dissabte, 30 de març de 2013

Miquel Fernández presenta su tesis doctoral sobre el asedio al Barrio Chino de Barcelona


Hace poco el colega del GRECS Miquel Fernández presentaba su tesis doctoral Matar al “Chino”. Entre la Revolución urbanística y el asedio urbano en el Barrio del Raval de Barcelona. En el tribunal tuvo a Gary McDonogh, del Bryn Mwar College; Monica Degen, de la Brunel University, i Nilton Santos, de la Universidade Federal Fluminense. Le agradezco sinceramente que me haya permitido dirigir su trabajo. 

Ese trabajo es, en primer término, el resultado de una investigación sobre la violencia. Más concretamente, sobre la llamada violencia del orden, violencia estructural, estructurante o en palabras de Slavoj Žižek, objetiva. Las preguntas que guiaron la indagación fueron, por un lado, hasta qué punto se podía contrastar empíricamente este tipo de violencias, y si así era, cómo operaban en un caso concreto, el de la últimas reformas urbanísticas en el barrio del Raval de Barcelona. Lo estudiado han sido en esencia las alteraciones de la vida urbana en la calle d'en Robador del barrio del Raval de Barcelona como consecuencia de estas incisiones sobre el entramado morfológico del barrio. Las reformas comportaron destrucción de patrimonio arquitectónico, habitacional y cultural de gran valor. Asimismo, generaron expulsiones directas o indirectas, de población y en cierta medida y en ciertas zonas, su substitución por otra de mayor capacidad de dispendio.

Adoptar una perspectiva centrada en las violencias, requirió un ejercicio previo para descubrir qué se ocultaba tras las bondadosas retóricas que se asociaban a la llamada “rehabilitación del Raval”. Para ello se llevó a cabo un rastreo historiográfico del lugar. Se cruzaron dos ejes interpretativos que iban resultar aplicables desde la fundación del barrio hasta nuestros días: por un lado, la persistente literatura demonizante que daba cuenta de un lugar extraterritorial y por el otro, las instituciones y prácticas de control social que han producido el Raval como lugar de excepción.

El trabajo historiográfico entonces permitió establecer una continuidad en las diversas prácticas de control aplicadas sobre el Raval por los consecutivos gobiernos de la ciudad. Se identificaron sucesivamente, la misericordia el higienismo, el urbanismo, o el más reciente civismo como instituciones, prácticas y culturas de control sobre el lugar y su población trabajadora y descapitalizada.

Una vez establecidas estas convergencias y continuidades en el trato que las instituciones gobernativas habían dispensado a grandes capas de la población del Raval, se propuso una etnografía crítica de una de los últimos recovecos donde persistía el mito del “Barrio Chino”, la calle d'en Robador. El objetivo no era otro que el de escudriñar qué había cambiado y qué persistía en relación a lo descubierto mediante el análisis historiográfico.

Dicha etnografía se llevó a cabo entre la primavera de 2010 y el verano de 2012. Desde el punto de vista expuesto, se elaboró una taxonomía de la enorme variedad de grupos humanos allí presentes, así como de los encuentros y desencuentros particulares que allí eclosionaban. Destacaban cuatro grandes grupos categorizados con los nombres de antiguos / nuevos vecinos, trabajadoras/es del mercado laboral informal, policías, modernillos o turistas. El siguiente paso fue una descripción del entorno físico que servía de escenario a las interacciones de los grupos humanos identificados. Se trata de un lugar crónicamente abandonado a la suerte de sus inquilinos desde su urbanización en el siglo XVI hasta nuestros días. Un espacio en el que ni propietarios -mayoritariamente de fincas enteras- ni las sucesivas administraciones, han intervenido. Siendo la primera vez, una de las más condundentes ya que se llevó a cabo “el primer saneamiento del barrio” mediante los bombardeos de la aviación fascista italiana de 1937- 38 (tal y como recoge hoy día la web del Ajuntament de Barcelona en su apartado histórico sobre el Raval). Intervenciones éstas que se han caracterizados por un enorme componente de violencia objetiva y subjetiva que van desde no reparar las fincas ni su estructura desde hace decenios, o indemnizar ridículamente a los afectados, pasando por prácticas de mobbing institucional, amenazas y palizas a vecinas o usuarios renuentes, hasta la corrupción política y policial.
Para entender cómo este tipo de prácticas eran poco más que consentidas -cuando no, propulsadas- por parte de algunas de las autoridades competentes, llevé a cabo una especie de exégesis del mito del “Barrio Chino”.  Y es que, el lugar escogido exigía que se tuviera muy presente la importancia determinante de su dimensión retórica. Es bien sabido que el lugar fue rebautizado con el nombre “Barrio Chino” al compararlo con un escenario producto de la ficción cinematográfica: los Chinatown's de San Fransico o Nueva York. Al cronista responsable del infame bautismo, le pareció que los Chinatowns que él conoció a través del cine, eran lugares iguales al antiguo barrio de Drassanes por el hecho que ambos competían en vicio, degeneración y lobreguez espiritual. Así fue como una ficción (las películas hollywoodienses sobre los Chinatown's) sirvió para (mal) interpretar la realidad de un barrio progresivamente más estigmatizado en tanto servía de “baluarte seguro de cualquier motín” y donde se prestaba “secreto a los garitos y al crimen”.

En este sentido, analizando el mito del “Barrio Chino”, destaqué la confusión más o menos interesada entre un barrio sempiternamente miserabilizado y el áurea gloriosa, bohemia y casi beatífica -desde el punto de vista de uno de los autores que mejor habían literaturizado los bajos fondos de Barcelona, Jean Genet. En este apartado se pone en evidencia que el lugar sólo podía existir -y reproducirse- en base a un juego de espejos con su contrario natural, las y los aguerridos excursionistas (J.M. de Sagarra) de las buenas familias de Barcelona (Gary Mc Donogh). El “Barrio Chino” no era más que el reflejo invertido de lo que la incipiente burguesía barcelonesa industrial y especuladora quería encarnar y que tan bien retrato Santiago Rusiñol en su “Gente bien”: orden, modernidad y civilización. La pervivencia del mito es aún hoy presente en la encarnación que protagonizan los actuales vecinos o usuarias de la calle etnografiada. Hasta tal punto esto es así, que el mito se ha convertido en un nuevo elemento para aumentar el valor simbólico de la zona y atraer así a nuevos grupos de foráneos seducidos aún por la reputación canalla del barrio.

El apartado etnográfico finaliza con un análisis del que es quizás la confrontación más manifiesta a pie de calle en Robador. Se trata de la disputa por el espacio protagonizada por usuarios de la zona, nuevos y viejos vecinos, usuarios, trabajadoras o policías. Por un lado, aquellos y aquellas que allí se procuran la subsistencia en el mercado de trabajo informal -me refiero al mercadeo sexual, el tráfico a pequeña escala de narcóticos, o la venda ambulante de artículos de procedencia desconocida. Por el otro, los nuevos vecinos con mayor capacidad de consumo pecuniario, más o menos apoyados tanto por grandes medios de comunicación, como por los cuerpos policiales. Estos últimos con una intensísima presencia en la calle, en sintonía con lo que se conoce como urbanismo preventivo, así como por más de una decena de cámaras de videovigilancia.

Lo que la observación y el análisis permitían concluir es que el gobierno de la ciudad ha coadyuvado ha aniquilar una forma de vivir en la ciudad que estorbaba a la instauración de un orden proclive a los intereses políticos y económicos de las élites locales y globales. Un marco de intervención urbanística más inteligible desde una perspectiva colonial que comporta un abandono continuo del lugar por parte de las autoridades, el descubrimiento de los usos de la representación hiperbólica al servicio, tanto de la destrucción del lugar y expulsión de sus gentes y prácticas como de la conversión de lo que se llegó a conocer como islote de libertad en un peñón para la excepción al servició de la conversión de la zona es un espacio de elevada producción de plusvalías acaparadas por importantes oligopolios especulativos, inmobiliarios y de servicios. De hecho, ahora nos encontramos en un momento muy importante en relación a la disputa entre élites por saber quién controla los réditos que allí se producen: se trata de una batalla entre élites locales -formales o corruptas-, y a su vez entre éstas y otras globales.

Finalmente, la investigación permitió suponer que, precisamente es en la calle d'en Robador, donde se pueden encontrar las salidas a esta endiablada conjunción de búsqueda salvaje de beneficios y asedio contra lo urbano. El vigor con la que esta calle se organiza -de manera ciertamente peculiar-, resiste, sobrevive y disfruta, debería ser un ejemplo para cualquier la lucha por el derecho a la ciudad.

[La fotografia está tomada de http://illarobador.wordpress.com/]




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