divendres, 28 d’agost de 2015

De como los paganos imitaron los ritos católicos populares

La foto es Rubén Martín-Benito

Comentario para Susana Rodríguez, estudiante del Grado de Antropología Social de la Universitat de Barcelona

DE COMO LOS PAGANOS IMITARON LOS RITOS CATÓLICOS POPULARES

Vamos a ver, Susana. En Antropología Religiosa dediqué unas cuantas clases a explicar cómo la antropología decimonónica se inventa las religiones orientales, los cultos paganos, los ritos a la fertilidad…, atribuyendo a los antiguos un sistema de creencias y representaciones que estaba directamente inspirado en la realidad religiosa de las clases populares europeas del siglo XIX. Es eso lo que quería decir en mis comentarios sobre cómo los pueblos antiguos imitaban las sandeces sin el mínimo rigor de García Atienza, Sánchez Dragó y compañía. Pero eso no lo digo yo. Era Wittgenstein, que escribía en relación a uno de los grandes divulgadores de los supuestos cultos paganos de los que derivaría en cristianismo no depurado por la Reforma: "Fra­zer no era capaz de ima­ginar un sacerdote que en fondo no sea un pastor inglés de nuestro tiempo, con toda su estupidez e ignoran­­cia" (Observaciones a “La rama dorada” de Frazer, Tecnos).

De cualquier forma, tampoco te tomes todo este comentario como una crítica o un reproche. Cuando, como suele decirse, “tenía tu edad”, te prometo que me pasaba las hora muertas en la biblioteca leyendo los clásicos de las religiones orientales. Me mamé toda la colección de libros orientalistas publicados en Leyden hasta los años 30 del siglo pasado. Me convertí en un experto en el culto y el avatar mítico de Sabazios, Cibeles, Isis, Ma-Bellona, Júpiter Heliopolitano, Mitra, Attis, Adonis… Reconozco una pasión especial sentida por las obras de J. Toutain o Franz Cumont…, que no fueron estudiosos de los antiguos cultos romanos, sino sus inventores. En efecto, si te lees el libro de Jaime Alvar Los misterios. Las religiones “orientales” del Imperio Romano (Crítica), verás que la obra empieza del siguiente modo: “Aunque resulte extraño, los “cultos orientales” del Imperio Romano sólo existen desde hace un siglo”. En concreto, Alvar indica su nacimiento en las conferencias que dicta Cumont en Oxford en 1905.

Antes que los “orientalistas” como Cumont y Toutain, estuvieron los evolucionista del XIX y toda la tradición folklorista que les sigue en esto de los “cultos a la fertilidad” de los antiguos –como pensaba que había quedado claro en clase– fueron los exponentes más significativos de la teoría que presentaba el catolicismo practica­do como una colección de sobrevivencias, lo que Edward B. Tylor llamaba survivals. Esta premisa de que los católi­cos no hacían sino rescatar con su práctica del naufragio los más de­lezna­bles restos de la tosca religión de los gen­ti­les y de que el catolicismo estaba siendo el refugio de una modali­dad de religiosidad del todo incompatible con el espí­ri­tu ra­cionalista, domina toda la primera etnología, ya se había expandido antes a lo largo de casi un siglo, a través de textos tan influyentes como los Sebillot, Saintyves, Van Gennep o Rei­nach. 

Además, recuerda los párrafos que leí en clase de La Rama dorada (FCE), para que vierais todo su empeño en evi­denciar la exis­tencia de una fuerte analogía entre los cultos tradi­cio­na­les de los rústicos europeos y las viejas religio­nes mistéri­co‑orienta­les de signo “pagano”, hasta el punto que, de hecho, el cristianismo no reformado no podía ser con­sidera­do sino como una forma apenas modificada, disimulada, de religión pagana. En cierto modo, tal y como los protestantismos habían insistido en denunciar, los católicos no habían llegado nunca a ser cristianos. Fue así que las modernas ciencias sociales pasaron a constituirse en proveedoras de nutrientes ideológi­cos para el ánimo anticatólico. En efecto, la consideración ‑provista por antropólogos, pero también de esa nueva disci­plica llamada orientalismo y de la lingüística evolucionista en sus estu­dios sobre el mito‑ de que el cris­tianismo no era una reli­gión en absoluto original sino una simple imitación de las religiones precedentes (mitraís­mo, osirismo, attismo, dionisis­mo...) conducía a la apreciación de que apenas existía dife­ren­cia entre los antiguos misterios de los idólatras y los modernos sacramentos cató­licos y, mucho más aún, de las toscas prácticas religio­sas de los campesinos iletrados que resistían, como territorios in­teriores pendien­tes de ser colonizados, en la Europa con­tem­po­ránea y éste era uno de los argumentos que con mayor énfa­sis repetían los an­tieclesiales en sus textos y discur­sos. 

Algo parecido podría decirse de la apreciaciones sobre los semitas del presbite­riano heterodoxo Ro­bertson Smith, el inicio de un discurso científicos sobre el banquete totémico que complicaba severa­mente a los católicos contemporáneos, practicantes de una modalidad de la manducación ritual ‑la eucaristía‑ no dema­siado alejada de la atribuida a las sociedades "no elevadas". Era una información procedente de la especulación antro­poló­gica la que Elisée Reclus, uno de los teóricos más aten­didos por los librepensa­dores del siglo pasado en España, manipula­ba para redactar su capítulo "Los cristianos" de El hombre y la tierra (FCE), donde, entre otras co­sas, se puede leer que "el arte llam­ado cris­tiano fue en rea­lidad arte pagano..., aún de ese arte en que se inspiraba, sólo tomaba lo viejo y corrom­pido. Los cristia­nos no imitaban más que imitaciones y no copiaban sino co­­pias". 

Ese tipo de ideas se generaliza de manera absoluta en el librepensamiento reformista burgués del XIX y es asumido acríticamente, a través de la divulgación popular, por socialistas y anarquistas. En España, una de las más anticle­ri­ca­les novelas de Pío Baro­ja, El cura de Mon­león, consagra casi la tercera par­te de su extensión total a las autorrefle­xiones que el prota­gonista se hace a propósito de los impuros oríge­nes del cris­tianismo y que le llevarán finalmente a re­nunciar al sacerdo­cio para pasarse a las filas de la militan­cia so­cialista y anticleri­cal. Antes, Flaubert ya había dedi­cado todo un capí­tulo de Las tenta­cio­nes de San Antonio a las ar­gumenta­ciones con que el demonio tienta al santo para que apostate, basadas en la similitud que hace indistin­guible el cristianis­mo de los cultos gentiles que pretendía susti­tuir.

Obras orientadas en el sentido de negar la originalidad del cristianismo ‑una tradición literaria vigente hasta ahora mismo‑ alcanzan durante todo el siglo XIX y princi­pios del XX un éxito extraordinario. Hasta las capas menos cultiva­das las conocen y las integran a su patrimonio ideológico. Las edicio­nes en español de obras como El origen de los cultos, de Du­pu­is, o La ruinas de Palmira, de Volney, o las de Rou­sseau o Voltaire alcanzan en toda Europa tiradas grandiosas. En cuanto a Ernest Renan ‑autor también de la colosal His­toria de los oríge­nes del cristianismo‑ es difícil hacerse una idea de la extraor­dinaria repercusión que tuvie­ron las múltiples ediciones de su Vida de Jesús ‑50.OOO ejem­plares vendidos en Francia tan sólo en seis meses‑, uno de los li­bros más leídos y discuti­dos del siglo XIX y que mereció a su aparición una ceremonia expiatoria en San Pedro, convocada por Pío IX. En realidad el libro no era otra cosa que una superficial y vulgarizadora versión de las con­clusiones de los exegetas protestantes li­berales alemanes de la época. Un gran divulgador del folclor como Ja­cob Grimm denunciaba como se había producido "una confusión entre los ritos paganos y cristianos, a la que se han dejado arrastrar algunos sacerdotes incautos y necios." 

Más ejemplos. En Fran­cia, el Mémorial Catholique in­forma que entre 1814 y 1828 se vendieron al menos dos millo­nes de ejemplares de las obras de Rousseau y Voltaire. La his­to­ria del auge y caída del Im­perio Ro­mano, de Gibbon ‑un tránsfuga del catolicismo al protestantismo‑ es­tán en la bi­blioteca de comba­te de infi­nidad de sindicalistas ibé­ri­cos y son parte infor­mante importan­tísima en los ambien­tes libre­pen­sa­dores y rege­neracionistas españoles, tal y como descri­bía Mesonero Roma­nos, o como evocaba Abdó Te­rrades, al re­ferirse al valor casi iniciático que tenían este tipo de lec­turas: "Entre los colegiales de principios del XIX circu­laban los libros de los filósofos prohibidos. De manos de los más adultos, que ya cursaban fi­losofía, aquellos ver­sículos de emancipación cir­culaban a manos de los más pe­que­ños que nos iniciábamos." Aramburu, un senador de principios de siglo denunciaba: "Parece mentira que en una nación como España donde se lee tan poco, tengamos traducidas al castellano casi todas las obras ateas extranje­ras". Sorprende como esa línea de li­teratura anticlerical goce de tan buena salud como para dar lugar a una reedición, con ti­rada popular, de un clásico de la retórica desmitifica­dora a lo Volney, típica del siglo pasado y principios de éste, como La religión al alcance de todos, de Ibarreta, que podía comprarme no hace mucho –te lo prometo– en el Corte Inglés de Plaça Catalunya.

Si te interesa encontrar la genealogía directa de este tipo de postulados que, al margen de los descubrimientos empíricos y teóricos, aparece empecinada en repetir los mismo tópicos, la encontrarás sobre todo en los postu­lados antica­tóli­cos de los whi­gs, los antecesores de los actuales liberales ingleses, que en el siglo XVII constituyeron la facción presbiteriana radical de los covenanters escoceses y se convirtieron en partido en 1833. Es interesante como formalizan la impugnación del ala más anticlerical de las Luces –Holbach, Voltaire, Volney…–. Léete, por ejemplo, al mismo Thomas B. Macaulay (Leyes de la antigua Roma, de 1842), o a la versión sino también de sus exponentes franceses, como Guizot (Historia general de la civilización en Europa, 1824). Verás cómo se desarrollan las especulaciones orienta­listas del XVIII, según las cuales el momento civilizatorio actual tenía su reflejo en las condiciones del mundo antiguo, en el que los avances por la senda de la evolución social eran vistos como impulsados por la victoria sobre las tenden­cias arcaizantes de la paganía. Sólo había que sustituir a los pe­ligrosos y disolventes "cultos orientales" por el valor "ca­tolicismo". 

Como ves, desde las asép­ticas instan­cias de su Cien­cia, el antropólogo y el historiador de las religiones del XIX llegaba para aportar un esfuerzo especu­lativo de inmenso va­lor estra­tégi­co contra los peligros del ri­tualismo católico y de las perversas supervi­vencias que pro­pi­ciaba. El mismo Tylor nunca disimuló su vo­cación liqui­dado­ra. Así con­cluye su Cultura primitiva cuando culminaba su Cultura primitiva (Ayuso) llamando a los antropólogos a practicar “una ciencia del reformador”. 

La antropología, decidida ya a constituirse en una ver­dadera ciencia de los reformadores, como acabo de hacerte notar que exigía Tylor, había ido quizá dema­siado lejos. Hay algo que ya sugiere Stocking en sus comentarios sobre Tylor y que ten­dría mucho que ver con los argumentos que ofrecen investigadores de la antigüe­dad como De­tienne o J.‑L. Durand al presentar la mayor parte de las teorías sobre la mitología y la religión arcai­cas como un colosal invento, situado en los límites de la estafa etnocén­trica. Las últimas averiguaciones serias sobre la vida ritu­al de los antiguos griegos, por ejemplo, pondrían en evidenc­ia que la mayor parte de informaciones sobre el ritualismo pagano divulgadas hasta bien entrado el siglo XX ‑y en muchos casos hasta ahora mismo‑, eran absolutamente fa­la­ces. Esta reconsideración es la que desemboca a su vez en la intuición de que no sólo era insos­tenible que las romerías marianas, las verbenas populares o el culto a los santos eran continua­dores o imita­ción de la gestualidad pagana, sino todo lo con­trario, que las evidentes similit­udes que existían entre unos y otros, los cultos populares actuales y las prác­ticas del misterismo antiguo, eran la con­secuencia de que para la ima­ginación de estos últimos, tal y como eran recons­truidos por historiado­res y etnólogos, lo que se estaba to­mando como re­ferencia era la vida religiosa de los cristianos no reforma­dos o insufi­cientemente reformados ‑el caso de los anglicanos‑ de aquel momento. 

O sea, en resumen, Susana: no te creas nada. Si has decidido estudiar antropología que sepas que te condenas a ti misma a descubrir siempre el truco. Ya sé que es difícil soñar sabiendo que se sueña, pero tienes que empezar a acostumbrarte.


Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch