diumenge, 19 d’abril de 2015

El tiempo no se detiene; el espacio tampoco

Imagen de Cudillero, tomada de lugaresperdidosenelmundo.blogspot.com.es.
Fragmento de "El espacio social como patrimonio", prólogo al libro de Manuel Luna y Manuel Lucas, eds., "Arquitectura tradicional y entorno construido" (Trenti, 2002)

EL TIEMPO NO SE DETIENE; EL ESPACIO TAMPOCO
Manuel Delgado

Los etnógrafos no han dejado de enfatizar –y vuelven a hacerlo aquí– la dimensión social y cultural de ese espacio que ya nunca más –al menos desde su óptica– sería un testigo mudo, pasivo y acabado del devenir humano, sino el resultado inacabado y en construcción de concepciones y prácticas que, en tanto que humanas, no podían ser sino sociales. En la base de esa perspectiva, la concepción del espacio como orden de coexistencias –Leibnitz– o como posibilidad de juntar –Kant. Es a partir de ahí que una determinada conformación espacial –de los entornos construidos a los espacios públicos– no puede ser interpretada como un esquema de puntos, ni tampoco un escenario vacío o un envoltorio, pero tampoco –como pretende el urbanista– en tanto que una forma que se le impone a los hechos a partir del proyecto. No es un sedimento, ni una realidad cristalizada contemplable en tanto que disociada del tiempo que lo recorre y no deja de generarlo. El espacio no es, como se acaba de subrayar, un producto, sino una producción –cabría decir mejor una coproducción–, es decir un trabajo que en cierto modo nunca podemos ver del todo acabado, puesto que es ese medio activo en que se despliega el espectáculo de lo social haciéndose a sí mismo, un proscenio vivo en que no hay objetos sino relaciones diagramáticas entre objetos, bucles, nexos sometidos al estado de excitación permanente al que les somete la imaginación y la acción humanas. Tal premisa debería desactivar cualquier pretensión de naturalidad, de inocencia, de trascendencia o de transparencia en esa realidad que damos en llamar espacio, puesto que no se está hablando de una determinada morfología, sino de una articulación de cualidades sensibles que resultan de las operaciones prácticas, la distribución de significados y las esquematizaciones tempo-espaciales en vivo que procuran los seres humanos en su actividad como habitantes o como visitantes, sus deslizamientos, las capturas momentáneas o duraderas que un determinado punto puede suscitar. 

El espacio es entonces –a partir de tales supuestos– como un recurso valioso en el que los concurrentes buscan y encuentran un lugar que consideran propio, apropiado y apropiable, comarca de prácticas y de saberes específicos que requieren el conocimiento del sistema cultural en vigor que lo rige y que es justamente aquello que el etnógrafo intenta inferir. El espacio no es sino pura potencialidad, que existe sólo y en tanto alguien lo organice a partir de sus quehaceres ordinarios o excepcionales y le asigne sentido. Ese espacio, si es que damos en considerarlo social –y dejando de lado la posibilidad de exista algún espacio que no lo sea y del que en realidad no podríamos saber nada–, puede ser reconocido sólo en el momento en que registra las articulaciones sociales –diversas, diversamente organizadas– que lo posibilitan. Por tanto ese espacio no está ahí antes de que en él suceda algo. No precede a ninguna estructura social, pero tampoco emana mecánicamente de ella para quedar fijado en modo alguno. El espacio social resulta de un acaecer humana sin el cual no existiría o al menos no sería ni concebible, ni perceptible, ni imaginable. De ahí que “tener lugar” signifique al mismo tiempo dar con un sitio, merecerlo, pero también acontecer, ocurrir.

Es en esa línea que hemos visto –y veremos ahora de nuevo– actuar la antropología del espacio, atenta a la dimensión cualitativa de este, a sus texturas, a sus accidentes y regularidades, a las energías que en él actúan –y haciéndolo lo suscitan–, a sus problemáticas, a sus lógicas organizativas... Un objeto de conocimiento que –como merece la pena insistir en señalar– sólo puede ser considerado con respecto de las prácticas sociales que alberga y que en su seno se despliegan,  activándolo. Ese espacio y sus configuraciones pueden ser armazón, telón de fondo, marco... ; pero ante todo son siempre agentes activos, ámbitos de acción y actores al mismo tiempo de los dispositivos que lo determinan y orientan. Estamos justo en el lado opuesto de la arrogancia del proyectador que está convencido de que la disposición espacial que impone a través de la planificación va lograr que los contenidos de la vida social se le plieguen dócilmente. El espacio: algo que organiza esas mismas sociedades que lo organizan, que genera y es generado por emplazamientos y desplazamientos que, a su vez constituyen cada uno de ellos, otras tantas formas plurales de lectura y de escritura, de diseminación e interpretación de señales y de rastros. 

En eso, la antropología del espacio huiría de la mera topografía, con su preocupación por los sitios y los monumentos, o de la morfogénesis, como estudio de los procesos de formación y de transformación del espacio edificado o urbanizado, o del análisis tipo-morfológico del tejido del pueblo, del caserío, del barrio o de la ciudad. Ninguna de esas disciplinas tiene en consideración los gestos, las palabras, las memorias, los símbolos, los sentidos, lo lúdico, lo imprevisible...; lo ordenado, pero también lo azaroso; lo integrado, pero no menos lo conflictivo.  Lejos de cualquier tranquilidad, el antropólogo advierte que nunca hay un espacio social, sino múltiples espacios sociales, e incluso una heterogeneidad indefinida de la que el término “espacio social” denota el conjunto no-numerable de puntos y de haces de trazos entre puntos. Es en ese sentido que los espacios sociales pueden revelarse como amontándose, chocando entre sí o apenas rozándose, surcando a la vez que son surcados por otros espacios, superponiéndose, secándose unos a otros; una veces se penetran, otras se repelen. No son cosas limitadas las unas por las otras, colisionando por su contorno o por el resultado de inercias... De hecho, la jurisdicción que se ocupara de esa multiplicidad de espacios debería  parecerse más bien a una especie de dinámica de fluidos, una hidrostática social que notara cómo cada lugar social sólo se puede comprender arrastrado, interferido, arrebatado, enfrentado, irrumpido e interrumpido por otros lugares sociales igualmente móviles e inestables, por mucho que una impresión nos haya engañado con un aspecto de falsa estabilidad.

Tenemos entonces que lo que aquí se nos propone –a partir de una magna labor de recopilación y glosa– es un ejercicio consistente en conceder a ciertos lugares propiedades lógicas, entre las que destaca la de una inalterabilidad más duradera que la de las palabras, los hechos o los actos a los que aparecen conectados circunstancialmente. Se está hablando entonces de una recopilación de lugares, entendidos como sinónimo de sitios, puntos que han merecido ser resaltados en el mapa, accidentes topográficos provocados por la acción humana y que se definen por haber sido ocupados o estar a la espera de un objeto o entidad que los reclame como propiedad –“un sitio para cada cosa, una cosa para cada sitio”, se dice–, que han sido reconocidos como existentes a propósito de una acción o conducta adecuada –“saber estar en su sitio”–, que se interpretan como plasmación espacial de un determinado papel o estatuto –“poner en su sitio” a alguien; considerar "éste es mi sitio". De ahí también la noción de sitiar como acción de asediar un territorio defendido, para rendirlo o apoderarse de él. Se han indicado un conjunto congruente de reificaciones territoriales de algo o alguien que no puede ser sustituido por nada o por nadie más, marcas específicas hechas sobre el paisaje y que lo dotan de una cierta moralidad, puntos de calidad en los cuales la ideología o los sentimientos relativos a valores sociales o personales se han revelado, se han hecho, literalmente, un lugar entre nosotros. Esta fetichización o valor ritual es la que hace del lugar un nudo, un lazo que permite resolver tanto social como intelectualmente las fragmentaciones, las discontinuidades que toda complejidad le impone tanto a la conciencia como a la percepción.

En otro plano, se ha trabajado con especial sensibilidad en estas investigaciones la contraposición constante entre las experiencias del dentro y del afuera, experiencias que ayudan a entender los espacios sociales bajo dos perspectivas distintas: la que los contempla como lugares de implantación de grupos sociales –entre ellos la familia, pero también la corporación profesional, la confesión religiosa, la asociación civil, el club de amigos, la peña festiva, etc.– y la que los reconoce como esfera de y para los desplazamientos. En el primer caso, los segmentos sociales agrupados de manera más o menos orgánica pueden percibirse como unidades discretas, cada una de las cuales requiere y posee una localización, una dirección, es decir un marco estabilizado y ubicado con claridad, una radicación estable en el plano de la ciudad. Ese lugar edificado en que se ubican los segmentos sociales cristalizados de cualquier especie –del hogar a la empresa– contrasta con ese otro ámbito de los discurrires en que también consiste el espacio social y cuyo protagonismo corresponde plenamente al viandante y a las coaliciones momentáneas en que se va viendo involucrado –nunca mejor dicho– sobre la marcha. Si el grupo social tiene una dirección, un sitio, el transeúnte –molecular o masivo– es una dirección, es decir un rumbo, o, mejor dicho, un racimo de trayectorias que no hacen otra cosa que traspasar de un lado a otro no importa qué trama urbana o que comarca rural. Por descontado que existen territorios intermedios o mixtos, ámbitos que están a medio camino entre la casa y la plaza; entre la iglesia, la oficina o la fábrica. Se trata de esos lugares no en vano llamados de encuentro, que son aquellos en los que se entre cuando uno sale: bares, cafeterías, discotecas, estadios, iglesias, cines, centros comerciales. Justo en esa puesta en valor de los terrenos semipúblicos –habitualmente menospreciados por su supuesto escaso valor patrimonial– en donde reside uno de los principales méritos de la presente compilación de investigaciones.

Al final de una de sus obras más geniales –y cuya evocación resulta tan oportuna aquí–, Especies de espacios, Georges Perec confiesa que le gustaría “que hubiera lugares estables, inmóviles, intangibles, intocados y casi intocables, inmutables, arraigados; lugares que fueran referencias, puntos de partida, principios: Mi país natal, la cuna de mi familia, la casa donde habría nacido, el árbol que habría visto crecer (que mi padre habría plantado el día de mi nacimiento), el desván de mi infancia lleno de recuerdos intactos...” Debe reconocer, no obstante que, en realidad, tales lugares no existen, y como no existen el espacio se vuelve pregunta, deja de ser evidencia, deja de estar incorporado, deja de estar apropiado. El espacio es una duda: continuamente necesito marcarlo, designarlo; nunca es mío, nunca me es dado, tengo que conquistarlo”. Perec tiene razón y los estudios aquí reunidos vienen a demostrarlo. Ese espacio que patrimonializamos –en el sentido de que consideramos digno de ser entregado en herencia a quienes habrán de sucedernos en el tiempo– no es un conjunto de sitios memoriados y memorables. Es justamente la naturaleza dinámica de sus empleos y de sus significados lo que lo hace merecedor de esa pluvalía simbólica que aquí se propone para él y que permite distinguirlo de lo que lo rodea o lo atraviesa. Convicción de que toda sociedad es ante todo una sociedad de lugares. Sospecha al fin de que, al contrario de lo que podría antojarse, no somos los humanos quienes empleamos los sitios, sino los sitios quienes nos emplean a nosotros para comunicarse entre sí, para intercambiarse mensajes, para decirse al mismo tiempo que nos dicen.


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