dissabte, 12 de juliol de 2014

Barcelona, capital internacional del neobarroco. Nuevo mensaje para Claudio Menéndez, doctorando

Piromusical de la Mercè 2012. La foto és de Oriol Morte
Déjame que te diga una cosa sobre esto del barroco que estamos hablando estos días. Te daba un visión positiva, y hasta entusiasta de su música y de su filosofía, pero no todo es tan elogiable. En el plano estético, el barroco es impresionante, pero cuando se ha hecho por convertirlo en un criterio para ciertas puestas en escena del poder político el resultado es desastroso. Pienso en el caso de lo que ha sido Barcelona y su famoso "modelo" y como se ha conformado en ejemplo de lo que Omar Calabrese ha llamado precisamente neobarroco en un libro que publicó a finales de los 80 y que te recomiendo: La era neobarroca (Cátedra). Eso tanto por lo que hace a la arquitectura y el diseño como por lo que sería la festivalización generalizada que las autoridades municipales barcelonesas favorecen sistemáticamente. Es como si nos hubieran querido convertir en una especie de banco de pruebas donde experimentar los efectos y las posibilidades a lo que es hoy la teatrocracia en torno a la que gira la vida política contemporánea. "Teatrocracia" es un término bien afortunado que emplea Georges Balandier en un libro suyo que traduje en su día y que se titulaba El poder en escenas (Paidós). Por cierto, el subtítulo de la edición española me lo inventé un poco por la patilla, porque no estaba en la edición francesa: De la representación del poder al poder de la representación.

Pues eso, que Barcelona se convirtió en un cierto momento en una verdadera capital mundial del neobarroco, con la recuperación de aquel estilo, caracterizado por su condición socialmente estéril, que a lo largo de los siglos XVII y XVIII tan propenso resultó a cultivar en arquitectura los efectos realistas y teatrales, para los que el uso funcional de los materiales debía ser sacrificado a las exigencias de la apariencia y donde la ostentación y la aparatosidad festivas merecían un lugar entre las formas de sociabilidad inspiradas desde las instancias del poder político. Siempre me acordaré de la impresión que me causó asistir por primera vez al Piromusical de la Mercè. Ante el espectáculo de los varios cientos de miles de ciudadanos boquiabiertos que se reunen para contemplar aquella gran exhibición pirotécnica que montaba el Ayuntamiento te prometo que sentía que me encontraba ante una reedición de aquella grandilocuencia vacía y laudatoria de los fuegos artificiales en las fiestas políticas barrocas.

Tu coge un libro como el de Bonet Correa,  Fiesta, poder y arquitectura (Akal) y verás como no harás sino encontrar ejemplos de esa restauración generalizada de la o las crónicas de la pomposidad escénica barroca en honor del poder político –«bambalinas teatrales», «decoración ficticia», «máquinas escenográficas», «ornamentos móviles y provisionales», etc.

Aquí, como seguro que has visto, estamos en happening permanente, lo que se me antoja un total triunfo de la pomposidad rococó. Cierto es que el frenesí escenográfico que supusieron los fastos olímpicos de 1992 fue el momento culminante de un auténtico delirio festivalizador de la temporalidad urbana,  pero existirían desde entonces una infinidad de ejemplos menores no menos significativos de usufructo y patrocinio políticos de resortes festivos, es decir de esos grandes o pequeños templos hechos de tiempo que hacen sentirse como una misma cosa a quienes en ellos se reunen. Ahora me viene a la cabeza el caso del corre-foc de la Mercè de Barcelona, inventado en 1979 por los auténticos ingenieros de fiestas del Ayuntamiento y que se ha acabado generalizado por toda Cataluña como una de las más genuinas expresiones de "cultura popular y tradicional" del país.





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