad –la "civilizada"– nos disuade para que nos sometamos y aprendamos a obedecer. La tristeza de Copito tras el vidrio es la nuestra, la de la soledad de nuestro cautiverio cotidiano, la de seres que se aburren, se masturban y comen mierda, mientras añoran la selva que nunca conocieron.



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