dimecres, 27 de gener de 2016

Barcelona: el nacimiento de una nación

La foto es de Jordi Secall, tomada de http://jordisecall.blogspot.com.es/
Fragmento de la conferencia "La ciudad mentirosa. Memoria colectiva y construcción de la identidad en la Barcelona olímpica", pronunciada en el marco del "Simposio sobre reorganización de les comunidades rurales y su influencia sobre la etnicidad urbana", celebrado en el Centro de Estudios Extrangeros de la Universidad Santa Sofía de Tokyo en octubre de 1991.

EL NACIMIENTO DE UNA NACION
Manuel Delgado

Acaso Barcelona encarne un episodio más de los esfuerzos que todo orden político ha hecho siempre para imponer sus discursos de homogeneización, centralización y control sobre la tendencia de todas las ciudades al enmarañamiento simbólico. Frente al murmullo ciudadano la política ha venido procurando ocultar lo intruso de su presencia, para acabar por establecer como incontestable y sagrado sus planes de esclarecimiento y fiscalización. Se reproduce, en clave posmoderna y en un plano ahora preferentemente semántico, una operación parecida a la de reforma urbana mediante la que se intentó acabar con la actividad tanto de las "clases peligrosas" como con las grandes luchas sociales que habían conocido a lo largo del XIX las grandes ciudades europeas, y que consistió en el trazado de grandes ejes, la instauración de la iluminación nocturna y la destrucción de lo que entonces se llamaron "islotes malsanos", al tiempo que se llevaban a cabo los grandes censos mediante los que se pretendía conocer exactamente la composición social de la población. Lo político, la politeia entendida como administración de la civitas, en efecto, nace de la necesidad que las castas dirigentes experimentan en todo momento de hacerse con el control de la crónica condición intranquila de toda ciudad, de negar que ésta encuentra en el conflicto al mismo tiempo su génesis y su combustible vital. El objetivo: hacer de la ciudad un verdadero escenario de la transparencia que todo control exige para ejercerse. Una vez más, urbs versus polis.

En el caso específico de Barcelona ese pleito entre política y ciudad se reprodujo, a principios del siglo XX y para el caso de Barcelona, en la manera no coincidente como dos pensadores, el poeta Joan Maragall, abuelo del actual alcalde, y el filósofo noucentista Eugeni d'Ors, se plantearon la necesidad de hallar la esencia ciudadana de Cataluña. El planteamiento común era el que conducía a la necesidad de una nueva noción de país que encontrase las raíces de su identidad no en singularidades históricas o en tradiciones compartidas, sino en una determinada idea de civilidad de la que la Ciudad Condal sería cristalización potencial. Frente a la Cataluña idílica de la Renaixença, que ni era sociedad civil ni era Estado; frente a una España fracasada, Estado incapaz de vertebrar en torno suyo una auténtica sociedad civil, Barcelona podía erigirse como un ejemplo perfecto de una sociedad civil que crecía con éxito sin Estado. obre la discusión entre Maragall y d'Ors a propósito de Barcelona, cf. Eugenio Trías, El pensamiento cívico de Joan Maragall, Península, Barcelona, 1984, y La Catalunya ciutat i altres assaigs, L'Avenç, 1984.

Fue esa realidad susceptible de ser pensada como idea-fuerza y modelo de civilización, tanto para España como para Cataluña, la que fue objeto de elogios por parte de intelectuales como Unamuno, que había convocado a Cataluña, y en relación a su capital, Barcelona, a "representar en la Ciudad así, con letra mayúscula y fuera de ella la función civil de gran espectáculo." ("Sobre el problema catalán: Oposición de culturas", El Mundo, Madrid, 13 de febrero de 1908 (en Meditaciones y ensayos espirituales, volumen VII de Obras Completas, Escelicer, 1967, p. 454).

En ese ambiente general de vindicación de la capital catalana como punto de referencia modernizador que tanto D'Ors como Maragall hicieron sus interpretaciones de Barceloma como ensayo de ciudad-patria. En sus artículos periodísticos, firmados con el seudónimo de Xénius, Eugeni d'Ors concebía Barcelona como una entidad elitista y cerrada, de vocación neoateniense y organizada geométricamente. Por contra, Maragall entendía Barcelona como una especie de caos pactado, algo así como un desorden desbocado pero secretamente racional. Para ambos, en cambio, lo deseable en común era hacer realidad una verdadera patria urbana, un objetivo para el que era indispensable algo más que un proyecto intelectual lleno de premoniciones. Lo necesario era superar la ausencia de una auténtica autoconciencia de ciudania, un amor cívico capaz de dotar de consistencia sociohumana vertebrada sólidamente lo que no podría resultar, sin tal requisito, otra cosa que una entelequia. Eugeni d`Ors lo planteaba reclamando para Barcelona ese espíritu que la escuela de Chicago le negaba a las ciudades y que él quería ver erigirse más allá de la mezquinidad de las meras existencias individuales: "¡Pero, no! Platón me valga, para recordaros y para acordarme, como por encima las almitas miserables de los hombres, está la gran alma de la Ciudad. Y la Ciudad nuestra quiere ser salvada, ha de salvarse. Podremos no convertir a Pau, Pere, Berenguera en hombres civiles. Pero Barcelona, pero Cataluña, ha de ganar Civilidad definitiva, así nos muramos todos" ("Entre les runes de Civiltat", La Veu de Catalunya, Barcelona, 24 de enero de 1907 (en Glossari, Edicions 62/La Caixa, 1982, p. 41). Con todavía mayor lúcida claridad lo expresaba Joan Maragall en las palabras con que cerraba un famoso artículo suyo de 1909, en que reaccionaba ante el espectáculo de la Barcelona espasmódicaa de la Semana Trágica: "Aquí tal vez había habido una gran población, pero bien cierto que nunca existió un pueblo" ("Ah, Barcelona!", La Veu de Catalunya, Barcelona, 1 de octubre de 1909 (en Elogi de la paraula i altres assaigs, Edicions 62/La Caixa, 1978, p. 246).

Han tenido que transcurrir nueve décadas para que los sueños contrapuestos de d'Ors y Maragall hayan encontrado las vías para su realización sincrética, y lo hayan hecho al servicio de un programa político que aspira a trascender las limitaciones del nacionalismo tanto catalán como español, considerados caducos precisamente por su adscripción a los viejos modelos de identificación étnica de base lingüistica, territorial o histórico tradicional. Esta consideración no es intuitiva: responde a los precisos términos en que se ha venido ejerciendo el propio discurso político de los gobiernos del Partit del Socialistes de Catalunya en el Ayuntamiento de Barcelona.

En su declaración de principios sobre lo que es y debe ser la ciudad y en concreto en un capítulo nada casualmente titulado "Más allá del nacionalismo" el actual alcade barcelonés, el socialista Pasqual Maragall, optaba por la idea de la Cataluña-ciudad frente a la de un "nacionalismo clásico" que era generado por "el sentimiento de pertenencia y adscripción propios de colectivos más reducidos e históricamente previos, como la familia y la tribu" y que acababa transformándose en un código político. La Cataluña-ciudad implicaba una Cataluña muy urbanizada, con una Barcelona culturalmente vertebradora pero no muy poblada y con servicios dispersos en todo el país que, siguiendo el modelo de la capital, potenciaran las capitales de provincia y de comarca: Girona, Lleida, Tarragona, Tortosa, Vic, Manresa, Reus, etc. O, en palabras del propio Maragall, Cataluña como "sistema de ciudades": "Cuando se habla de Cataluña-ciudad, se quiere decir lo siguiente: que Cataluña es urbana, que está vertebrada y articulada a través de una red de munici¬pios." (Refent Barcelona, Planeta, 1986, p. 119). O, planteado como lo hacía uno de los teóricos de el neonacionalismo urbano barcelonés, Ferran Mascarell: "Yo defiendo por encima de todo una cultura entendida esencialmente como intercambio y no como identidad histórico-antropológica".En la mesa redonda "Ciudad taller - Ciudad escaparate", en Ajoblanco (abril 1991), pp. 65-73.

Cabe hacer notar aquí que se está hablando del plano puramente representacional. En la práctica el modelo escogido no ha sido tanto el de la Cataluña-ciudad metafísica como el de una Barcelona-metrópoli depredadora y absorvente que se ha mantenido fiel a los grandes propósitos urbano-imperialistas de la etapa franquista, representada inmejorablemente por el ahora muy enaltecido alcalde José María de Porcioles.

En el plano de la administración política, esta orientación patriotizante ha cristalizado en que el Ayuntamiento de Barcelona se conduzca en la actualidad como el gobierno de una auténtica ciudad-Estado, desde donde se administra no sólo la capital de Cataluña sino también las grandes ciudades-dormitorio que conforman la conurbación barcelonesa, el Area Metropolitana de Barcelona la Superbarcelona o Gross Barcelona, tomando como referencia el modelo del Gross Berlín , con un total de en torno a los cuatro millones de habitantes. Todo ello traduce un enfrentamien¬to político, ya crónico en Cataluña, entre el nacionalismo romántico, ruralizante e ideológicamente conservador que gobierna en el país, y cuyo representante más conspicuo es el Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y el cosmopolitismo de los equipos social-comunistas que han dirigido los grandes conglomerados urbanos y que alcaldes de Barcelona como Maragall o como Narcís Serra han personificado. La apuesta es aquí la de lo que su principal teórico, Jordi Borja, ha definido como barcelonismo, un neonacionalismo urbano que se ofrecería como opción alternativa al catalismo tradicional y al españolismo estatal y cuyas maniobras de legitimación simbólica han sido el objeto del análisis que aquí se presenta.

En los resultados de esa construcción de una identidad de nuevo cuño queda patente el fracaso del pronóstico weberiano sobre el desencantamiento del mundo y el desarrollo y auge de formas de conducta colectiva con frecuencia políticamente patrocinadas basadas en la fascinación y la irracionalidad. La revancha del ritual en la sociedad tardocapitalista parece, en ese sentido, haber encontrado en la ciudad de Barcelona un marco perfecto para devenir indiscutible. Y es así con una meta que no se antoja menos clara: la de construir las bases escenográficas, cognitivas y emocionales de una identidad política emergente. De una identidad política, hay que añadir, que se impone a la multiplicidad que conforma una identidad urbana hecha de pluralidad de eventos y situaciones, de ramificaciones, de líneas, de bifurcaciones. Movimiento perpetuo, ballet de figuras imprevisibles, heterogeneidad, azar, rumor, interferencias... Barcelona. Es negando esa ciudad líquida que el orden político instaura su nueva religión de la Acrópolis, la sólida patria recien inventada que llama a lo distinto a acudir al cobijo de sus presuntas certezas y, finalmente, a morir y disolverse en ellas.

Es eso lo que hace doblemente interesante el caso barcelonés para el estudioso de la imaginación social. Por un lado, nos coloca en lo que sin equivocarnos podríamos llamar el nacimiento de una nación, es decir de una entidad colectiva con un repertorio simbólico compartido y eficaz en orden a desencadenar sensaciones y sentimientos de pertenencia y que, además, implica un propósito específico de soberanía política.

En paralelo, la aparición de lo barcelonés como singularidad viene a desplegarse como una completa colección del tipo de estrategias que permiten conformarse hoy a las nuevas identidades, los parámetros estéticos que constelan tan deudores, por cierto, del lenguaje publicitario, los mecanismos generativos que los animan y hacen viables, y la red, en fin, de articulaciones, confluencias y disyunciones que se organizan para dar a luz la conciencia de sí de un ser colectivo. Podemos decir, en definitiva, que Barcelona se ha convertido en un observatorio inmejorable desde el que contemplar y analizar los términos en que una identidad política florece, se configura lógicamente y comienza a interiorizarse sentimentalmente. Y ello por el trabajo de una suerte de ingeniería simbólica sobre quienes han sido designados para convertirse en sus actores, por mucho que, en realidad, sea tan sólo en el papel de comparsas en el gran espectáculo que el poder político intenta en todo momento brindar de sí mismo.

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