diumenge, 13 de març de 2016

Deconstruyendo "Lost". VII. El Mundo de los Espíritus y las Puertas del Cielo y del Infierno

Gouache de Tom Gravelijn para 
De la conferencia pronunciada en las Jornadas sobre la vida y la muerte. Identidad, creencias y ritual, celebradas en el Museo de América de Madrid, en noviembre de 2010.

Deconstruyendo "Lost". VII
EL MUNDO DE LOS ESPÍRITUS Y LAS PUERTAS DEL CIELO Y DEL INFIERNO
Manuel Delgado



Si realmente, como sostengo, la serie adopta como escenario esa especie de territorio bisagra entre los universos antagónicos del Infierno y del Cielo, el drama que representarían allí los accidentados del Oceanic 815 sería el de cómo se dirime su destino hacia uno o hacia otro a partir no de una sentencia divina, sino de su propia libertad de elección. He ahí entonces uno de los asuntos centrales del esoterismo ilustrado y de la interpretación que éste hizo de textos visionarios anteriores, como los mencionados de Dante y de Milton. La fuente de la que la serie bebe sería la mística de Emanuel Swedenborg (1688-1772) y de una lectura de su Del cielo y del infierno (Siruela), de 1758, acaso su obra principal. De ella se extraería el elemento teórico principal, por decirlo así, de la serie.

A saber: el cielo y el infierno no están separados, sino siempre en contacto, en comunicación permanente en cada uno de nosotros. Dios no nos envía a nadie al Cielo o a el Infierno, sino que vamos nosotros solos, y lo hacemos a partir del ejercicio de nuestro propio arbitrio, como corresponde al librepensamiento, recibe la fuerte influencia del erasmismo radical de socinianos y arminianos –uno de los cuales fue Thomas Milton, no se olvide–, las principales herejías racionalistas de principios del XVI, estarán entre las fuentes doctrinales de todo el pensamiento de las Luces. La filosofía de “Lost” se corresponde plenamente con la de Swedenborg a la hora de establecer el libre arbitrio como el factor decisivo del que depende la salvación o la condenación del alma: "Para que podamos ser libres para ser reformados estamos unidos al cielo y a el infierno. En cada uno de nosotros hay ángeles del cielo y espíritus del infierno. Por la vía de los espíritus del infierno nos encontramos nuestro mal; por la vía de los espíritus del cielo nos encontramos el bien, que es aquello que debemos al Señor. Por esta causa nos encontramos en un equilibrio espiritual, es decir en libertad" (§ 591).

Es decir, en la imaginación swedenborgiana no hay lugar para la figura del Diablo. No existe un ser abyecto que gobierne el Infierno y las visiones del místico están claramente asociada a lo que a ese proceso de “purgatorización” del Infierno a que se refiere Philippe Ariès al referirse a las concepciones sobre la muerte y el más allá que comparten las escuelas místicas ilustradas, coincidentes en su antideterminismo y en la competencia del individuo a la hora de no delegar en instancia alguna –ni siquiera de orden sobrenatural– la valoración ética de lo hecho y lo omitido. Repitámoslo: nadie nos condena o nos salva; somos nosotros mismos quienes decidimos qué camino tomar, en función del amor que hemos cultivado, sea el de a uno mismo o el de a los otros. Este tema del equilibrio es fundamental en “Lost”, como lo es en toda la obra de Swedenborg. "El equilibrio espiritual es esencialmente una forma de libertad, porque es entre el bien y el mal y entre la verdad y la falsedad. Así pues, la capacidad de proponernos el bien o el mal y de pensar lo verdadero y lo falso, la capacidad de escoger uno en vez del otro, esa es la libertad de la que hablo aquí" (§ 597).

Nos encontramos aquí con una idea central en la construcción del sujeto moderno, cual es la de responsabilidad entendida como la virtud que permite a los seres humanos, libre y conscientemente, reflexionar, administrar, orientar y valorar moralmente las consecuencias de sus actos. Ese principio de responsabilidad, tan nuclear en el pensamiento de Kant, sería una más de las evidencias que lo que este y Swedenborg tendrían en común más allá de sus desavenencias y que sería la asunción  de ese principio que compromete a los individuos en aplicar criterios autónomos en la determinación de su destino, también en el Más Allá.

Y es ahora donde procede introducir a cuál de los escenarios de la obra de Swedenborg corresponde la Isla. En Del cielo y de el infierno la comunicación y el tránsito entre universos antagónicos existe un territorio intermedio al que van a parar los muertos y donde esperan el momento de subir al Cielo o bajar al Infierno. Se trata del Mundo de los Espíritus, al que Swedenborg dedica la Parte II de su libro, titulada "El mundo de los espíritus y el estado del hombre tras la muerte". Según la visión que Swedenborg, "el mundo de los espíritus no es ni el cielo ni el infierno, sino un lugar o estado entre los dos. Es el lugar al que vamos inicialmente tras la muerte, siendo a su debido tiempo elevados al cielo o lanzados al infierno en función de nuestra vida en este mundo.

El mundo de los espíritus es un lugar a medio camino entre el cielo y el infierno y es también nuestro estado intermedio tras la muerte. Me ha sido mostrado que es un lugar a mitad de camino, al ver que los infiernos estaban debajo de él y los cielos encima, y es un estado intermedio porque mientras estamos en él no estamos todavía ni al cielo ni al infierno" (§ 421-422). Para Swedenborg, la preparación de un alma para el cielo requiere someterse a un auténtico renacimiento espiritual o nueva creación bajo un nuevo entendimiento que aleje definitivamente al muerto de cualquier voluntad mundana, en la que es constante la mezcolanza no siempre discernible entre bien y de mal, verdad y falsedad. Desenredar esa confusión y segregar lo bueno de lo malo es aquello a lo que el transeúnte por ese estado anterior al Cielo o al Infierno deberá entregarse.

Tenemos entonces que el Mundo de los Espíritus es una especie de gran sala de espera en el que los espíritus –que no son las almas, puesto que mantienen aún allá su forma corpórea– esperan el momento de su traspaso al cielo o al infierno, pero no como consecuencia de ningún juicio divino, ni de la actividad perversa de ningún demonio, sino de sus propios actos y decisiones, "de nuestro entendimiento y nuestra voluntad", coherentes con los que asumimos en nuestra existencia terrenal. Allá, además, les es dado encontrarse con los amigos y familiares, hijos, esposa o esposo, parientes..., tanto vivos como muertos, pues "aunque separados, estamos juntos a todos ellos y podemos hablar con cualquiera" (§ 427).

La descripción de esta comarca intermedia es del todo compatible con la Isla. Los accesos al Infierno son una multitud de agujeros, cuevas, rendijas, grietas, pozos..., todos ellos disimulados, pero visibles sólo para aquellos que entrarán o caerán en ellos, "puesto que es sólo para ellos que se abren”. El Cielo, en cambio, está completamente cercado y a él sólo se puede acceder por una pequeña entrada y un pasillo estrecho que después se va bifurcando. Cada uno de nosotros, en nuestra mente racional, es una correspondencia de este Mundo de los Espíritus, puesto que cada quien tiene también en sí mismo estas dos puertas y estos dos caminos que conducen uno a la salvación, el otro a la condena, siendo cada uno de nosotros que escogemos entre una vía u otra. El tiempo de permanencia en este espacio intersticial varía. "En el mundo de los espíritus hay un enorme número, puesto que allá tiene lugar la primera reunión de todos, y allá son preparados y explorados todos. No hay término fijo para su estancia allí; algunos no hacen más que entrar en él, y enseguida son traídos al cielo o bien lanzados al infierno; otros permanecen allá tan sólo algunas semanas, otro varios años..." (§ 426).

Completando esa intuición del ascendente visionario de Swedenborg sobre la serie, se podría especular con la afinidad entre el personaje de Ricardus y uno de los más recurrentes en la obra del místico escandinavo: el Hombre Eterno, la síntesis de la condición humana y la naturaleza divina de su espíritu y que luego reencontraremos en los la obra del primero admirador y luego crítico de Swedenborg que fuera William Blake, bajo el nombre de Albión.


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