dijous, 25 d’agost de 2016

Sobre el catalanismo comunista


SOBRE EL CATALANISMO COMUNISTA
Manuel Delgado

Los partidos comunistas siempre y en todos sitios han sido partidos patrióticos, además de internacionalistas. En todos los casos, los comunistas han entendido que los intereses de sus respectivas naciones eran los de sus mayorías sociales y especialmente de su clase obrera. En las sociedades sometidas a las diversas formas de imperialismo, el compromiso de los marxista-leninistas con sus respectivas causas de emancipación nacional ha sido una constante. Sabemos que fue asi en una etapa reciente por lo que hace a la lucha contra el imperialismo norteamericano o el colonialismo de las grandes potencias europeas. Igual por lo que hace a multitud de minorías étnicas en todo el mundo. En la propia Europa occidental también los comunistas han encabezado la resistencia contra el ocupante o invasor. Lo vimos en el liderazgo de los comunistas en los diversos movimentos guerrilleros que se enfrentaron a lo ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero no menos en las expresiones colonialistas por decirlo así “interiores” en la propia Europa occidental, que afectaban a naciones que también habían decidido llevar a cabo procesos de autodeterminación contra lo que entendían que eran situaciones de opresión nacional.

En Europa, los partidos comunistas plantearon la lucha antifascista en clave patriótica, sobre todo, como es lógico, en el contexto de la ocupación nazi de sus territorios. Recuérdese que la defensa de la República tuvo en España, de la mano precisamente del PCE, una considerable dimensión nacionalista y de liberación nacional, con sus frecuentes exhortaciones a la defensa de la patria contra los invasores italianos y alemanes, pero también contra las tropas coloniales marroquís que empleara Franco como fuerza de choque. 

También cabe tener presente a determinados conflictos europeos, como es bien conocido en casos como el corso, el bretón, el nordirlandés o, en el caso español, de catalanes, vascos y gallegos, que en todos los casos –al menos en algunas de sus corrientes principales– asumieron posiciones políticas de signo marxista-leninista. También ahí cabria recordar que el hecho no es específicamente novedoso y no responde, como se ha sostenido, a la influencia del FLN argelino, por ejemplo. En la década de los años 10 del siglo XX, Lenin ya se ocupó de criticar a quienes consideraban que el derecho de autodeterminación que se reclamaba para los pueblos colonizados no era aplicable al caso de conflictos análogos que tenían su escenario en la propia Europa. El propio Lenin ya establecía que lo que se reconocía como objetivo legítimo para Turquia, Egipto, India, Jiva o Bujará –por citar los casos que él mismo proponía–, lo era también para Finlandia, Polonia o Ucrania, e incluso para Irlanda, por cuya revolución de 1916 expresó toda su simpatía. Consúltese al respecto el “Balance de la discusión sobre la determinación” de Lenin, sobre todo los puntos 6, “¿Se puede contraponer las colonias a Europa en esta cuestión”, y 10, “La insurrección irlandesa de 1916”. Esto está en La lucha de los pueblos de las colonias y países dependientes contra el imperialismo, publicada por la Editorial Progreso de Moscú en 1973.

El caso catalán ha sido especialmente significativo del tipo de ingredientes teóricos que dieron un contenido patriótico a la lucha por el socialismo en un buen número de paises. El leninismo arraigo enseguida en Catalunya asumiendo como centrales las tesis independentistas, es decir el objetivo de hacer de Catalunya un país socialista separado de España. Se concretó en figuras como Martí i Julià, Francesc Layret, Salvador Seguí, Rafael Campalans, Jaume Compte, etc., y en partidos independentistas de signo  marxista-leninista, como Estat Català-Partit Proletari i después el Partit Català Proletari. En paralelo, la expresión catalana del Partido Comunista de España se convierte en Catalunya, en 1932, en partidos independientes, algunos confederados, como el Partit Comunista de Catalunya, y otros independentistas, como el Bloc Obrer i Camperol. De esa amalgama nacen, en 1935, el POUM, en 1936, en Partit Socialista Unificat de Catalunya, en cuya constitución juegan un papel clave líderes procedentes de la izquierda revolucionaria independentista, com ara Amadeu Bernadó, Pere Aznar, Artur Cussó o el mismo Pere Ardiaca, uno de los refundadores el año 1982 del PCC. Es ese partido, el PSUC, el que se integra como entidad independiente en la III Internacional Comunista, siendo acaso la la primera y poco menos que la única vez que Catalunya ha tenido voz propia en una organismo internacional.

Otra cosa es que el independentismo marxista en Cataluña, en ese contexto, asumieran, en la línea de los austromarxistas (Bauer, Kautsky) primero y, más adelante, por Stalin los postulados románticos e idealistas (Herder, Humboldt) que identificaban lengua y espíritu nacional. Así, podemos leer a Stalin: "La nación es una comunidad estable, históricamente constituida, de lengua, de territorio, de vida económica y de psicología, manifiesta esta en la comunidad de cultura" (Marxismo y cuestión nacional, Anagrama, 1977, p . 40; de un artículo del 1950). La incidencia de esta apropiación estaliniana del nacionalismo místico se hizo notar en lo que acabo de mencionar que fueron el  catalanismo comunista de los años 30.


Por mucho que hayan subsistido de forma residual, estas posicionado esencialistas fueron paulatinamente abandonadas por el PSUC, que demostró cada vez más "estar firmemente por la defensa del espeficitat nacional de los pueblos, pero no por la sublimación de sus características carpeta una forma ideal, por encima de lo que sucede en la sociedad "(Rafael Ribó, Cataluña, nación de izquierdas, RBA/Ed. 62, 1988, p. 52). El primordialismo ha perdurado, en cambio, en un minoritario discurso nacional-izquierdistas. Para comprobarlo, no hay más que ver el libro ganador del premio Octubre "Joan Fuster" de 1978, Lingüística y cuestión nacional (Eliseu Climent ed., 1979), en el que Sebastián Serrano afirmaba que las tesis de Stalin eran plenamente comparables con el proyecto novecentista de homogeneización lingüística: "... la intervención de Stalin era plenamente justificada, y su solución en el contexto lingüístico teórico-práctico era la más sensata, llena de buen sentido ... Fabra y el Instituto de estudios Catalanes estarían absolutamente de acuerdo con la filosofía lingüística de Stalin "(p. 144).


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