divendres, 4 de juliol de 2014

Breve comentario sobre lo urbano como acaecer para Pedro Alcántara, estudiante del Máster d'Espai Públic de Elisava

La fotografía es de Jürgen Bürgin
Lo urbano, como te dije es eso: un acaecer. Ya te lo escribí, pero te lo repito ahora: lo urbano no es otra cosa una labor, un trabajo de lo social sobre sí, como la sociedad urbana “manos a la obra”, haciéndose y luego deshaciéndose una y otra vez, hilvanándose con materiales que son instantes, momentos, circunstancias, situaciones, todo aquello de lo que la expresión máxima y más delirante es la fiesta. Siendo materia, lo urbano estaría más cerca de la forma que no de la substancia.

Mir lo que escribe Lefebvre en Espacio y politica (Península): “Lo ‘urbano’ viene a ser un continente que se acaba de descubrir, y cuya exploración se lleva a cabo edificándolo.” Insisto: lo urbano está constituído por todo lo que se opone a no importa qué estructura solidificada, puesto que es fluctuante, efímero, escenario de metamorfosis constantes, por todo lo que hace posible la vida social, pero antes de que haya cerrado del todo tal tarea, justo cuando está ejecutándola, como si hubiéramos sorprendido a la materia prima de lo social en estado todavía cruda y desorganizado, en un proceso, que nunca nos sería dado ver concluído, de cristalización. Lo mismo podría aplicarse a la distinción entre la historia de la ciudad y la historia urbana. La primera remite a la historia de una materialidad, la segunda a la de sus utilizadores, es decir sus usuarios. La primera habla de la forma, la segunda de la vida que tiene lugar en su interior, pero que la trasciende. La primera atiende a lo estable, lo segundo se refiere a las transformaciones o a las mutaciones, o, todavía mejor, lo que la escuela de Chicago cifraba como la característica principal de la urbanidad: el exceso, la errancia, el merodeo.

Lo urbano consiste en el despliegue de un sentido común práctico que organiza el exterior a partir de la autogestión de microunidades sociales de índole situacional y  reguladas por normas endógenas, formas de cooperación automática entre cuerpos y apariencias. Por eso hablamos de lo moderno, es decir de lo urbano, como práctica y organización de los trayectos-sucesos, eso que, en efecto, es un puro y mero acaecer. Eso que está ahi fuera viene a ser como una especie de líquido amniótico en el que los concurrentes buscan y encuentran lugares provisionales que consideran propios en tanto que apropiados, siguiendo una dinámica infinita de colonizaciones transitorias, una esfera de y para prácticas y saberes específicas, al servicio de una organización singular de la coexistencia basada en la carencia de lugar.

Por eso es importante que veas, ahora enseguida, el porqué de la importancia de la perspectiva situada, que entiende lo urbano —lee lo moderno— como un encadenamiento de situaciones. Esa noción la acuñan los teóricos de Chicago, pero está ya en Simmel. Está pensando en lo urbano, en la sociedad de la modernidad, cuando escribe que "la sociedad no es entonces, por así decirlo, ninguna substancia, no es nada concreto por sí, sino un acaecer".

Tü piensa en cómo de ahí se deriva la deriva —y perdón por el juego de palabras. Me refiero a la deriva de quienes no en vano se llamaron a sí mismo situacionistas. Para los letristas y los situacionistas europeos de los años cincuenta y sesenta la situación como «un microambiente transitorio y de un juego de acontecimientos para un momento único de la vida de algunas personas», como se dice en la Declaración de Amsterdam que redactan Constant y Duy Debord. La idea de situación está emparentada, a su vez, con la noción de momento en Henri Lefebvre : instante único, pasajero, irrepetible, fugitivo, azaroso, sometido a constantes metamorfosis,  intensificación o aceleramiento vital... 


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